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Tom y su éxtasis

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Descripción

El poeta Tom soltó la nota con mano temblorosa. Permaneció sentado en silencio durante varios minutos, quieto como una estatua. De repente, apretó los dientes y se levantó. Recorrió la casa de arriba abajo, ignorando los muebles y los objetos frágiles que se interponían en su camino; sin hacer caso a los otros habitantes de la casa.Sólo había una persona a la que deseara ver.Recorrió las calles de la ciudad rápidamente, casi a la carrera, hasta llegar al río. Se asomó al puente, su puente, y escrutó las orillas esperando encontrar algún rastro de su amada.Pero no estaba en ninguna parte.No iba a volver.Su amada Beatriz se había ido, lo había abandonado y él estaba completamente dispuesto a encontrarla y ganar su perdón. Tom estaba dispuesto a todo por ella y le demostraría cuanto la amaba y lo arrepentido que estaba.

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Capitulo 1
El profesor Tom Kaulitz estaba sentado en la cama, desnudo, leyendo La Nazione, el periódico de Florencia. Se había despertado temprano en la suite del ático del Palazzo Vecchio del Gallery Hotel Art y había pedido desayuno al servicio de habitaciones, pero no había podido resistir la tentación de volver a la cama para ver dormir a la joven que estaba en ella. Estaba tumbada de lado, de cara a él, y respiraba suavemente. El diamante que le adornaba la oreja brillaba casi tanto como sus mejillas, sonrosadas por el calor de la estancia, bañada por la luz del sol que entraba por los altos ventanales. Las sábanas estaban deliciosamente revueltas y olían a sándalo y a sexo. Los ojos de Tom se iluminaron mientras recorrían sin prisa la piel desnuda y el cabello de ______. Cuando volvió a la lectura del periódico, ella se movió y gimió. Preocupado, dejó el diario a un lado. ______ se llevó las rodillas al pecho y se las abrazó, enroscándose. Murmuraba algo que él no logró descifrar a pesar de inclinarse hacia ella. Tensándose de repente, ______ soltó un grito desgarrador y los brazos se le enredaron con las sábanas, lo que la alteró aún más. —¿______? —Tom le apoyó la mano en el hombro, pero ella se encogió ante su contacto. Luego empezó a murmurar su nombre, cada vez más asustada. —______, estoy aquí —dijo él, levantando la voz. Cuando iba a volver a tocarla, ella se sentó en la cama de un brinco, tratando de recobrar el aliento. —¿Estás bien? Tom se acercó a ella, resistiendo el impulso de tocarla. _____ respiraba entrecortadamente. Al ver que la estaba observando, se cubrió la cara con la mano. —¿______? Tras un tenso minuto, ella lo miró con los ojos muy abiertos. —¿Qué ha pasado? —preguntó Tom, frunciendo el cejo. ______ tragó saliva con dificultad. —Una pesadilla. —¿Sobre qué? —Estaba en el bosque, detrás de la casa de tus padres, en Selinsgrove. Las cejas de Tom se unieron, formando una línea detrás de las gafas negras. —¿Y por qué soñabas con eso? Ella inspiró hondo y se cubrió con la sábana hasta la barbilla. La tela, blanca y tupida, se tragó su menuda figura antes de extenderse como una nube por toda la cama. A Tom le recordó a una estatua ateniense. Acariciándole la mejilla con los dedos, insistió: —______, háblame. Ella se removió bajo su penetrante mirada cafe, pero Tom no se dejó conmover. —El sueño empezaba muy bien. Hacíamos el amor bajo las estrellas y me dormía entre tus brazos. Pero cuando me despertaba, te habías ido. —¿Has soñado que te hacía el amor y te abandonaba? —preguntó él, tratando de ocultar su incomodidad. —Una vez me desperté en el huerto sin ti —le reprochó ella suavemente. El fuego que ardía en las entrañas de Tom se apagó bruscamente. Pensó en aquella mágica noche, seis años atrás, cuando acababan de conocerse. Habían hablado y se habían abrazado. Al despertarse a la mañana siguiente, él había ido a dar un paseo, dejando a una _____ adolescente durmiendo sola. La ansiedad de ella era comprensible, y muy lamentable. Le soltó los dedos con que apretaba la sábana con fuerza y se los besó uno por uno, arrepentido. —Te quiero, Beatriz, y no voy a abandonarte. Lo sabes, ¿verdad? —Si me dejaras ahora, me dolería mucho más. Tom le rodeó los hombros con el brazo, acercándola a su pecho. Infinidad de recuerdos de la noche anterior se agolparon en su