La Deuda Del Padre
El calor del mediodía en Santa Rita de la Sierra no era un abrazo, era una bofetada de humedad y polvo que se me colaba hasta los pulmones. Me subí la falda de mezclilla gastada, sintiendo cómo el tejido áspero se me pegaba a los muslos sudorosos por la fricción del camino. Cada paso hacia la puerta del juzgado me pesaba como si arrastrara grilletes.
Al cruzar el umbral, el ambiente cambió: el aire estaba estancado, cargado de un olor que ya conocía demasiado bien. Olía a papel viejo, a orines de ratón y a esa desesperación rancia que solo emana de la pobreza.
—¡Entra de una vez, Xiena! —me gritó el secretario desde su puesto.
Era un hombre gordo, con una camisa blanca que sufría por contener su vientre y un cuello amarillento salpicado de manchas de café. Me señaló el fondo con un gesto impaciente.
—El abogado te está esperando. No tenemos todo el día.
Asentí en silencio, mordiéndome el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Mis ojos, del color de la miel oscura, me picaban por el polvo y las noches sin dormir. Intenté tragarme el miedo, pero se me quedó atascado en la garganta como una piedra.
La oficina del licenciado Mendoza era un antro de perdición burocrática. El humo de un cigarrillo barato flotaba en el aire como una neblina sucia, envolviendo el escritorio de formica astillado.
Mendoza, un hombre con cara de buitre y un traje tres tallas más grande que acentuaba su delgadez enfermiza, ni siquiera levantó la vista de sus papeles garabateados. A su lado, en una silla de metal que gemía bajo su peso, estaba mi padre.
Ramón Rosales parecía un cadáver a medio enterrar. Su tez, siempre curtida por el sol del campo, se había vuelto grisácea. Tenía unas ojeras tan profundas que sus ojos parecían hundirse en el cráneo. En una semana, el sistema lo había devorado.
—Xiena, siéntate —ordenó el abogado con una voz que raspaba.
—¿Mi papá? ¿Qué va a pasar con él, licenciado? —mi voz salió pequeña, trémula. Mis dedos no dejaban de retorcer la correa de mi bolso de mano, un pequeño accesorio, una vulgar imitación, de semi cuero, era mi única pertenencia de lujo.
Mendoza soltó una carcajada seca, un sonido similar al de las hojas muertas siendo pisoteadas.
—Tu papá, niña, se ha ido de viaje antes de mandar su cuerpo —me dijo con sarcasmo puro—. Y el boleto es de ida, sin retorno. Veinte años. Eso es lo que dicta el juez por estafa y apropiación indebida. Veinte años en el penal de San Mateo. Los viejos como él no duran ni cinco ahí dentro antes de que les saquen las tripas.
El maldito era un morboso, disfrutaba la crueldad de sus palabras.
—¡No! —grité, levantándome de golpe. La silla golpeó la pared. —¡No es justo! Él solo pidió prestado para la cosecha, ¡ese granadero nos engañó con el peso del maíz! Mi padre no es un ladrón.
—La justicia no mira al granadero, mira el papel firmado —replicó Mendoza con una indiferencia que me heló la sangre. Finalmente alzó la vista y me escrutó.
Sus ojos pequeños y acuosos se detuvieron un momento demasiado largo en el escote de mi blusa blanca de algodón. La tela, humedecida por el sudor del trayecto, se pegaba a mi piel, revelando más de lo que yo pretendía mostrar. La curva de mis senos jóvenes, voluminosos y firmes que subían y bajaban con mi respiración agitada. En mi inocencia, no atiné a cubrirme; mi mente estaba en la celda que le esperaba a mi padre.
—Y tú no firmaste —continuó él, relamiéndose los labios—. Así que aquí no debes nada. Puedes irte a casa a llorar tu pena.
—¡No me voy a ir a ninguna parte sin él! —golpeé la mesa con los puños, haciendo que la taza de café, que seguro era la culpable de la mancha de su asquerosa camisa, se tambaleara—. ¿Cuánto es? ¿Cuánto cuesta su libertad? Dígame la cifra.
