CAP 29.-
________ no respondió al email de Paul. Él le había pedido que no mantuvieran el contacto y decidió respetar su petición. Sabía que sus caminos volverían a cruzarse un día u otro en alguna conferencia o coloquio. Esperaba que, con el tiempo, se hiciera a la idea de que estaba casada con Tom y pudieran retomar su amistad.
Esperaba no estar equivocada. Pero su petición había sido una sorpresa dolorosa, especialmente por el modo de hacerla. Durante todo el día siguiente fue incapaz de revisar el correo electrónico. Cuando finalmente lo hizo, encontró un mensaje de su padre:
______
Llámame al móvil en cuanto recibas este mensaje.
Papá.
Los mensajes de John solían ser concisos. Era un hombre de pocas palabras. Pero el tono de éste era tan ominoso que ______ ni siquiera lo comentó con Tom. Levantó el teléfono de la cocina y marcó el número de su padre.
Éste respondió al primer tono.
—______.
—Hola, papá. ¿Qué pasa?
Él no respondió inmediatamente. Parecía como si estuviera luchando para encontrar las palabras adecuadas.
—Estamos en el hospital.
—¿En el hospital? ¿Por qué? ¿Qué pasa?
En ese momento, Tom entró en la cocina. _______ señaló el teléfono y en silencio formó las palabras: «Mi padre».
—Ayer fuimos a hacer una ecografía. Se suponía que tenían que decirnos el sexo del bebé, pero encontraron otra cosa. Hay un problema.
—¿Con qué?
—Con el corazón.
—¿De Diane?
—No. Con el de él. El de mi hijo. —La voz de John se rompió al pronunciar la última palabra.
—Papá.
Con los ojos llenos de lágrimas, _____ sorbió por la nariz. Tom se había acercado más para oírlos a los dos.
—¿Dónde estáis ahora?
—En el Hospital Infantil de Filadelfia. Nos han atendido inmediatamente.
______ oyó un ruido apagado y luego a su padre susurrando: «Todo va a ir bien, cariño. Todo saldrá bien, no llores».
—¿Estás con Diane?
—Sí —respondió John, que sonaba cansado.
—Lo siento, papá. ¿Qué dicen los médicos?
—Acabamos de hablar con el cardiólogo. Dice que el bebé tiene síndrome de hipoplasia del ventrículo izquierdo.
—Nunca había oído hablar de ello. ¿Qué significa?
—Significa que sólo tiene medio corazón. —Inspiró hondo—. Es mortal, ______.
—¡Oh, Dios mío! —Una lágrima de deslizó por la mejilla de _______.
—No sobrevivirá sin cirugía. Tendrán que operarlo poco después del parto. Siempre y cuando éste llegue a término. No siempre es así —explicó John con un hilo de voz.
—¿Se puede curar?
—El corazón nunca será normal, pero con la cirugía puede funcionar como si lo fuera. Harán falta tres operaciones y medicación de por vida. Y no hay garantías de éxito al ciento por ciento. — Empezó a toser.
—¿Qué puedo hacer?
—Nadie puede hacer nada. Sólo rezar.
Cuando _____ se echó a llorar, Tom le quitó el teléfono de la mano con suavidad.
—John. Soy Tom. Siento mucho lo del bebé. Deja que te reserve una habitación de hotel cerca del hospital.
—No necesitamos... —empezó a decir John secamente, pero la voz de Diane lo interrumpió—. Nos iría muy bien, gracias —aceptó finalmente, suspirando.
—Ahora mismo me ocupo y te envío los detalles por correo electrónico. ¿Queréis ir a Nueva York a que os den una segunda opinión? Puedo reservar billetes de avión para los dos. Podéis pedir que os deriven a otro hospital.
—Los doctores de aquí parece que saben lo que hacen. Mañana tenemos una reunión con el equipo de cardiología pediátrica.
Tom buscó a su esposa con la vista.
—¿Necesitáis a ______?
—No va a poder hacer gran cosa.
—No importa. Es tu hija y el bebé es su hermano. Si quieres que vaya, saldrá inmediatamente.
—Gracias —dijo John con voz ronca—. Todo está en el aire ahora mismo.
Secándose las lágrimas, ______ señaló el teléfono.
