El amanecer llegó sin avisar, filtrándose por las cortinas como una amenaza silenciosa. No había dormido; cada vez que cerraba los ojos veía la sombra del almacén, los pasos que nos persiguieron, y la sensación de que alguien estaba siempre demasiado cerca.
Lara se había marchado antes del amanecer, dejándome una advertencia escrita en un papel doblado sobre la mesa:
No confíes en nadie que diga conocerte. Ni siquiera si trae flores.
Lo leí varias veces, como si al hacerlo pudiera descifrar un código oculto. No había tiempo para pensar demasiado. Tenía que ir a la casa de Daniel; todavía quedaban personas en el funeral, recogiendo, murmurando, vigilando.
Al llegar, la sala estaba casi vacía, pero no del todo. Un hombre que reconocí de lejos —Sergio, un amigo de Daniel de toda la vida— estaba sentado con un vaso de whisky en la mano, mirando la nada. Cuando me vio, sonrió, pero sus ojos no acompañaron el gesto.
—Ana… —dijo con una voz ronca—. Quería darte el pésame otra vez.
Me senté frente a él, intentando medir sus palabras, su tono, cualquier grieta en la máscara. Sergio siempre había sido cercano a Daniel, pero en los últimos años se habían distanciado. Nunca supe por qué.
—Gracias… —respondí, y luego, como quien no quiere la cosa—. Me dijeron que estuviste con él la noche antes de que… pasara.
Sergio dio un sorbo largo a su vaso antes de contestar.
—Sí, estuvimos hablando. Discutiendo, en realidad. Daniel quería hacer algo peligroso… algo que podía meternos en problemas a todos.
Su respuesta me encendió una alarma en la mente. Daniel nunca me había dicho nada de eso.
—¿De qué se trataba? —pregunté.
Sergio se inclinó hacia mí, como si compartiera un secreto prohibido.
—Dijo que tenía pruebas para derribar a un hombre muy poderoso… y que tú serías la única capaz de sacarlo a la luz si algo le pasaba.
Mi respiración se detuvo un segundo. Lara me había dicho algo parecido, pero ahora había un detalle más: Sergio no parecía sorprendido de que yo estuviera implicada. Como si lo supiera desde antes.
—¿Y tú qué hiciste? —pregunté, sintiendo que la tensión crecía entre nosotros.
Él dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Le dije que estaba loco. Que no se metiera en eso. Pero no me escuchó. Al día siguiente… bueno, ya sabes lo que pasó.
Sus palabras flotaron en el aire como un veneno lento. Había algo en su tono que no encajaba. Demasiada calma. Demasiada precisión.
Antes de que pudiera seguir preguntando, escuché un ruido en el pasillo. Pasos, firmes y deliberados. Sergio giró la cabeza, y su expresión cambió: de la indiferencia al nerviosismo.
Apareció una mujer que no conocía, con un vestido n***o y gafas oscuras a pesar de estar en interiores. Se detuvo en la puerta, observándonos como si midiera distancias invisibles.
—Ana —dijo con una voz suave pero firme—. Necesito hablar contigo a solas.
Miré a Sergio, que evitó mi mirada y se levantó de inmediato, murmurando algo sobre tener que irse. La mujer esperó a que él desapareciera antes de dar un paso hacia mí.
—Tienes que dejar de preguntar sobre Daniel —susurró—. O no llegarás al final de la semana.
No tuve tiempo de responder. La mujer se giró y se fue tan rápido como había llegado, dejándome con el eco de sus palabras golpeando mi pecho.
Me quedé inmóvil, con el estómago apretado y la sensación de que cada respuesta traía consigo dos nuevas amenazas.
Me quedé unos segundos sentada, intentando asimilar lo que acababa de pasar. La mujer de gafas oscuras había aparecido de la nada, soltado su advertencia y desaparecido como una sombra. No había dicho su nombre, no había dejado un contacto. Solo miedo.