mente. La había visto desnuda por primera vez y la había iniciado en la intimidad de dos personas que hacían el amor. Ella le había entregado su inocencia y Tom creía que la había hecho feliz. Había sido una de las mejores noches de su vida. Reflexionó unos instantes. —¿Te arrepientes de lo que pasó anoche? —No. Me alegro mucho de que hayas sido el primero. Lo he deseado desde que te conocí. Él le acarició la mejilla con el pulgar. —Me siento honrado de haberlo sido. —Se inclinó hacia ella, mirándola fijamente—. Pero lo que de verdad quiero es ser el último. ______ sonrió y levantó la cara para unir sus labios con los de él. Antes de que Tom pudiera abrazarla, las campanadas del Big Ben resonaron en la habitación. —Ignóralo —le susurró Tom al oído, empujándola para tumbarse sobre ella. _____ buscó con la mirada el iPhone de él, que estaba sobre un escritorio. —Pensaba que no te llamaría más. —No voy a responder, así que no tiene importancia. —Arrodillándose entre sus piernas, tiró de la sábana—. En esta cama sólo estamos tú y yo. Ella lo miró a los ojos mientras Tom se pegaba a su cuerpo. Cuando estaba a punto de besarla, apartó la cara. —No me he lavado los dientes. —No me importa. —Tom la besó en el cuello, deteniéndose para notar cómo el pulso se le aceleraba. —Me gustaría arreglarme un poco antes. Él resopló, frustrado, y se apoyó en un codo. —No permitas que Paulina nos estropee el día. —No pienso permitirlo. —______ rodó hasta el extremo de la cama y se levantó, tratando de llevarse la sábana con ella para cubrirse, pero Tom se lo impidió, agarrándola con fuerza. —Necesito la sábana para hacer la cama —bromeó, mirándola con ojos brillantes. ______ sujetaba el otro extremo de la sábana y a Tom le recordó a una pantera a punto de saltar sobre su presa. Se volvió buscando la ropa, pero estaba fuera de su alcance. —¿Qué problema hay? —Él apenas podía contener la risa. _____ se ruborizó y sujetó la sábana con más fuerza. Echándose a reír, Tom finalmente la soltó y la abrazó. —No tienes de qué avergonzarte. Eres preciosa. Si de mí dependiera, nunca volverías a llevar ropa. Le besó dulcemente el lóbulo de la oreja, acariciándole el pendiente. Estaba seguro de que su madre adoptiva, Grace, estaría encantada de que esos pendientes hubieran ido a parar a _____. Con un último beso, la soltó y volvió a sentarse en la cama. Ella aprovechó para meterse corriendo en el baño. Antes de que cerrara la puerta, Tom pudo disfrutar del espectáculo de su precioso trasero cuando soltó la sábana. Mientras se lavaba los dientes, _____ pensó en todo lo que había pasado. Hacer el amor con Tom había sido una experiencia muy emocional. Todavía sentía las réplicas en el corazón. Era comprensible, teniendo en cuenta su historia en común. _____ estaba enamorada de él desde que habían compartido una casta noche en un huerto de manzanos, cuando tenía diecisiete años, pero al despertarse a la mañana siguiente, él había desaparecido. Confuso por las drogas y el alcohol, Tom la había olvidado. Pasaron seis años hasta su siguiente encuentro y ni siquiera entonces la reconoció. Cuando volvió a verlo, el primer día de su curso de doctorado, en la Universidad de Toronto, le había parecido atractivo pero frío, como una estrella lejana. En aquel momento, no había creído posible que pudieran ser amantes. No le cabía en la cabeza que el temperamental y arrogante «Profesor» pudiera corresponder a sus sentimientos. Había tantas cosas que no sabía al principio. El sexo era un magnífico medio para aprender mucho sobre otra persona. Y cuanto más descubría de Tom, más la martirizaban los celos. La idea de él haciendo lo que había hecho con ella con otra mujer —en su caso, con muchas mujeres— le encogía el corazón. Sabía que las anteriores relaciones de Tom habían sido distintas. Sabía que sólo habían sido encuentros casuales, en los que los sentimientos y el afecto no jugaban un papel importante. Pero también sabía que había desnudado a esas mujeres, que las había visto desnudas y había penetrado en sus cuerpos. ¿Cuántas de ellas se habrían quedado con ganas de repetir la experiencia? Paulina era una. Tom y ella habían mantenido el contacto a lo largo de los años, tras concebir y perder a una hija en común. La nueva visión que tenía del sexo había cambiado un poco la percepción del pasado de él y la volvía algo más comprensiva con