El Procedimiento

2304 Palabras
El cielo gris anunciaba un día difícil. Me desperté antes de la alarma, mareada por la mezcla de nervios y hormonas. Me sentía tan hinchada que mi propia piel me asfixiaba. Me vestí con las ropas nuevas que habían dejado en el armario: un vestido de lino ligero, color arena, que llegaba justo debajo de la rodilla, y sandalias de cuero. No había nada de provocador en el vestido, era simple y práctico, pero al verme en el espejo del baño, la tela se adhería a mis curvas con una traición que me hizo sonrojar. Parecía ver a una extraña, una Xiena que ya no me pertenecía, una muñeca vestida por unos dueños que aún no conocía bien. Ese día no habían venido a buscarme. Max ni Joti se aparecieron en el lobby del hotel. Una llamada a las siete de la mañana me lo había dejado claro: el chofer de la clínica pasaría por mí. Ellos tenían asuntos urgentes que atender. Sentí un alivio mezclado con una punzada de soledad. No quería que me vieran así, pálida y temblorosa, camino a ser convertida en un recipiente. El trayecto fue silencioso y solitario. El chofer, un hombre que no hablaba español, me llevó a través del tráfico denso de Caracas hasta el instituto médico. Evitamos la entrada principal y pasamos por una puerta lateral. El lugar era frío y olía a desinfectante. Me obligaron a cambiar mi vestido por una bata de papel que sonaba con cada roce. Sentada en la camilla, entre máquinas y luces parpadeantes, me sentí diminuta. Una doctora entró sin saludar, con la mirada clavada en su carpeta y el rostro oculto tras unas gafas enormes. —Xiena Rosales, veinte años. Grupo sanguíneo O positivo. Todo parece estar en orden —dijo con una voz que sonaba a grabación—. Vamos a proceder. Recuerde: relajarse es vital para el éxito de la implantación. Me ayudaron a subir a una mesa especial con soportes para las piernas. Esta vez, los estribos estaban acolchados de cuero n***o, lo que le daba un aspecto más lujoso y menos clínico, pero no por eso menos humillante. Me acosté, sintiendo el frío del papel bajo mis nalgas desnudas. Abrí las piernas y coloqué mis talones en los soportes. La posición era vulnerable, obscena. Me sentía expuesta, con mi sexo abierto al aire frío de la sala, esperando ser llenado con una vida que no era mía. No había Max. No había Joti. Solo la doctora y una enfermera que movía instrumentos metálicos en una bandeja de acero inoxidable. El sonido del metal chocando contra el metal me helaba la sangre. —Vamos a limpiar el área —dijo la doctora. Sentí una gasa fría y húmeda con yodo sobre mi piel interna. Me estremecí. Me agarré a los barrotes de la camilla, apretando con fuerza hasta que mis nudillos se pusieron blancos. —Relájese, Xiena. Respire profundo. Vamos a introducir el espéculo. Esta vez, el metal entró con más facilidad que en el examen previo, quizás porque estaba más relajada por la soledad, o quizás porque simplemente me importaba menos resistirme. Oí el clic cuando se abrió, separando mis paredes internas. —Bien. Ahora viene el catéter. Miré hacia el techo. No quería ver. No quería ver qué estaban metiendo dentro de mí. Quería estar en Santa Rita, oliendo el café quemado de mi padre, escuchando el ruido de los gallos. Quería estar en cualquier lugar menos en esa sala fría. —Es un catéter flexible —explicó la doctora, como si estuviera dando una clase a un estudiante aburrido—. Pasará por el cuello uterino y depositará el material … Sentí algo deslizándose dentro de mí. No era doloroso, pero era extraño. Era una presencia ajena, invasiva, viscosa. Me agarré más fuerte a los barrotes. —Un poquito más... ya. Estamos en el fondo. La soledad de la habitación me pesaba como una losa. Era un procedimiento rutinario para ellos. Para mí, era la venta de mi integridad. —Listo —dijo la médico, retirando el instrumento con cuidado—. Ahora tiene que quedarse así, con las piernas elevadas, durante treinta minutos. La gravedad es nuestra aliada. Cubrieron mis piernas con una sábana de papel azul. