Me alejé de la puerta del estudio con las piernas flaqueando, arrastrando los pies sobre el mármol hasta llegar a la seguridad de mi habitación. Me encerré con doble llave, pero la sensación de invasión no se fue. Las palabras de Joti resonaban en mi cabeza: "un juguete", "un espejo", "una herramienta". No eran solo dos hombres en una crisis matrimonial; eran dos mentes retorcidas que acababan de decidir que mi cuerpo y mi cordura eran el nuevo campo de batalla para salvar su relación. A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana con una claridad que me resultaba ofensiva. Me sentía agotada, con la piel tirante por la falta de sueño. Necesitaba moverme, sacar de mi sistema la suciedad que sentí al escuchar los planes de Joti. Me puse ropa deportiva ajustada y bajé al jardín trasero,

