Le confesé que estaba perdida mientras el ruido y el humo de los coches nos rodeaban. Me sentía ridícula: una campesina sentada en un coche de lujo, con las manos heridas y un mareo que no me dejaba en paz.
Sandro se rió. No fue una burla cruel como la del abogado Mendoza, ni una carcajada seca como la de mi padre cuando estaba borracho. Fue un sonido profundo, vibrante, que le arrugó la nariz y le hizo brillar los ojos dorados. Parecía el sonido de la vida misma, tan ajeno a mi realidad gris.
—Pérdida en Caracas —dijo él, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Eso es casi un deporte nacional, Xiena. Pero tú tienes el don de hacerlo con estilo. La mayoría de la gente se pierde en los barrios, tú te pierdes en el distrito financiero.
Me sequé las manos con el pañuelo de seda que él me había prestado. La tela suave contrastaba con la aspereza de mis palmas rasposas. Me sentí una estafa.
—Debería irme —dije, intentando levantarme, pero mis piernas seguían sintiéndose como gelatina—. El chofer... bueno, no tengo chofer, pero me esperan.
—¿Quién te espera? —preguntó Sandro, apoyándose en el coche junto a mí, cruzando los brazos. Su presencia era enorme, una barrera de calor y masculinidad que me impedía pensar con claridad.
—Nadie. Me esperan en el hotel —mentí otra vez. La mentira se me hacía más fácil cada vez que la repetía. Tal vez si lo decía suficiente veces, sería verdad.
Sandro me miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en mi vestido de lino arrugado, en mis sandalias manchadas de polvo, en mi cabello suelto y revuelto por el viento de la carretera. No hubo lujuria en su mirada, o si la hubo, estaba disfrazada de una curiosidad tan aguda que me hizo sentir desnuda.
—No puedes volver así —dijo él con firmeza—. Estás blanca como una sábana y temblando como una hoja. Si te subes a un taxi ahora, vas a terminar vomitando sobre el asiento del conductor. Y eso, créeme, no es una experiencia que quieras tener en tu primera semana en la ciudad.
—No es mi primera semana —repliqué, sintiendo una chispa de defensa.
—¿Ah, no? —Sandro levantó una ceja—. Podrías engañarme, pero tus ojos dicen otra cosa. Tienes los ojos de quien acaba de ver un fantasma. O de quien acaba de hacer un trato con el diablo.
El comentario me heló la sangre. ¿Podía saber? ¿Era posible que este desconocido, este hombre que acababa de casi atropellarme, supiera lo que acababa de hacer en esa clínica fría y blanca? Me apreté el pañuelo contra el pecho.
—Solo estoy cansada —dije, bajando la mirada.
—Bueno, la cura para el cansancio no es caminar bajo el sol del mediodía —dijo Sandro, apartándose del coche y señalando una esquina cercana con la barbilla—. Hay una cafetería justo ahí. El Café de la Esquina. Tienen el mejor café de este lado de la ciudad, y aire acondicionado que podría congelar a un oso polar. Ven, te invito a una taza. Te hará bien.
—No... no debería. No tengo tiempo —empecé a decirme a mí misma, recordando las reglas de Max: no salir, no hablar con extraños, ser invisible.
—Una taza, Xiena. Veinte minutos. Solo para que dejes de temblar y te asegures de que no vas a desmayarte en la próxima cuadra —insistió él, con una sonrisa que no parecía aceptar un no como respuesta—. No te muerdo, te lo prometo.
Miré hacia donde él señalaba. Era un local con puertas de vidrio, gente adentro riendo, charlando, viviendo vidas normales. Miré el coche deportivo rojo sangre, luego miré a Sandro. Era guapo, de una manera peligrosa. Tenía una cicatriz fina sobre la ceja izquierda que le daba un aspecto de que había visto cosas, de que nada lo asustaba. Era el tipo de hombre con el que mi padre me había advertido que nunca hablara, el tipo de hombre que representaba todo lo que estaba prohibido en Santa Rita.
Pero estaba mareada. Estaba sola. Y me sentía, por primera vez en mi vida, tratada como una persona y no como una deuda o un número en un expediente.
—Solo una taza —acepté, con voz suave.
—Excelente decisión —dijo Sandro, ofreciéndome el brazo—. Y agárrate fuerte, que el paso de cebra sigue siendo peligroso.
Tomé su brazo. El músculo era duro bajo la tela fina de la camisa. Me sentí pequeña, frágil, protegida. Cruzamos la calle como una pareja normal, como si perteneciéramos a ese mundo de brillos y ruido.