El abogado se recostó en su silla, cruzando las manos sobre su barriga protuberante. Me miró como quien tasa una res en la feria.
—Cincuenta mil dólares —dijo, dejando caer la bomba con una crueldad calculada.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Cincuenta mil dólares. En Santa Rita, un hombre ganaba cinco dólares al día trabajando de sol a sol, si tenía suerte. Esa cifra era un número inventado para condenarnos a una muerte en vida. Era una montaña que no podíamos escalar.
—No tenemos nada... —susurré, y las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a quemarme—. Solo la casa de la abuela, y eso vale la mitad, si acaso…
—La casa ya está embargada, niña —intervino mi padre. Su voz estaba rota, era apenas un hilo de aire—. Vete a casa, Xiena. Olvídate de mí. Fui un idiota, que paguen mis huesos por mi torpeza.
—¡Cállate, viejo! —bramó el abogado, dándole un golpe a la mesa—. Deja de llorar, que me das asco. Mira, Xiena. Hay una opción. Una sola.
Levanté la mirada. Sentí renacer una chispa de esperanza, estúpida y desesperada, algo se encendió en mi pecho.
—¿Cuál? —pregunté con ansiedad.
—Hace dos horas me llamó una agencia de la capital. Buscan gente... dispuesta. Gente joven y sana. Tienen clientes muy adinerados, extranjeros, que pagan muy bien por... servicios especializados. Si cumples con el perfil, el pago es inmediato. Cincuenta mil dólares en efectivo... Hoy mismo.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
«Servicios especializados», pensé dudosa.
Sabía lo que eso sugería en un pueblo donde la necesidad empujaba a las chicas a los burdeles de la carretera. Pero Mendoza mencionó una agencia y la capital. Eso le dio un giro a mi duda.
—¿Qué tipo de servicios? —pregunté, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—No eres estúpida, Xiena. Es un contrato. Alquilar tu cuerpo por un tiempo. Es un trabajo limpio, legal, en una clínica de prestigio. Solo tienes que cumplir con lo que te pidan y el problema de tu padre desaparece como si nunca hubiera existido.
—¿Alquilar mi cuerpo? —pregunté y miré a mi padre, que lloraba en silencio con la cabeza entre las manos. Él sabía lo que me estaban ofreciendo, y su silencio era la mayor de las traiciones o la mayor de las penas—. ¿Y si acepto, usted saca a mi papá de la cárcel hoy mismo?
—El dinero entra a la cuenta del tribunal y yo mismo gestiono la libertad bajo fianza. El juicio se archiva por falta de acusación civil. Tu papá dormirá en su cama esta noche.
Sabía que Mendoza era un buitre y que probablemente se quedaría con la mitad del dinero, pero no me importaba. Si el precio de la libertad de mi padre era mi piel, estaba dispuesta a entregarla.
—Deme la dirección —pedí sin detenerme a pensarlo mucho.
Mendoza sonrió, mostrándome una hilera de dientes amarillentos por el tabaco. Sacó una tarjeta de presentación de un tarjetero de plata: era negra, lisa, elegante. Solo tenía una dirección en el distrito financiero de Caracas y un número de teléfono grabado en letras plateadas.
—No tengas miedo, Xiena —dijo mi padre, levantando la vista. Sus ojos rojos me suplicaban que me detuviera—. No lo hagas. Prefiero morir aquí a que tú…
—¡Cállate, papá! —le grité, sorprendiéndome a mí misma. Por primera vez en mi vida, yo tenía el control—. ¿Prefieres que te saquen en una bolsa de plástico? Yo voy. Haré lo que sea necesario.
Me incliné y besé su mejilla áspera. Olía a tabaco rancio y a ese encierro que te quita la dignidad.
—Volveremos a casa, papá. Te lo juro.