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el líquido extraño se movía dentro de mí, buscando un lugar para arraigarse. Media hora de eternidad tendida como un insecto en una vitrina, mirando cómo la luz del techo parpadeaba una y otra vez. Durante ese tiempo, mi mente vagó. Pensé en mi padre, en si habría llegado a casa, en si se habría bañado. Pensé en el dinero, en los cincuenta mil dólares que ahora estaban en manos del juez. Me repití a mí misma que había valido la pena, que era un sacrificio necesario. Pero al mirar mi vientre plano bajo la sábana, no sentí orgullo, ni siquiera alivio. Sentí vacío. Una vez más, usada y descartada. Cuando la doctora regresó, me sentía entumecida. —Tiempo cumplido —anunció—. Puede bajar, pero con cuidado. No haga esfuerzos bruscos hoy. Nada de cargar peso. El útero necesita asentarse. Me ayudaron a sentarme. Sentí un mareo leve al enderezarme, que me hizo parpadear y tragar saliva con dificultad. La enfermera me ayudó a bajar de la camilla, sosteniéndome por el brazo. Me puse el vestido de lino con dedos entumecidos. Me dieron el alta sin más ceremonias. Me indicaron la salida por donde había entrado. No había nadie esperándome. El chofer no estaba en la puerta. Supuse que se equivocaron o que tardarían, pero la verdad era que no quería esperar dentro de ese lugar que olía a muerte y ciencia. Necesitaba aire. Necesitaba sentir que todavía tenía piernas para correr. Salí a la calle. El sol de Caracas me golpeó en la cara como un martillo caliente. El ruido del tráfico, los cláxones, el gritar de los vendedores ambulantes, me envolvió en una cacofonía caótica que me desorientó. Me apoyé contra la pared fría del edificio, tomando aire con la boca abierta. —Puedes hacerlo, Xiena —me dije a mí misma—. Ya está hecho. Es solo una espera. Empecé a caminar. No sabía a dónde iba, solo que necesitaba alejarme de ese edificio que parecía vomitar gente sana y devolverla vacía. Mis sandalias de cuero golpeaban el asfalto irregular con un ritmo torpe. Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de ocurrir dentro de mí; sentía una humedad extraña, un peso uterino que me obligaba a caminar encorvada, como una vieja. El barrio era una mezcla desconcertante de lujo y decadencia. A un lado, edificios de cristal que reflejaban el cielo; al otro, esquinas llenas de basura y perros callejeros que ladraban a las sombras. El olor a gasolina y comida chatarra se mezclaba con el yodo que todavía parecía salir de mis poros. Me sentía sucia, manchada por un acto que no había sido amor, ni siquiera deseo, sino una transacción fría. Caminé dos cuadras, luego tres. El mareo que había sentido en la camilla volvió a la carga, esta vez con más fuerza. La calle comenzó a girar. Las líneas blancas del asfalto se retorcieron como serpientes. Me detuve junto a un semáforo en rojo, apoyando la mano en una pared de ladrillo para no caer. Las bocinas de los carros sonaban como trompetas de juicio final. —Maldita sea... —susurré, cerrando los ojos fuertes, intentando que el mundo dejara de girar. Necesitaba agua, sentarme. Pero no había bancos, solo aceras estrechas llenas de gente que pasaba a mi lado sin mirarme, envueltos en sus propias prisas de oficinistas y ejecutivos. Yo era un fantasma en ese mundo de trajes y corbatas, una campesina con un vestido de lino manchado por el sudor del miedo. El semáforo cambió a verde. La multitud se movió como un río humano, arrastrándome sin querer. Di un paso adelante, tambaleándome, buscando el otro lado de la avenida como si fuera la orilla de un río salvador. No vi el coche. No escuché el motor rugiendo hasta que fue demasiado tarde. Un estruendo de neumáticos frenando sobre el asfalto caliente rasgó el aire. El chirrido agudo fue lo último que escuché antes de sentir un golpe de viento que me tiró hacia atrás. Grité, pero el sonido se ahogó en mi garganta. Mis piernas fallaron y caí de culo en el pavimento, raspándome las palmas de las manos y los codos. El dolor fue agudo, pero el susto fue paralítico. Un automóvil n***o, brillante y largo como un ataúd moderno, se detuvo a escasos centímetros de mis rodillas. El parachoques cromado me miraba como un diente de metal. El motor bramaba, impaciente. El conductor no había podido frenar a tiempo, pero había logrado evitar el atropello. Me quedé ahí, sentada en el suelo, jadeando, con el corazón martilleándome tan fuerte que me dolía en el pecho. El mundo se detuvo. La gente se detuvo. Miradas curiosas, lentes de sol que bajaban para ver el espectáculo del accidente. La puerta del conductor