la situación de Paulina. Y mucho más cauta ante el peligro de perderlo, con esa o cualquier otra mujer. Se agarró al lavabo al sentirse sacudida por una oleada de inseguridad. Tom la amaba, ella no lo dudaba. Pero también era un caballero y si no se hubiera quedado satisfecho con su encuentro, nunca se lo diría. ¿Habría estado a la altura? ______ le había hecho preguntas y no había dejado de hablar en todo el rato, cuando la mayoría de sus amantes probablemente debían de guardar silencio. Casi no había hecho nada para complacerlo y, cuando lo había intentado, él se lo había impedido. Las palabras de su ex novio le volvieron a la mente para martirizarla. «Eres frígida. Vas a ser un desastre en la cama.» Apartó la vista del espejo mientras se planteaba lo que podía pasar si Tom no quedaba satisfecho en la cama. El espectro de la traición levantó la cabeza, trayendo consigo visiones de él acostándose con su mejor amiga. Enderezó los hombros. Si pudiera convencer a Tom de que tuviera paciencia con ella y la instruyera, estaba segura de que sería capaz de complacerlo. Él la amaba. Le daría una oportunidad. Y ella le pertenecía. Estaba grabado en su ser de tal modo que era como si la hubiera marcado a fuego. Al volver al dormitorio, lo vio a través de la puerta abierta de la terraza. Al dirigirse hacia allá, le llamó la atención un jarrón lleno de lirios de color lila intenso, mezclados con otros más pálidos. Otros amantes le habrían regalado rosas rojas, pero Gabriel no. Abrió el sobre medio oculto entre las flores. *Queridísima _____: Gracias por tu regalo, de valor incalculable. Lo único valioso que tengo para darte a cambio es mi corazón. Es tuyo, Tom _____ leyó la nota dos veces, sintiéndose llena de amor y alivio. Esas palabras no parecían escritas por un hombre insatisfecho. Aparentemente, Tom no compartía sus preocupaciones. Él estaba tomando el sol en el futón de la terraza. Se había quitado las gafas y tenía el pecho gloriosamente expuesto. Al ver su cuerpo musculado, de casi metro noventa de altura, ____ tuvo la sensación de que Apolo en persona había ido a visitarla. Al notar su presencia, Tom abrió los ojos y se dio unas palmaditas en el regazo. Cuando ella se sentó, él la abrazó y besó apasionadamente. —Hola, hola —murmuró, apartándole un mechón de pelo de la cara y mirándola con atención—. ¿Qué te pasa? —Nada. Gracias por las flores. Son preciosas. Él le rozó los labios con un suave beso. —De nada. Pero se te ve preocupada. ¿Es por Paulina? —Me preocupa que te llame, pero no, no es eso. —La expresión de ____ se iluminó de repente—. Gracias por la nota. Era justo lo que necesitaba. —Me alegro. —Tom la abrazó con más fuerza—. Pero cuéntame qué te preocupa. Ella jugueteó con el cinturón del albornoz hasta que él le cubrió la mano con la suya. —Anoche... ¿fue todo como lo habías imaginado? —_____ levantó la vista. Tom soltó el aire bruscamente. La pregunta lo había pillado por sorpresa. —Qué pregunta tan rara. —Sé que para ti tiene que haber sido distinto que para mí. No estuve demasiado... activa. —¿Activa? ¿De qué demonios estás hablando? —No hice nada para complacerte —respondió Tom, ruborizándose. Él le acarició la sonrosada piel con la punta del dedo. —Me complaciste muchísimo. Sé que estabas nerviosa, pero disfruté tremendamente. Ahora nos pertenecemos el uno al otro. ¿Hay alguna otra cosa que te preocupe? —Te exigí que cambiáramos de postura, aunque tú preferías que yo estuviera encima. —No me lo exigiste, me lo pediste. Sinceramente, ____, me encantaría que me exigieras cosas de vez en cuando. Me gustará saber que me deseas con tanta desesperación como yo te deseo a ti. —Más relajado, Tom le dibujó círculos con el dedo alrededor de un pecho—. Llevabas tiempo soñando con tu primera vez y querías que fuera de una determinada manera. Yo no quería quitarte la ilusión, pero me preocupaba hacerte daño. Lo de anoche también fue una experiencia nueva para mí. Soltándola, le sirvió leche y café de dos jarras distintas y colocó una bandeja con el desayuno en el banco entre los dos. Había fruta y dulces, tostadas y Nutella, huevos duros y queso. Y algunos Baci Perugina, que Tom había conseguido dándole una generosa propina a un empleado para que fuera a la calle a comprarlos, junto con el ramo de lirios del Giardino dell’Iris.

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