Salí de la oficina corriendo, escapando del humo y de la mirada lasciva del abogado. Afuera, el sol me dio en la cara como un mazo. Un taxi viejo me esperaba en la acera. Le di la dirección al chofer y no dudó en llevarme. El viaje de cuatro horas hacia la capital fue un borrón de baches y pensamientos oscuros. Me miraba en el retrovisor, intentando reconocer a la Xiena de ayer.
Tenía veinte años, el cabello color cobrizo intenso y lacio que me llegaba a la cintura y esa piel blanca que, por más que intentaba ocultar bajo ropas holgadas, siempre terminaba llamando la atención.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio de vidrio y acero, me sentí como una hormiga. Todo era demasiado brillante, demasiado limpio. La gente vestía trajes que costaban más que mi casa entera. El portero ni siquiera me preguntó a qué venía; se limitó a marcar el piso 18 en el ascensor.
Al abrirse las puertas, me recibió un pasillo de alfombra blanca que silenciaba mis pasos. No había ruidos de ciudad aquí arriba, solo un silencio de clínica que me puso los vellos de punta. En la puerta principal, unas letras de metal pulido rezaban: Clínica de Fertilidad y Bienestar Integral.
Empujé la puerta de vidrio. El aire acondicionado estaba tan fuerte que sentí que la humedad de mi cuerpo se congelaba al instante. Una mujer impecable, vestida de un gris aséptico, me miró desde detrás de un escritorio de mármol.
—Vengo por el contrato —dije, sin saber cómo anunciarme y tratando de que no se notara que me castañeteaban los dientes.
—Ah, la señorita Rosales. La estábamos esperando, el abogado Mendoza llamó para avisar que usted vendría. Por favor, pase al consultorio cuatro. El doctor y los representantes legales ya están listos.
Caminé por el pasillo, sintiendo que cada paso me alejaba más de la chica de Santa Rita.
Al entrar al consultorio, no vi instrumentos médicos. Vi a dos hombres sentados en sillones de cuero, de espaldas a mí. Uno de ellos se giró lentamente, sosteniendo una copa con un líquido ámbar. Su mirada me recorrió con una frialdad tan absoluta que sentí que mi ropa desaparecía bajo su escrutinio.
—Es más... artesanal de lo que esperaba —dijo el hombre, con una voz que sonaba a terciopelo y peligro—. Espero, por tu bien, que tu vientre sea tan fértil como tu mirada es inocente.
Me quedé paralizada. No era una clínica cualquiera, y sospechaba que lo que estaban a punto de pedirme no era solo un alquiler.
El hombre que acababa de hablar se puso de pie con una parsimonia que me erizó la piel. Era alto, de una elegancia agresiva; vestía un traje de lino azul noche que parecía una armadura de seda. Sus facciones eran afiladas, casi crueles, y sus ojos tenían el brillo de gesto frío, hostil de quien está acostumbrado a comprar voluntades.
A su lado, un hombre más joven, de cabello castaño y ojos inquietos, me observaba con una curiosidad que me hizo sentir como una pieza de museo.
—Soy Max —dijo el del traje azul. Su voz era la de un barítono profundo que llenó la habitación—. Y él es Joti. No estamos aquí para perder el tiempo en presentaciones románticas, Xiena. El tiempo es el único lujo que tu padre ya no tiene.
Me sentí penosa al saber que aquí ya sabían la situación de mi padre.
—Solo quiero que él salga de ahí —logré articular, apretando el bolso contra mi vientre. El frío del aire acondicionado de la clínica me calaba los huesos, o quizá era el miedo.
Max caminó hacia un escritorio de cristal y abrió una carpeta de piel negra. Sacó un fajo de hojas blancas, impecables, que contrastaban con la suciedad que yo sentía llevar encima.
—Aquí está el contrato —dijo, deslizando una pluma de plata hacia mí—. Los cincuenta mil dólares están listos para ser transferidos a la cuenta del juzgado. En cuanto tu firma esté en este papel, el licenciado Mendoza recibirá el comprobante del pago del sesenta porciento y tu padre será puesto en libertad antes de que anochezca.