se abrió con un sonido suave, hidráulico. Bajó un hombre. No era el chofer de la clínica. Era más alto, más joven. Vestía un traje blanco de lino, desabrochado, con una camisa azul de seda que estaba abierta hasta el pecho, revelando una piel bronceada por el sol y un collar de plata fina que brillaba en la luz del mediodía. Tenía el cabello n***o, lacio y un poco largo, recogido en una coleta desordenada en la nuca. No parecía un ejecutivo de esos que habían visto en el edificio. Parecía un pirata moderno, alguien que vivía al margen de las reglas. Se acercó a mí con una agilidad felina. No corría, caminaba con paso seguro, pero sus ojos estaban llenos de una preocupación genuina que desmentía su apariencia despreocupada. —¡Dios mío! —exclamó, arrodillándose frente a mí en medio de la calle, sin importarle que sus pantalones blancos tocaran el asfalto sucio—. ¿Estás bien? Chica, lo siento muchísimo, no te vi. Saliste de la nada. ¿Te lastimaste? Me miré las manos. Estaban sangrando un poco. Mis rodillas estaban raspadas. —Yo... yo no miré —logré decir, con la voz temblorosa, todavía aturdida por el mareo y el susto—. Disculpe. Él me tomó las manos con suavidad. Sus dedos eran largos, fuertes, pero tenían una calidez extraña, reconfortante. Me examinó las palmas con atención, como si fueran joyas frágiles que se hubieran roto. —No pidas disculpas tú. Soy yo el que iba demasiado rápido —dijo él, alzando la vista hacia mis ojos. Sus ojos eran de un color ámbar oscuro, casi dorados, y tenían una intensidad que me dejó sin aliento—. Estás pálida. Pareces que vas a desmayarte de nuevo. Me ayudó a levantarme. Sus manos me sostuvieron por los codos, firme pero sin lastimarme. Al ponerme de pie, una ola de náuseas me subió a la garganta. Me tambaleé y caí hacia adelante, apoyando la frente en su hombro. Olía a tabaco rubio, a whisky caro y a algo salvaje, a madera quemada y mar. —Woow, tranquila —dijo él, envolviéndome con un brazo alrededor de la cintura para sostenerme—. Tienes que sentarte. Ven, siéntate en el borde del coche. Me guió hacia el vehículo. Era un descapotable deportivo, el interior de cuero rojo sangre. Me ayudó a sentarme en el umbral de la puerta abierta. El cuero estaba caliente por el sol, pero me sentí estable. —Aquí —dijo él, sacando un pañuelo de seda del bolsillo de su chaqueta y mojándolo con una botella de agua que traía en el portavasos—. Límpiate las manos. Tomó mis manos con las suyas y pasó el pañuelo húmedo sobre mis heridas. El agua fría me hizo estremecer, pero el alivio fue inmediato. Me miraba mientras lo hacía, con una concentración total, como si limpiar mis raspones fuera la tarea más importante del mundo. —¿Cómo te llamas? —preguntó él, sin dejar de mirarme a los ojos. —Xiena —susurré—. Xiena Rosales. —Xiena —repitió él, saboreando el nombre como si fuera un vino exótico—. Un nombre hermoso. Soy Sandro. El nombre me sonó familiar, pero mi mente estaba demasiado nublada para situarlo. Sandro. Me pareció un nombre de persona poderosa, de alguien que no pedía permiso para existir. —Gracias, Sandro —dije, intentando recuperar la compostura—. Soy yo la que crucé sin mirar. Estoy... un poco mareada. —¿Mareada? —Sandro frunció el ceño, escrutándome con más atención—. ¿Estás enferma? ¿Tienes fiebre? Puso el dorso de su mano en mi frente. Su piel estaba fresca. El contacto me electrizó. Me alejé un poco, sintiéndome invadida, pero a la vez deseando que no la retirara. —No, no es fiebre —mentí, no sabiendo cómo explicar que acababa de ser inseminada artificialmente hacía una hora—. Es el calor. No estoy acostumbrada. —Eres del interior, se nota —dijo Sandro con una sonrisa torcida, encantadora—. Tienes esa piel de quien no ha sido quemada por el smog de la ciudad. ¿Y qué haces caminando sola por aquí? Este no es un barrio para pasearse, especialmente si estás mareada. —Solo... iba al hotel —dije, evitando su mirada. —¿Hotel? ¿Cuál? —Sandro miró a su alrededor, como si buscara un hotel cercano—. Estás lejos de la zona de hospedaje. Estás en la zona financiera, chica. La única cosa que alojan aquí son las oficinas y los bancos. Me sentí tonta. Me había alejado caminando sin rumbo, perdida en mi propio dolor y confusión. —Me perdí —admití
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