—Quiere hablar contigo, John. Te la paso. Cuídate.
Tom le devolvió el auricular.
—Papá, por favor, mantente en contacto y cuéntanos lo que vaya pasando.
—Lo haré.
—Sé que no es buen momento, pero ¿qué pasa con la boda?
—No lo sabemos, _______.
—Pensábamos ir a Selinsgrove a principios de septiembre para pasar allí el Día del Trabajo, pero puedo ir antes si me necesitáis.
—Bueno.
—¿Quieres que se lo cuente a Richard?
John dudó un poco antes de responder.
—Puede que sí. Así no tendré que contárselo yo. Cuantas menos veces tenga que mantener esta conversación, mejor. Diane ha tenido que contárselo a su madre y a su hermana, Melissa.
A ______ le resbaló una lágrima por la nariz.
—Te quiero, papá. Dale un beso a Diane.
—De tu parte. Adiós, ________.
Colgó el teléfono en silencio y se lanzó a los brazos de Tom.
—Estaban tan contentos con la llegada del bebé...
Él la abrazó mientras ella se aferraba con fuerza a su camisa.
—Están en un buen hospital.
—Están destrozados. Por lo que he entendido, aunque la operación salga bien, el bebé tendrá problemas toda su vida.
—Los médicos hacen previsiones basadas en estadísticas, pero cada paciente es distinto.
Tom se tensó de repente, como si se le hubiera ocurrido algo.
—¿Tu padre tiene problemas de corazón?
—No que yo sepa, pero sus padres sí tuvieron problemas cardíacos. Los dos.
Se apartó un poco para mirarlo a los ojos.
—¿Crees que pueda tratarse de un problema genético?
—No lo sé. —Tom la abrazó con fuerza—. Hay días en que cambiaría mi doctorado en Letras por un doctorado en Medicina. Hoy es uno de esos días.
Los ojos de ________ volvieron a llenarse de lágrimas. No se le había pasado por la cabeza que el bebé pudiera tener problemas de salud. Sólo había tenido tiempo de hacerse a la idea de que iba a tener un hermano y a entusiasmarse después.
Mientras lloraba en brazos de su esposo, pensó que si ella se sentía así, el dolor de John y Diane tenía que ser mucho peor.
—Es imposible estar preparado para algo así —comentó con voz ronca, secándose las lágrimas —. Deben de estar destrozados.
Apoyó la mejilla en el pecho de Tom, sin ver la expresión de la cara de éste ni sus ojos
horrorizados.
CAP 30.-
Agosto de 2003
Cambridge, Massachusetts
—Tom, cariño, es hora de levantarse.
Una suave mano femenina le acariciaba la barba incipiente y, por un momento, se relajó. No estaba seguro de dónde estaba ni de quién era la mujer desnuda tumbada a su lado, pero tenía una voz sexy y un tacto agradable. Abrió los ojos lentamente.
—Hola, nene —Unos ojazos azules lo miraban con devoción.
—Paulina —gruñó él, cerrando los ojos.
Tenía un dolor de cabeza horrible y lo único que quería era dormir. Pero el profesor Pearson no aceptaba excusas de sus profesores auxiliares, lo que significaba que tenía que ir a la universidad aunque fuera a rastras. (Tal vez aceptase la muerte como excusa para faltar a clase. Pero no era seguro.)
—Son las ocho. Tienes tiempo de ducharte y desayunar. Y tal vez de algo más —sugirió ella, deslizándole la mano por el vientre. Luego le rodeó el m*****o con la mano y... Y su erección matutina se marchitó como una flor muerta.
La apartó con brusquedad.
—Ahora no.
—Siempre dices lo mismo. ¿Es porque estoy engordando? —Se sentó a su lado, dejando a la vista su vientre redondeado y sus pechos generosos.
Tom no respondió, lo que no dejaba de ser una respuesta.
—Puedo hacerte disfrutar. Lo sabes —suplicó ella, abrazándolo y besándole el cuello—. Te quiero.
—Te he dicho que ahora no. ¡Joder!, ¿estás sorda? —Se liberó de su abrazo antes de apoyar los pies en el suelo. Estaba frío, pero casi no lo notaba.
