Los kilómetros parecían volar bajo las ruedas del todoterreno. En un par de horas, habíamos salido del condado de Los Ángeles y conducíamos a toda velocidad por la autopista, rodeada a ambos lados por acres y acres de naranjales y viñedos. El cielo aparentemente más azul, el sol más cálido y el viento más fresco.
Helena miraba por la ventanilla, observando los robles de California que crecían sobre las onduladas colinas. De vez en cuando, alguna granja daba un toque de color al paisaje. Cuanto más se alejaban de su casa y del trabajo que esperaba a la vuelta, más relajada se perdió.
Aquello no era tan malo, después de todo. Por el momento, estaba siendo un viaje muy agradable. No se le había trabado la lengua en ningún momento y casi se estaba acostumbrando a la proximidad de Dante.
Pero se sentiría mucho mejor si él no estaría tan cerca.
Helena miró de reojo en su dirección. Con las dos manos al volante, Dante mantenía la mirada fija en la carretera. Pero, incluso de perfil, los rasgos del hombre eran específicos como para sus fantasías.
Su cabello castaño claro estaba cortado al estilo militar y sus ojos color verde esmeralda estaban escondidos bajo unas gafas de sol con montura de metal. Medía más de un metro ochenta y el polo azul oscuro se ajustaba a su musculoso torso, prueba de que acudiría al gimnasio.
Helena bajó la mirada y detectar los gastados pantalones vaqueros y los mocasines. Guapísimo, pensaba disimulando un suspiro, mientras volvía la cara hacia la ventanilla.
- ¿Ha terminado la inspección? —Sonrió Dante.
- ¿Perdón?
- ¿La he pasado?
Obviamente, él no se dejaba engañar por su aspecto inocente.
- ¿Te ha dado cuenta?
- La sutileza nunca ha sido tu punto fuerte, Helena —sonrió él de nuevo.
- Y sigue sin serlo - admitió ella, moviéndose incómoda en el asiento— Aunque ya no me escondo detrás de los árboles - detrás. Él volvió a sonreír - La verdad es que estaba pensando que no ha cambiado mucho en todos estos años.
- Pues tú sí, él él, mirándola— Estás estupenda.
—Gracias. Supongo que eso era un piropo.
—Perdona, no quería decir que antes ... —empezó a decir él.
—Sé lo que querías decir —lo interrumpió ella.
En ese momento, un golpe de viento cambió el pelo sobre sus ojos y Helena lo apartó con un gesto impaciente.
Pero debería alegrarse del comentario. ¿No estaba viendo él exactamente lo que ella quería que viera? ¿Qué había cambiado, que había cambiado en una mujer guapísima? Entonces, ¿por qué la irritaba que Dante hubiera notado el cambio?
Quizá porque una parte de ella deseaba Dante se sintiera atraído por la «auténtica» Helena.
- Bueno, cuéntame qué vas a hacer en Juneport determinado él, bajando el volumen de la radio.
- Lo mismo que tú, supongo - contestó ella - Visitar a mi familia y comprobar si el instituto sigue siendo tan horrible como yo lo recuerdo.
- ¿Horrible? Yo creí que te encantaba.
- ¿Por qué? ¿Por qué sacaba buenas notas?
- Pues ... sí —contestó él, encogiéndose de hombros.
En realidad, Helena se había volcado en los libros porque era demasiado tímida y se creía incapaz de hacer amigos. Las clases eran el único sitio en el que la gente se fijaba en ella. Eso alegraba enormemente a sus padres, pero la había convertido en una insoportable empollona para todos los demás. Cada vez que uno de los profesores la señalaba como ejemplo, sus compañeros la miraban con resentimiento.
La única amiga de Helena había sido su hermana Alicia. Por eso, su adolescente amor por Dante había sido aún más doloroso.
—Hablé con mi madre la semana pasada —estaba diciendo Dante - y yo he dicho que Alicia está embarazada otra vez.
- Sí —murmuró Helena, con alegría y envidia a la vez.
- ¿Cuántos tiene ya?
- Es el quinto: sonrió mirando a Dante, imaginando al recién nacido. Sentir el peso de un bebé en los brazos era la sensación más agradable del mundo para ella.
- ¡Cinco hijos! —Exclamó Dante.
- ¿Qué pasa? —Preguntó Helena, a la defensiva.
- Nada, nada —contestó él, sorprendido—. Solo que me resulta difícil imaginar a Alicia ya Mark con cinco hijos.
- No es un crimen tener muchos hijos. ¿Quién ha dicho que la familia media tiene que limitarse a 2,5 niños?
- Yo no, desde luego —sonrió él—. A mí no me atrae la idea de tener hijos, pero cada uno hace lo que quiere con su vida.
- Me alegro, porque mi hermana piensa invitarte a venir para que los conozcas a todos.
Dante no pudo disimular una expresión de horror. Aparentemente, la idea de estar rodeado de críos era suficiente para que el marine se pusiera pálido. Seguía siendo un solterón empedernido, pensaba Helena. El hombre de sus sueños adolescentes no buscaba un hogar y una familia, como ella. Eran incompatibles y siempre lo habían sido.