El café era un oasis de sombra y frescor. El aire acondicionado me golpeó en la cara como una bocanada de invierno, erizando la piel de mis brazos. Sandro eligió una mesa en el rincón, lejos de la ventana y de las miradas curiosas. Me tiró una silla con caballerosidad y yo me senté, sintiendo cómo la madera fría me calmaba la espalda.
—¿Qué tomas? —preguntó él, llamando al camarero con un gesto de dedos—. ¿Café? ¿Jugo de naranja? ¿Algo más fuerte? Una copa de vino para el shock?
—Café, por favor. Solo café —dije. Necesitaba la cafeína para despejar la niebla en mi cerebro.
Sandro pidió dos cafés negros y un empanada de queso para él. Cuando el camarero se fue, se recostó en la silla y me miró. No miraba su celular, no miraba a otras mujeres. Me miraba a mí. Y no era una mirada que me desnudaba; era una mirada que esperaba que yo hablara.
—Entonces, Xiena —dijo él, jugando con la cucharilla de plata sobre la mesa—. Dime la verdad. ¿Qué hace una chica como tú vestida así, perdida en medio de la capital, con la cara de haber visto una tragedia?
Sentí un nudo en la garganta. La pregunta era directa, casi brutal. Pero había algo en su tono, una suavidad que me desarmó. Tal vez era porque no tenía nada que perder con él. No era Max, no era Joti, no era el médico. Era un extraño que casi me atropella.
—Vengo de... del médico —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. Tuve un procedimiento.
—¿Procedimiento? —Sandro frunció el ceño—. ¿Estás enferma? ¿Es grave?
—No es una enfermedad —negué con la cabeza, mirando el mantel de la mesa—. Es un... trabajo.
—¿Un trabajo? —Sandro soltó una carcajada corta, incrédulo—. ¿A qué te dedicas, Xiena, que requiere un procedimiento médico y te deja temblando en la calle?
No podía decirle la verdad. Decirle que me había alquilado el vientre, que era una incubadora pagada por dos hombres ricos, sería admitir mi vergüenza. Sería confirmar que no era más que un objeto.
—Es trabajo de oficina —mentí, y la mentira se me hizo amarga en la boca—. Estrés. Mucho estrés. Mi jefe... es muy exigente.
—Ah, el jefe —dijo Sandro, asintiendo con gravedad, como si eso explicara todo el mal del mundo—. Los jefes son una plaga. Tengo el problema contrario: soy mi propio jefe, y es el peor jefe que he tenido.
Me sorprendí sonriendo. Era una sonrisa pequeña, torcida, pero real.
—¿Tú eres tu propio jefe? —pregunté.
—Sí. Tengo una empresa de... importaciones y exportaciones —dijo él con vaguedad—. Cosas que vienen de afuera y cosas que se van. Mucho papeleo, mucha gente gritando, mucho dinero cambiando de manos que nunca llega a mi bolsillo porque se va en impuestos.
—Parece interesante —dije, más por cortesía que por entendimiento. No sabía nada de importaciones, ni de negocios, ni de un mundo donde el dinero fuera solo un número en una pantalla.
—Es un asco —corrigió Sandro, con una franqueza que me desconcertó—. Es un mundo lleno de lobos, Xiena. Donde el fuerte se come al débil y luego pide postre. Por eso te miraba así cuando te vi en la calle. Tienes cara de liebre.
—¿Liebre? —La imagen me pareció ofensiva.
—Sí. Un animalito asustado, temblando en el bosque, esperando a que el zorro salga de las sombras para destrozarla —dijo él, tomando su café con una calma absoluta—. Es el look de las víctimas en esta ciudad. Los que no sabemos cómo jugar el juego.
Me quedé callada, mirando mi taza humeante. Me había descrito a la perfección. Yo era una liebre. Max y Joti eran los zorros, o quizás algo peor, cazadores furtivos con jaulas de oro.
—¿Y tú? —pregunté, animada por una valentía repentina—. ¿Eres un zorro?
Sandro soltó la carcajada, una vez más, atrayendo las miradas de la mesa de al lado. Se inclinó hacia mí, cruzando los brazos sobre la mesa, acercándose lo suficiente para que yo pudiera oler ese aroma a tabaco y madera quemada que parecía emanar de su piel.
