Nerviosa, _____ se acercó a Tom, que la esperaba en la sala de estar de la suite. Él se había ocupado de que la atendieran en la tienda Prada de la ciudad y ella no se había hecho de rogar. Había elegido un vestido de tafetán azul Santorini, con tirantes y escote de pico. La falda tenía mucho vuelo y recordaba a los vestidos que llevaba Grace Kelly en la década de los cincuenta. Le sentaba estupendamente.
Sin embargo, el encargado de la tienda había querido modernizarlo con unos cuantos accesorios y le había aconsejado llevarse un elegante bolso de mano de piel plateada y unos zapatos de tacón de piel color mandarina, que a _____ le parecían peligrosamente altos. El conjunto se completaba con un chal n***o de cachemira.
Se detuvo ante él, con su pelo largo ligeramente ondulado y los ojos brillantes. Se había puesto los pendientes y el collar de perlas de Grace.
Tom estaba sentado en el sofá, haciendo unos retoques de última hora a las notas de la conferencia. Al verla, se quitó las gafas y se levantó.
—Estás impresionante. —La besó en la mejilla y la hizo dar una vuelta para verla bien—. ¿Te gusta?
—Me encanta. Gracias, Tom. Sé que cuesta una fortuna.
Los ojos de él descendieron hasta los zapatos.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, parpadeando, la viva imagen de la inocencia.
Tom carraspeó sin apartar la vista de sus pies.
—Esos zapatos... son...
—Bonitos. Sí, lo sé —se burló ella, disimulando la risa.
—Decir bonitos es quedarse corto —replicó él, con la voz ronca.
—Bueno, profesor Kaulitz, si me gusta la conferencia, tal vez pueda dejármelos puestos... cuando volvamos.
Tom se enderezó la corbata y esbozó una sonrisa arrogante.
—¿Ah, sí? Pues ya me aseguraré de que le guste la conferencia, señorita Mitchell. Aunque tenga que repetirla especialmente para usted, entre las sábanas.
Al ver que se ruborizaba, la abrazó.
—Tenemos que irnos —dijo, dándole un beso en la coronilla.
—Espera. Tengo un regalo para ti.
Tom desapareció y regresó con una cajita con la marca de Prada en la tapa.
Él pareció francamente sorprendido.
—No tenías que traerme nada.
—Lo sé, pero quería hacerlo.
Tom sonrió mientras la destapaba. Al retirar el papel de seda, vio una corbata de color azul Santorini, con un estampado casi invisible.
—Es preciosa, gracias —dijo, dándole un beso en la mejilla.
—Hace juego con mi vestido.
—Ahora todo el mundo sabrá que nos pertenecemos el uno al otro.
Se quitó la corbata verde que llevaba y empezó a ponerse la que ella le había regalado.
Tom llevaba el traje nuevo que le había encargado a su sastre favorito de la ciudad. Era n***o, con solapas sencillas y dos cortes en la parte de atrás. _____ se quedó admirando el traje, pero lo cierto era que prefería admirar al hombre que iba dentro.
«No hay nada más sexy que un hombre poniéndose la corbata», pensó.
—¿Te ayudo? —se ofreció, al ver que a Tom le costaba sin la ayuda de un espejo.
Él asintió y se inclinó hacia adelante, apoyándole las manos en la cintura. Ella le ajustó el nudo y le colocó bien el cuello de la camisa. Al acabar, le deslizó las manos por las mangas hasta llegar a los gemelos que le sujetaban los puños.
Tom se la quedó mirando con la cabeza ladeada.
—Me pusiste bien la corbata cuando te llevé a cenar a Antonio’s. Estábamos en el coche.
—Lo recuerdo.
—No hay nada más sexy que ver a la mujer que amas arreglarte la corbata. —Le cogió las manos—. Han pasado muchas cosas desde ese día.
Ella se puso de puntillas para darle un beso en los labios, teniendo cuidado de no mancharlo de carmín.
Él le susurró al oído:
—No sé cómo voy a mantener a los florentinos alejados de ti esta noche. Vas a tener que permanecer pegada a mí todo el rato.
_____ soltó un grito cuando él la levantó en volandas y la besó con ardor, lo que hizo que tuviera que retocarse el pintalabios y que ambos tuvieran que asegurarse de que estaban presentables antes de salir de la habitación.
Tom no le soltó la mano durante el breve paseo hasta los Uffizi y tampoco cuando entraron. Un caballero bastante rechoncho, con una pajarita estampada, los guió hasta la segunda planta tras presentarse como Lorenzo, el ayudante del dottore Vitali.