Decidí seguirla. Salí de la casa y la vi doblar la esquina con pasos rápidos. Corrí tras ella, pero al llegar a la calle vacía, ya no estaba. Ni rastro. Ni siquiera un coche alejándose. Era como si se hubiera desvanecido.
El aire frío me devolvió a la realidad. No podía quedarme ahí, expuesta. Regresé a casa con el eco de esas palabras repitiéndose en mi cabeza: no llegarás al final de la semana.
Al entrar, algo estaba distinto. Lo sentí antes de encender la luz. Un olor a perfume masculino que no era mío, ni de nadie que hubiera estado aquí recientemente.
—¿Quién está ahí? —pregunté con un hilo de voz.
No hubo respuesta, pero el silencio era demasiado… intencional. Caminé despacio hacia la sala, con el corazón golpeando contra las costillas. La ventana estaba entreabierta, y en la mesa, donde horas antes estaba la nota de Lara, ahora había un sobre n***o.
No lo toqué de inmediato. El sobre estaba frío, como si acabara de llegar de la calle. No tenía remitente, solo mi nombre escrito a mano, con tinta plateada.
Lo abrí con cuidado. Dentro había una sola fotografía: Daniel, de pie en un muelle, sonriendo. A su lado, el hombre que nos había perseguido en el almacén.
La imagen me golpeó como un puñetazo. Lo que más me inquietó no fue verlos juntos… sino que Daniel llevaba la misma ropa que el día que murió.
En el reverso de la foto, una frase:
La historia que conoces es la mitad de la verdad.
No había más. Ni explicación, ni fecha. Solo esa afirmación que me dejaba en el borde de un abismo.
Me dejé caer en el sofá, intentando ordenar pensamientos. Todo era un rompecabezas con piezas de otros juegos: Sergio hablando de un plan peligroso, Lara advirtiéndome que no confiara en nadie, la mujer desconocida prometiendo que mi tiempo se acababa, y ahora… esta foto.
Estaba tan sumida en ese caos mental que tardé en escuchar los golpes en la puerta. No eran tímidos ni casuales: eran golpes firmes, como los de alguien que no tiene intención de irse sin respuesta.
Me acerqué, dudando si abrir.
—Ana, soy yo —dijo una voz masculina desde el otro lado.
La reconocí al instante. Él.
Abrí apenas lo suficiente para verlo. Llevaba una chaqueta oscura y los ojos cargados de urgencia.
—Tenemos que hablar —dijo sin rodeos—. Ahora.
—¿Sobre qué?
—Sobre esa foto que acabas de recibir.
El frío que me recorrió fue inmediato. No le había dicho nada a nadie. No había tenido tiempo.
—¿Cómo sabes que la recibí? —pregunté, apretando la puerta entre nosotros.
Él me sostuvo la mirada, serio.
—Porque yo la dejé ahí.
Mis dedos se aflojaron y la puerta se abrió del todo.
—¿Qué…?
—No tengo tiempo para explicarte todo aquí. Pero tienes que saberlo: Daniel no murió como crees. Y el hombre de la foto… no es tu enemigo. Todavía.
Su respuesta no calmó nada. Al contrario, me lanzó más preguntas.
—¿Todavía? ¿Qué significa eso?
Él miró por encima de mi hombro, como si esperara que alguien estuviera escuchando.
—Significa que antes de que termine la semana, tú vas a tener que decidir de qué lado estás. Y cuando lo hagas, no habrá vuelta atrás.
El silencio se volvió pesado. Afuera, un coche frenó bruscamente, y él se tensó.
—No abras la puerta a nadie que no conozcas —susurró—. Y, por favor, Ana… quema esa foto.
Se fue antes de que pudiera detenerlo, perdiéndose en la misma nada de la que había aparecido.
Me quedé sola otra vez, con la foto en la mano y la certeza de que, a partir de ahora, cada movimiento mío estaba siendo observado.