—Me temo que sí, Xiena. Pero soy un zorro que ha aprendido a no morder a las liebres indefensas. Me aburren las víctimas fáciles. Prefiero a los que tienen dientes.
Me miré las manos. Yo no tenía dientes. Solo tenía miedo y un contrato que me ataba a una cama en una casa de espejos.
—Yo no tengo dientes —admití bajito, sintiendo una punzada de vergüenza.
—No te digas eso —dijo Sandro, suavizando el tono—. Todos tenemos colmillos, solo hay que saber cuándo usarlos. A veces, sobrevivir no se trata de morder, sino de correr más rápido que el resto. O de esconderse en la madriguera correcta.
El camarero dejó la empanada frente a Sandro y me sirvió más café sin preguntar. Pasamos los siguientes veinte minutos hablando de cosas triviales. Me preguntó por mi pueblo, fingiendo interés en la cosecha de maíz y en el calor de Santa Rita. Le hablé de mi padre, omitiendo la cárcel y la deuda, pintándolo como un hombre trabajador que simplemente estaba solo. Sandro escuchaba. No interrumpía, no miraba el reloj, no se aburría. Me escuchaba como si mi vida, tan pequeña y miserable, fuera un libro fascinante que él no quería terminar de leer. Fue una experiencia extraña y embriagadora. Me sentí vista. No juzgada, no evaluada, no tasada. Solo vista.
Cuando terminamos el café, me sentía mejor. El mareo había desaparecido, reemplazado por una claridad inusual. Sandro pagó la cuenta dejando un billete que cubría la cuenta con creces, y nos levantamos.
—Gracias, Sandro —dije al salir a la acera—. El café... ayudó.
—El café es la sangre de esta ciudad, Xiena. Te salva y te mata al mismo tiempo —respondió él, encaminándose hacia su coche deportivo—. Deberías volver a tu hotel antes de que alguien te eche de menos. Tu jefe exigente no va a estar contento si te ve tomando el sol con un tipo como yo.
La mención de Max me devolvió la realidad. La casa de los espejos, las reglas, el secreto.
—Sí, tengo que irme —dije, dando un paso atrás, marcando la distancia.
Sandro se detuvo junto a la puerta de su coche. Apoyó la mano en el techo del vehículo y me miró. El sol brillaba detrás de él, cegándome un poco, convirtiéndolo en una silueta oscura y poderosa.
—Oye, Xiena —dijo, sacando un teléfono de la chaqueta—. Si alguna vez te pierdes de nuevo... o si el trabajo de oficina se vuelve demasiado pesado... o si simplemente necesitas alguien que te escuche gritar sin juzgarte.
Me quedé paralizada. Sabía lo que venía. Sabía que debía decir no. Max lo había prohibido. Joti lo había advertido. No había contacto con el exterior. Era una regla de seguridad, una regla de propiedad.
—No sé si... —empecé a dudar.
—Solo es un teléfono, Xiena —dijo Sandro, con una sonrisa que prometía aventura y peligro, pero sobre todo, libertad—. No muerde. Y tampoco soy tu jefe.
La tentación fue demasiado fuerte. La soledad de la habitación que me esperaba, fría y silenciosa, me hizo dudar. La soledad de mi vida entera me pesaba en los hombros. Tener un número en el bolsillo, tener una conexión con alguien que no fuera parte del contrato, era una chispa de resistencia. Un pequeño acto de rebelión.
—Dame —dije, y extendí la mano temblando.
Sandro me dictó los números. Los marqué en el celular desechable que Max me había dado para emergencias, una ironía que casi me hizo reír. Guardé el contacto con el nombre de Sandro.
—Ahora sí —dijo él, subiendo al coche con un movimiento fluido—. Vete con cuidado, liebre. Y recuerda: corre rápido.
El motor rugió y el coche se lanzó al tráfico, dejándome en la acera con el humo de los neumáticos y el celular caliente en la mano. Me quedé allí, mirando cómo desaparecía en la distancia, sintiendo una mezcla de alivio y terror. Acababa de romper la primera regla. Acababa de abrir una puerta que tal vez no podría cerrar.
Di la vuelta y empecé a caminar hacia el hotel, apretando el teléfono contra mi pecho. Sabía que si Max o Joti descubrían ese número, las consecuencias serían terribles. Pero por primera vez desde que había firmado el contrato, sentí que tenía un secreto que era solo mío. Un pedazo de control en una vida donde no controlaba nada. Y eso, por peligroso que fuera, me hizo sonreír antes de sumergirme de nuevo en la jaula de oro.