Vidas cruzadas

1372 Palabras
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando me di cuenta de que no iba a dormir. La foto seguía sobre la mesa, intacta, como si quemarla fuera una invitación a que todo se volviera aún más real. Me serví un café, aunque sabía que a esa hora no lo necesitaba para mantenerme despierta. Mi mente estaba demasiado agitada. Afuera, la ciudad dormía bajo una lluvia ligera, y el sonido constante contra las ventanas me devolvió a un recuerdo que creía enterrado. Era otra noche lluviosa. Diez años atrás. Él estaba conmigo. Recuerdo la sensación de correr por las calles empapadas, riéndome como una niña, mientras él me seguía de cerca. No era miedo lo que sentía entonces, sino esa libertad que solo llega cuando tienes veinte años y crees que el mundo entero puede caber en tus manos. —Ana, vas a enfermarte —me había dicho, intentando cubrirme con su chaqueta. Yo la rechacé con un gesto travieso. —No necesito que me salves. —No, pero me gusta hacerlo. —Su sonrisa, incluso bajo la lluvia, era un refugio. Ese momento había sido uno de los últimos en que todo fue sencillo. Un trueno me devolvió al presente. Di un sorbo al café, notando que mis manos temblaban un poco. Era extraño cómo la memoria se colaba en los momentos menos oportunos, como si buscara recordarme lo que aún no estaba resuelto. El timbre del teléfono fijo me sobresaltó. No recordaba la última vez que alguien lo usó. Me acerqué despacio, y cuando contesté, solo escuché respiración. —¿Quién es? —pregunté. Silencio. Luego, un susurro: —No abras la puerta mañana. Colgué de golpe. El sonido de la línea muerta me dejó un hueco en el estómago. Me giré hacia la ventana. Entre las cortinas, una figura permanecía quieta en la acera de enfrente. No se movía, no intentaba esconderse. Solo me miraba. No esperé para reaccionar. Corrí hacia la puerta y la aseguré con todas las cerraduras. Cuando regresé a la ventana, la figura ya no estaba. La noche se volvió demasiado larga. Al amanecer, el cansancio me venció en el sofá. Desperté con un dolor en la nuca y un sobresalto: sobre mi mesa, junto a la foto, había un sobre nuevo. Lo abrí con cuidado. Dentro había una hoja arrancada de una libreta, con un dibujo hecho a lápiz: yo, de perfil, sentada en una estación de tren. Lo más perturbador era que la ropa que llevaba en el dibujo… era la misma que estaba usando en ese momento. Un nudo se formó en mi garganta. No era solo que me estuvieran siguiendo: era que sabían cada detalle de mi vida, incluso en tiempo real. Antes de que pudiera decidir qué hacer, sonó un golpe en la puerta. Tres toques, secos y espaciados. —Ana —su voz. Otra vez él—. Necesito que me escuches. Abrí, pero esta vez con un límite. No lo dejé pasar. —¿Cuánto tiempo me has estado siguiendo? —pregunté, conteniendo la rabia. No pareció sorprendido por mi acusación. —Desde antes del funeral. La respuesta fue directa, sin adornos. —¿Por qué? —Porque sabía que tarde o temprano iban a buscarte. Y yo no pienso dejar que te encuentren primero. Su mirada no se apartó de la mía, pero lo que vi en ella no era culpa… era determinación. —Anoche vi a alguien afuera de mi casa —le dije—. Y hoy encontré esto. —Le mostré el dibujo. Lo examinó, y sus labios se tensaron. —Esto significa que están más cerca de lo que pensaba. —¿Quiénes? —Mi voz subió un tono—. ¿Qué demonios está pasando? Se inclinó hacia mí, bajando la voz. —No es un quién… es un qué. Y todo comenzó antes de que tú y yo nos conocieras. Quise replicar, pero su frase me dejó suspendida en una mezcla de miedo y curiosidad. —Empieza a hablar —le exigí, cruzando los brazos para