Sólo tenía ojos para una cosa: los restos de polvo blanco que había en la mesilla de noche. En segundos se hizo con el espejo, la cuchilla de afeitar y el billete de cinco dólares. El mundo desapareció y de repente fue como si su cuerpo y su mente volvieran a despertarse, pero esta vez con movimientos seguros y rápidos. Un instante después de haberse metido la cocaína por la nariz, todo volvía a estar claro. Más que despierto, estaba alerta. Y podía pensar. Podía funcionar.
Encendió un cigarrillo sin acordarse de que su —lo que fuera— estaba en la cama, observándolo.
Tras ponerse la bata, ella se fue a la cocina, ya que no quería exponer a su hijo en común al humo del tabaco.
Cuando se acabó el cigarrillo, Tom se duchó y se bebió el café que ella le había dejado junto a la pica, antes de lavarse los dientes y afeitarse. Mentalmente había empezado a hacer una lista de todo el trabajo que tenía pendiente para la tesis, aparte de la interminable lista de tareas que le había encargado el profesor Pearson.
No tenía tiempo de examinar su vida ni sus actos. Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que era un esclavo, adicto a la cocaína, la nicotina, la cafeína y el alcohol.
También era esclavo de sus pasiones, al menos cuando la polla le funcionaba. Aunque vivía con Paulina e iba a tener un hijo con ella, seguía manteniendo relaciones con varias mujeres. Y nunca se le había pasado por la cabeza que tuviera que dejar de acostarse con ellas. De hecho, no pensaba. Sólo actuaba.
—Eres muy guapo —le dijo ella, observándolo desde la puerta, con una mano apoyada en el vientre por encima de la bata de seda negra.
Como siempre, Tom no le hizo caso. Tampoco se fijó en los ojos inyectados en sangre que lo miraban desde el espejo, ni en sus ojeras, ni en que estaba cinco o seis kilos más delgado de la cuenta.
—Te he preparado el desayuno —dijo Paulina esperanzada—. Huevos revueltos y tostadas.
—No tengo hambre.
—Te espera una jornada muy larga. Pearson no te va a dejar parar en todo el día.
—Déjame en paz de una puta vez. Te he dicho que no tengo hambre.
—Lo siento —se disculpó ella, bajando la vista—. Está todo listo. Sólo tienes que comértelo.
Los ojos de Tom, fríos se clavaron en Paulina a través del espejo.
—De acuerdo —accedió, apretando los dientes.
Sonriendo para sus adentros, ella desapareció en la diminuta cocina.
Poco después, Tom apareció vestido con el uniforme completo de estudiante de doctorado en Harvard. No le faltaba nada, ni los Levi’s ni la chaqueta de pana. Se sentó a la mesa y trató de desayunar. Se había acabado la tercera taza de café y estaba a punto de encenderse otro cigarrillo cuando se fijó en que Paulina lo estaba observando con mirada hambrienta.
—¿Qué?
Ella se sentó en su regazo y le rodeó el cuello con los brazos.
Él gruñó al notar su peso y no vio que la joven hacía una mueca al darse cuenta.
—Sé que tienes prisa —le susurró al oído—. Sólo te pido un beso antes de irte.
—Paulina, yo...
Ella lo interrumpió con sus labios, metiéndole la lengua con avidez en la boca.
Tom la sujetó por la cintura, notando que su cuerpo empezaba a reaccionar.
—Vamos, cariño —le susurró Paulina, desabrochándole el botón del pantalón—. No tardaremos nada.
—No tengo tiempo —la rechazó, levantándola de su regazo y haciendo una mueca por el esfuerzo —. Tal vez esta noche.
—Pero por las noches escribes —protestó ella, decepcionada.
—Puedo sacar un rato.
—Podrías, pero no lo haces —replicó, cogiéndole la mano—. Tom, te quiero. Hace mucho que no lo hacemos. Por favor.
Sus grandes ojos azules se llenaron de lágrimas y el labio inferior le empezó a temblar. Él puso los ojos en blanco.
—De acuerdo, pero rapidito.
Arrastrando la silla hacia atrás, se señaló la bragueta.
—Ya puedes empezar.
Paulina se arrodilló ante sus piernas con avidez y le bajó la cremallera.