La Entrevista

2547 Palabras
El despertar en la suite 402 fue brutal. La luz de la mañana se filtraba a través de unas cortinas de terciopelo grueso que no lograban bloquear el sol implacable de la ciudad. Me senté en la cama, desorientada por un segundo, esperando oír el canto del gallo de la vecindad o el lejano bramido de un tractor. En su lugar, solo escuchaba un zumbido constante, el tráfico de la avenida principal, un sonido que parecía la respiración de un monstruo de concreto vivo. Me cubrí la cara, sintiéndome una intrusa. El lujo de las sábanas y la alfombra ofendía a mi cuerpo, acostumbrado al campo. En el espejo vi a una pueblerina asustada y andrajosa. Me lavé con agua fría, intentando quitarme la suciedad que el abogado Mendoza me había dejado en la piel. A las ocho en punto, sonó el teléfono. No era el teléfono de la habitación, sino un celular desechable barato que había encontrado sobre la mesa de noche junto a una nota: "Para emergencias". —¿Aló? —contesté con voz ronca. —Baje al lobby en diez minutos. No se arregle —Fue la orden de Joti. La llamada se cortó sin despedidas. Me sentí humillada. Me puse mi falda de mezclilla y mi blusa arrugada; eran mi única armadura contra el miedo. En el lobby, Joti me esperaba con una elegancia que gritaba dinero. Vestía un traje gris impecable y desprendía un perfume a madera. Con sus rasgos finos y ojos oscuros, se veía guapo e imperturbable, haciéndome sentir pequeña y ridícula en aquel entorno de lujo. —Vamos —dijo, sin saludarme, girándose sobre sus talones. El calor de Caracas era pesado, muy distinto al de mi pueblo. Subimos a una camioneta lujosa y fría donde el silencio era absoluto. Joti ignoraba mi presencia, concentrado en su celular, mientras yo veía los edificios pasar. Sentía cómo me alejaba de mi mundo, con el estómago retorciéndose de puro nerviosismo. «¿A dónde íbamos? ¿A un hospital? ¿A algún laboratorio subterráneo?», pensaba nerviosa. —No pongas esa cara —dijo Joti de repente, sin levantar la vista de la pantalla—. Parece que te llevamos al matadero. —¿A dónde vamos? —pregunté con la voz apagada. —A la clínica. Tenemos que hacer la evaluación física. Hoy es el día cero. Si todo está bien, comienza el proceso. —¿Qué proceso? —insistí, necesitando saber qué me iban a hacer. Joti finalmente giró la cabeza y me miró. Había algo implacable en su mirada, me miraba sin parpadear.. —Inseminación artificial, Xiena. ¿Eres tonta o te haces? Ya te lo explicamos ayer. Vas a portar un niño en tu vientre. Un niño que es nuestro. Tú solo eres el... recipiente. La palabra recipiente me golpeó como una bofetada. Bajé la mirada a mis manos, que estaban apretadas sobre mi falda. —Sí —dije bajito—. Lo sé. —Bueno. Pues relájate. Si te pones tensa, los médicos tendrán problemas para examinarte. La camioneta frenó ante un edificio discreto y lujoso. Dentro, el mármol y el silencio sepulcral me hicieron sentir fuera de lugar. En una sala privada nos esperaba Max; observaba una radiografía con autoridad. Su traje impecable, hombros anchos y corte militar imponían respeto. Me sentí como una bacteria en aquel entorno estéril mientras él nos observaba con su mandíbula cuadrada y postura rígida. —Ahí está —dijo Max, bajando la mirada hacia mí con una expresión que parecía estar evaluando una pieza de ganado—. Parece cansada. Espero que haya dormido. —Un poco —mentí. No había dormido ni un segundo. —Siéntate —ordenó Max, señalando una silla de plástico blanca alineada contra la pared—. El doctor vendrá enseguida. Me senté. Joti se quedó de pie, cerca de la ventana, mirando el jardín. Max se quedó de pie, con los brazos cruzados, mirándome. La presión en la habitación era densa, casi líquida. Me sentía expuesta. La puerta se abrió y entró un hombre mayor, con bata blanca, gafas de montura fina y una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos. —Señor Velandia, señor Pereira. Buenos días —dijo el médico, estrechando la mano de Max y luego la de Joti—. Esta debe ser la señorita Rosales. —Sí —respondí, poniéndome de pie de golpe. —Relájate, niña. Soy el Dr. Armando. Hoy solo vamos a hacerte unos chequeos rutinarios. Sangre, orina, una ecografía basal y un examen físico general. Nada que te vaya a doler. —¿Tengo que... tengo que desnudarme? —pregunté, sintiendo el calor subirme a las mejillas. Max soltó una risita breve, cínica. —Es un examen físico, Xiena. No una sesión de fotos. Haz lo que el doctor dice. El médico me llevó a una sala contigua. Me pidieron que orinara en un frasco, luego me sacaron sangre. Luego me llevaron a la camilla. —Quítese la ropa de la cintura para abajo y cúbrase con esta sábana —me ordenó el