contener el temblor en mis manos. Él respiró hondo, como si estuviera a punto de saltar a un agua demasiado fría. —Cuando nos conocimos, yo ya trabajaba para ellos —dijo—. No como empleado… más bien como prisionero con libertad vigilada. Me quedé mirándolo, sin entender del todo. —¿Ellos? —Un grupo… si quieres llamarlo así. No son policías, no son mafiosos, pero controlan más de lo que imaginas. Y Daniel… —su voz se quebró apenas un segundo—, Daniel estuvo dentro. El golpe de escuchar su nombre en ese contexto me dejó inmóvil. —¿Mi hermano? —Sí. Él y yo… nos cruzamos en un punto en el que ninguno de los dos podía retroceder. Él decidió protegerte, incluso a costa de su vida. La habitación parecía encogerse. —¿Y tú? —pregunté, con un filo de resentimiento—. ¿Tú qué decidiste? Él apartó la mirada, fijándola en algún punto invisible. —Yo decidí seguir vivo. Y desde entonces, decidí también que nadie más iba a tocarte. La sinceridad brutal en su voz me descolocó. No sabía si golpearlo o abrazarlo. Un silencio pesado se extendió entre nosotros, roto solo por el tic-tac del reloj. —¿Qué quieren de mí? —pregunté finalmente. —No lo sé con certeza. Pero si ya han llegado a enviarte mensajes y… dibujos, significa que están preparando un movimiento. Y si se atreven a acercarse tanto, es porque creen que tienes algo que ellos necesitan. —Yo no tengo nada. —Tal vez lo tuviste y no lo recuerdas. Sus palabras me helaron. Se incorporó y dio un par de pasos hacia la ventana, apartando la cortina apenas lo suficiente para mirar afuera. —No deberíamos seguir aquí. —No pienso irme —repliqué—. Esta es mi casa. —Y lo será hasta que la conviertan en una trampa. Me giré hacia la mesa y tomé la foto que aún estaba allí. —Esto fue de Daniel. No pienso abandonar lo único que me queda de él. Él se acercó despacio, y sin pedirme permiso, tomó la foto de mis manos. —¿Estás segura de que fue de él? —preguntó, con un tono que me hizo dudar por primera vez. Sentí que algo dentro de mí se quebraba. —¿Qué quieres decir? —Quiero decir que… puede que la historia que conoces de tu hermano sea solo una parte. Y no la más importante. Antes de que pudiera exigirle una explicación, un ruido metálico sonó desde el pasillo. No fue un golpe fuerte, sino el clic preciso de una cerradura abriéndose. Ambos nos miramos, y en un segundo él ya estaba sacando de su chaqueta algo que no esperaba: una pistola. —Ve a la cocina —ordenó—. Quédate agachada. El instinto me decía que obedeciera, pero algo en mí se rebeló. —No. Si alguien entra aquí, quiero verlo. Él frunció el ceño, pero no insistió. Avanzó hacia la puerta, la pistola firme en sus manos. Yo me quedé a un par de pasos detrás. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz tenue de la calle. La puerta principal estaba cerrada. O eso parecía. Entonces lo vi: la cerradura no estaba forzada, pero colgaba torcida, como si alguien hubiera usado una llave. Un escalofrío me recorrió la espalda. —No hay nadie —susurró él, tras revisar el recibidor. Pero cuando regresamos al salón, lo vimos. Sobre la mesa, junto a la foto, había ahora un segundo sobre. Lo abrí con manos temblorosas. Dentro, solo había una frase escrita a mano, con una tinta tan negra que parecía reciente: “Ya lo has olvidado una vez. No lo olvides otra.” Sentí que el aire se espesaba. Él tomó el papel, lo leyó y lo dobló sin mirarme. —Tenemos que irnos ya. —No hasta que me digas qué significa. Su mirada se clavó en la mía, y lo único que dijo fue: —Significa que tu vida no es la que crees… y que todo empezó mucho antes de que yo llegara.
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