Rodé el anillo de matrimonio en mi dedo anular y encorvé mi cuerpo sobre el escritorio. Decirle a Naomi la verdad no era algo que estuviese en mi lista blanca, y aun así, los golpes en mi rostro y la sangre que cubría mi ropa, no era algo que pudiera ocultar tras la mentira de un robo o un ajuste de cuentas. Tuve que contarle la verdad, toda la verdad. Naomi me maldijo y me escupió el rostro. Me dijo que era la peor escoria sobre la faz de la tierra, sin olvidar que jamás me perdonaría esa infidelidad. Lanzó mi ropa a la nieve y le prendió fuego. Hizo una hoguera para los indigentes, con mis cosas. Al fuego abrazador del jardín, lanzó la argolla de bodas y todas aquellas promesas que nos hicimos en el altar. Me gritó que llamaría a su abogado para la disolución del matrimonio y la patria