Dr. Armando. Me sentí morir. Mientras ellos esperaban fuera. Sola en la sala, luché con mi ropa hasta quedarme en ropa interior. Dejé mi falda y mis bragas sencillas de algodón en el suelo, sintiendo vergüenza de su aspecto desgastado. Me senté en la camilla y el papel crujió bajo mis nalgas; me cubrí con la sábana médica, pero seguía sintiéndome desnuda y sin ninguna dignidad. El examen fue frío y humillante. Entre el ruido del metal y el chasquido de los guantes, solo pude cerrar los ojos y pensar en mi hogar para no llorar. El médico me analizó como si fuera un objeto y concluyó que mi útero era perfecto para sus planes. En cuanto se fue, me vestí con torpeza, tratando de recuperar algo de dignidad. La enfermera me miraba con lástima mientras me decía que los señores ya me esperaban. Salí de allí con el corazón latiendo con fuerza, sintiéndome como un pájaro atrapado. Al entrar al consultorio, el ambiente había cambiado. Max y Joti no estaban de pie, sino sentados en sillones de cuero frente al escritorio del doctor. Se sentían más cómodos allí que yo. El médico estaba detrás de su escritorio, leyendo unos papeles con una concentración absoluta. Me ofrecieron una silla, pero yo me quedé de pie, apoyada contra la pared, prefiriendo la distancia. —Buenas noticias —dijo el Dr. Armando, levantando la vista—. La señorita Rosales es, médicamente hablando, una candidata perfecta. Ovulación regular, hormonas estables, canal cervical amplio. Es un terreno fértil. Max asintió con la cabeza, satisfecho, como si acabaran de confirmarle que el motor del auto que iba a comprar era de alta gama. —¿Y la salud general? —preguntó Joti, sin mirarme. —Excelente. Sin antecedentes de enfermedades, sangre limpia. Pero hay un detalle... —el doctor hizo una pausa dramática, ajustándose las gafas—. Un detalle biológico que, según el perfil que me enviaron, es bastante inusual y valioso. Los dos hombres se giraron hacia mí. Me sentí como un espécimen bajo un microscopio. —¿Cuál detalle? —preguntó Max, con el ceño fruncido. —La elasticidad del himen está intacta. El canal vaginal muestra los signos típicos de la no penetración —dijo el doctor con una voz clínica, desprovista de cualquier pudor—. Para ser claros: la señorita Rosales es virgen. La palabra flotó en el aire, pesada y explosiva. Max se incorporó en su silla. Joti, que estaba jugando con un anillo de oro en su dedo, se detuvo en seco. —¿Virgen? —repitió Joti, por primera vez con un tono de voz que no era de indiferencia, sino de sorpresa genuina—. ¿Seguro? —Científicamente, sí —respondió el doctor—. En el mundo de la fertilidad y la gestación subrogada, esto es casi un milagro. Una mujer de veinte años, con esa estructura física, que no haya tenido relaciones sexuales... aumenta la pureza genética del entorno. Significa que no ha habido exposición a patógenos comunes, ni trauma físico previo en el canal de parto. Es, por decirlo de alguna forma, una página en blanco. Sentí que me ardía la cara. Quería que el suelo se abriera y me tragara. Era una humillación total. Mi virginidad, mi falta de experiencia, algo que en mi pueblo era motivo de burla o castigo, aquí estaba siendo tasada como una ventaja comercial. Me sentí reducida a un trozo de carne sin historias, sin deseos propios, solo útil por lo que no había hecho. Max se levantó y se acercó a mí. Por primera vez, su mirada no fue de evaluación fría, sino de curiosidad. Me rodeó, olfateando el aire, como si pudiera oler la inocencia en mí. —Increíble —murmuró Max, mirando a Joti—. Una página en blanco. Eso eleva el valor del contrato, Joti. Estamos comprando no solo un vientre, sino una exclusividad biológica. —Es una rareza —admitió Joti, recobrando su compostura pero con los ojos clavados en mí—. ¿Estás segura, Xiena? ¿Nunca...? Me cubrí la boca con la mano, sintiendo las lágrimas de vergüenza picándome en los ojos. No podía responder. No podía hablar de mi soledad en el pueblo, de que los hombres me miraban con asco o deseo, pero nadie se me acercaba porque mi padre era el borracho del pueblo y yo era la pobre loca que cuidaba gallinas. —La respuesta está en el examen —dijo el doctor, salvándome de tener que hablar—. La himecrotomía confirmará el estado si es necesario, pero por ahora, los datos son concluyentes. —No es necesario hacerle más daño —dijo Max, volviendo a su silla con un aire de dueño que acababa de adquirir un tesoro—. Me gusta el dato. Me gusta la idea. —Perfecto —concluyó el doctor, cerrando la carpeta—. Pueden empezar el protocolo de estimulación hoy mismo. Le daremos las inyecciones hormonales a la señorita Rosales ycomenzaremos el proceso de sincronización con el ciclo