Me acerqué a la mesa. Las palabras impresas bailaban ante mis ojos, no entendía nada: protocolos biológicos, compensación económica, responsabilidad civil. Era un lenguaje que me comía, una jerga diseñada para ocultar la verdad entre tecnicismos. Intenté leer, pero la mirada de Max pesaba sobre mí como una losa.
—¿Tengo que... tengo que quedarme aquí? —pregunté, con la voz quebrada.
—El contrato estipula que debes estar disponible para los procedimientos médicos —respondió Joti con una sonrisa suave, pero esquiva—. Es por el bien del bebé, Xiena. Queremos asegurarnos de que tengas la mejor atención. No puedes volver a tu pueblo en este estado de nervios.
La palabra bebé estalló en mi cabeza. No tenía idea que alquilar mi cuerpo tenía relación con un bebé.
—¿Cuál bebé? —pregunté nerviosa.
Ambos hombres se miraron y luego volvieron a verme.
—El que incubarás en tu vientre por nueve meses y luego nos entregarás —respondió Max con tranquilidad.
Era terrorífico lo que me decía pero mi mente luego solo procesaba una cosa: la libertad de mi padre. Imaginé a mi viejo durmiendo de nuevo en su cama, lejos de los barrotes. El pánico a que Max se arrepintiera y retirara la oferta fue más fuerte que mi prudencia.
Pasé las hojas con rapidez, buscando solo el lugar de la firma. No llegué a la página diez. No vi la sección de Cláusulas Especiales. No leí el párrafo que mencionaba que, una vez confirmado el embarazo, mi vida pasaría a un régimen de Convivencia Irrestricta en una propiedad privada.
Con la mano temblando, estampé mi firma en la última hoja. Xiena Rosales.
—Excelente —murmuró Max. Cerró la carpeta con un golpe seco—. Joti, acompaña a la señorita Rosales al hotel. Que se instale en la suite 402. Debes estar aquí mañana a primera hora, los médicos también vendrán para la primera fase.
—¿Un hotel? —pregunté, confundida. Esperaba que me llevaran a algún tipo de hospital.
—Es más privado —dijo Joti, tomándome suavemente del brazo para guiarme hacia la salida—. Estarás cómoda. Hay servicio a la habitación y todo lo que necesites. Solo... no salgas. Mañana será un día largo.
Salimos del edificio y me subieron a una camioneta blindada. El trayecto fue corto, apenas unas cuadras hasta un hotel de fachadas de mármol y porteros con guantes blancos. Me sentía como una mancha de barro en un salón de espejos. Joti me acompañó hasta la habitación, una suite inmensa que olía a flores frescas y a limpieza obsesiva.
—Descansa, Xiena —dijo Joti antes de salir—. Tu padre ya debe estar saliendo del juzgado. Cumpliste tu parte. Ahora nos toca a nosotros cuidar de ti.
Escuché el sonido de la puerta cerrándose. Me quedé sola en medio de aquel lujo asfixiante. Miré el teléfono de la habitación, pero no sabía a quién llamar. Abrí el armario y encontré ropa nueva, de seda y algodón fino, que alguien había comprado para mí sin conocerme.
Me senté en la orilla de la cama inmensa.
El silencio era ensordecedor. Había salvado a mi padre, pero el precio empezaba a sentirse real. Me sentía como un animal en una jaula de oro, esperando a que el experimento comenzara.
Lo que Max y Joti no sabían es que esa noche, la soledad y la adrenalina de haber salvado a mi padre me darían una falsa sensación de libertad. Miré hacia la puerta. Ellos no estaban allí. Nadie me vigilaba realmente, o eso creía yo. Solo quería una noche, una última noche de ser simplemente Xiena antes de convertirme en un envase.
Sin saberlo, estaba a punto de caminar directamente hacia el abismo que cambiaría mi vida y me sumergiría en un secreto mucho más oscuro que cualquier contrato legal.