—Professore, me temo que lo necesitamos —dijo Lorenzo, mirando las manos entrelazadas de Tom y _____.
Él la sujetó con más fuerza.
—Es por... ¿cómo lo llaman? ¿Lo de la pantalla? ¿PowerPoint? —Lorenzo señaló hacia la sala, que empezaba a llenarse de gente.
—La señorita Mitchell tiene un asiento reservado —dijo Tom, irritado con Lorenzo por su manera de ignorar a _____.
—Sí, professore, me encargaré personalmente de acompañar a su fidanzata a su sitio. —Y saludó a _____ respetuosamente con una inclinación de cabeza.
Ella abrió la boca para sacarlo de su error, pero en ese momento Tom le besó el dorso de la mano, murmurando una promesa contra su piel. Un instante después, había desaparecido y Lorenzo la acompañó a su lugar de honor en la primera fila.
Una vez aposentada, se entretuvo mirando a su alrededor. Se fijó en lo que parecían ser miembros de la jet set florentina, mezclados con académicos y autoridades locales. Se alisó la falda, disfrutando del susurro del tafetán. Los invitados, que iban muy arreglados, estaban rodeados por una nube de fotógrafos. _____ se alegró de haberse comprado el vestido nuevo. No quería que Tom tuviera que avergonzarse de ella en un acto tan importante.
La conferencia iba a tener lugar en la sala Botticelli, dedicada a las principales obras del autor. De hecho, el atril estaba situado entre El nacimiento de Venus y La Virgen de la granada, mientras que La primavera quedaba a la derecha del auditorio. El cuadro que debería haber ocupado la parte izquierda había sido retirado y en su lugar habían colocado una gran pantalla, donde se proyectarían las imágenes del PowerPoint de Tom.
_____, consciente del honor que suponía dar una conferencia en un lugar tan especial, rezó una breve plegaria de agradecimiento. Durante su viaje de estudios a Florencia, había visitado aquella sala al menos una vez por semana. Las obras de Botticelli la inspiraban y relajaban al mismo tiempo.
La tímida estudiante que era en aquella época no se habría podido imaginar que dos años más tarde acompañaría a un renombrado especialista en Dante a aquel mismo lugar.
Se sentía como si le hubiera tocado la lotería. No, era mil veces mejor que eso.
Más de un centenar de personas abarrotaban la sala y algunas tuvieron que quedarse de pie en la parte de atrás. _____ contempló a Tom mientras le presentaban a varios invitados con aspecto de ser importantes.
Tom era un hombre muy atractivo, alto y guapo, con una belleza de facciones muy marcadas. Las gafas de montura negra y el traje oscuro le sentaban muy bien.
Cuando otras personas se ponían delante y le impedían contemplarlo, _____ se concentraba en su voz. Dedicaba un comentario amable a todo el mundo y no parecía tener ninguna dificultad en pasar del italiano al francés o al alemán (incluso su aleman era sexy).
Le subió la temperatura al recordar su cuerpo debajo del traje. Lo rememoró desnudo y en tensión sobre ella y se preguntó si él tendría recuerdos parecidos cuando la observaba.
Justo en ese momento, sus miradas se cruzaron y él le guiñó un ojo. El brillo travieso de sus ojos le hizo pensar en el episodio de aquella mañana en la terraza. Un agradable estremecimiento le recorrió la espalda.
Tom permaneció sentado educadamente, mientras el dottore Vitali lo presentaba. Durante un cuarto de hora, el hombre detalló los logros académicos del profesor Kaulitz. Si uno no se fijaba mucho, Tom aparentaba estar relajado, casi aburrido, pero a _____ no se le escapaba su nerviosismo. Lo delataba el modo compulsivo en que ordenaba las notas, que no eran más que un esquema para su charla.
Tom había hecho algunos cambios de última hora. No podía hablar de musas, de amor y de belleza sin hacer alguna referencia a la diosa de ojos castaños que se había entregado a él con tanta valentía la noche anterior. _____ era su inspiración. Lo había sido desde que tenía diecisiete años. Su hermosura serena, su generosidad y su bondad le habían llegado al corazón. Había llevado su recuerdo como un talismán contra los demonios de la adicción.
Ella lo era todo para él y quería que todo el mundo lo supiera.
Tras muchos halagos y aplausos, Tom ocupó su lugar tras el atril y se dirigió al público en un italiano fluido.