de la donante para la semana que viene. Tienen que firmar el addendum de confidencialidad sobre sus datos médicos. Firmé los papeles que me pusieron delante, como una marioneta con el lápiz en la mano. Max y Joti firmaron a su lado con caligrafía elegante. Todo era negocio. Todo era transacción. Mi virginidad no era mi tesoro, era un bono de calidad para el producto que ellos iban a adquirir. Salimos de la clínica bajo un sol que ahora parecía más brillante, más cegador. Joti caminaba un paso por delante de mí, con el teléfono pegado a la oreja, hablando en un idioma que no entendía, probablemente con sus abogados o con su banco. Max iba a mi lado, pero no me hablaba. Su silencio era más ensordecedor que las palabras del médico. Me sentía sucia, usada, como si me hubieran pasado por un lavado a presión y me hubieran devuelto al mundo con una etiqueta de precio pegada en la frente. Subimos a la camioneta. El aire acondicionado estaba a full, pero yo seguía sintiendo el frío del metal del espéculo entre las piernas. Me senté en el rincón, apretada contra la puerta, con las rodillas juntas y las manos entrelazadas, rezando para que el trayecto terminara. —Está bien —dijo Max de repente, rompiendo el silencio—. No pongas esa cara. Ser virgen no es un crimen, Xiena. Al contrario. Para nosotros es... ideal. Nos asegura que el niño no venga contaminado por la mediocridad de otros hombres. —No soy una contaminación —respondí, con un hilo de voz que se atrevió a desafiarlo por primera vez. Max se giró lentamente en el asiento. Sus ojos eran dos pozos oscuros. —No. Eres el vehículo. Y los vehículos de lujo requieren mantenimiento y cuidado especial. No te quejes de ser tratada como algo valioso. El chofer nos dejó en la entrada del hotel. Joti se bajó sin despedirse. —Descansa —me dijo por encima del hombro—. Mañana a las siete pasamos por ti. Me quedé parada en la acera, viendo cómo la camioneta negra se perdía en el tráfico. El portero del hotel me miró con curiosidad, quizás pensando en mi ropa arrugada y mi cara de miedo. Entré al lobby, con el sonido de mis zapatos golpeando el mármol como un tambor de funeral. Subí a la suite 402. Cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, dejándome resbalar hasta el suelo. La habitación estaba inmaculada, perfecta, ajena. Fui al baño y me quité la ropa otra vez. Me miré en el espejo. Vi mis senos, mi vientre plano, mis caderas anchas. Intenté ver lo que ellos veían: una matriz, un recipiente, una página en blanco. Solo veía a Xiena, la hija del borracho, la chica que nunca había sido besada, la chica que acababa de vender su cuerpo por cincuenta mil dólares. El teléfono de la habitación comenzó a sonar. El timbre era agudo, cortante, rasgando el silencio. Me levanté con el corazón en la garganta. ¿Eran ellos? ¿Había cambiado de opinión? ¿El médico se había equivocado? Descolgué con mano temblorosa. —¿Aló? —dije, con la voz ahogada. —Xiena... —La voz al otro lado estaba rota, llena de llanto y estática—. Xiena, mija. Sentí que el suelo desaparecía de nuevo, pero esta vez no fue de miedo, sino de un alivio tan brutal que me dobló las rodillas. —¿Papá? —susurré, apretando el auricular contra la oreja como si pudiera sacarlo a través del cable—. ¿Papá, eres tú? —Soy yo, mija. Soy yo. Sali... salí ya. El abogado dijo que pagaron. Dijo que estabas bien. Dijo que te habías ido a trabajar a la ciudad, pero que todo estaba arreglado. Ya estoy en el camión, camino a casa. Las lágrimas me salieron descontroladas, mojando mis mejillas, cayendo sobre mi pecho desnudo. —¿Estás bien? ¿Te lastimaron? —pregunté, sintiendo una culpa nueva y más pesada. —No, mija, no. Estoy bien. Un poco golpeado, pero vivo. Gracias a ti. ¿Qué hiciste? ¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? Me pegué la mano a la boca para no gritar. ¿Cuándo volvía? No lo sabía. —No... no sé, papá. El trabajo es... es intenso. Es un contrato largo. Pero tú estás libre. Eso es lo que importa. Tú estás libre. —Te extraño, Xiena. Te quiero, mija. Cuando vuelvas, te haré un sancocho de gallina. Te juro que no beberé ni una gota más. Tú me salvaste. —Yo también te quiero, papá. Cuídate. No bebas. Por favor, no bebas. —No lo haré. Vete a descansar. Descansa en tu hotel de lujo. Te mereces todo lo bueno, mija. Todo lo bueno. La línea se cortó. Me quedé con el auricular en la mano, escuchando el tono de llamada muerta. Me dejé caer en la cama, envolviéndome en las sábanas de seda. Mi padre estaba libre. El objetivo se había cumplido. El pesadilla de la cárcel había terminado para él. Pero para mí, la pesadilla solo empezaba.
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