El Consejo De Mi Amiga

2691 Palabras
El amanecer del segundo día trajo consigo un dolor sordo y persistente en la parte baja de mi espalda, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo caliente entre las vértebras y lo estuviera girando lentamente. Me desperté empapada en sudor frío, con las sábanas enredadas entre las piernas como una serpiente que me estrangulara. Me quedé quieta en la inmensidad blanca de la cama de la habitación principal de la suite hotel, mirando el techo, esperando que el dolor pasara, pero él se instaló con la obstinación de un mal huésped. El teléfono de la mesita de noche sonó a las ocho en punto, cortando el silencio como una guillotina. Era Max. —Buenos días, Xiena —dijo su voz, lejana y estática, probablemente desde algún aeropuerto o una oficina de vidrio en el otro lado del mundo—. ¿Cómo se siente? Me llevé la mano al vientre. La piel estaba tensa, caliente al tacto. —Bien —mentí, con la voz ronca por el sueño y la mentira—. Un poco cansada, pero bien. —Excelente. Joti y yo estamos en Panamá cerrando unos tratos de exportación. Estaremos fuera cuatro o cinco días. Es importante que siga las instrucciones del médico al pie de la letra. Reposo absoluto. Nada de subir escaleras, nada de esfuerzos. El éxito del proyecto depende de su disciplina. Por eso te reservamos esa suite, estando allí no tienes que hacer nada ni salir. Ahí tienes todo. —Entendido —respondí, apretando los dientes para no gemir cuando una punzada aguda me recorrió el bajo vientre. —Si necesitas algo usa los números que están en la libreta que te entregaron. No les abras a nadie, no hables con nadie, no salgas con nadie que no seamos nosotros. Cuidese. La línea se cortó. Me quedé con el auricular en la mano, sintiéndome como una prisionera que ha recibido la visita del carcelero a través de una rejilla. “Reposo absoluto”. La frase resonó en mi cabeza con una ironía cruel. Yo no había guardado reposo el mismo día ni al siguiente, no les conté de la caída. Me había dejado llevar por un desconocido en un coche deportivo, había caminado bajo el sol abrasador, había sufrido el susto de mi vida y casi me había atropellado. Mi cuerpo recordaba cada bache del camino, cada segundo de tensión. Durante los dos días siguientes, me obligué a cumplir la orden. Me quedé en cama, salvo para ir al baño. Leía revistas de decoración que no entendía y veía televisión por cable con el volumen bajo, absorbida por las vidas ajenas que desfilaban en la pantalla. El dolor de espalda siguió ahí, como un compañero constante que me impedía encontrar una posición cómoda. Tomé los analgésicos que la doctora me había recetado, pero parecían pastillas de azúcar; no calmaban nada. Al cuarto día, la tragedia golpeó. Me levanté para ir al baño, arrastrando los pies por la alfombra espesa. Sentí un calambre repentino, fuerte, que me dobló las rodillas. Me agarré al lavabo, jadeando. Cuando me limpié, el papel higiénico salió manchado de rojo. No era una mancha grande. Era un borbotón pequeño, oscuro, espeso. Pero para mí, fue como si el suelo se hubiera abierto y me estuviera tragando viva. Mi corazón se detuvo. El mundo se puso de cabeza. —No, no, no —susurré, mirando el papel con terror—. Por favor, no. Me lavé frenéticamente, tratando de limpiar el error, tratando de hacer que el rojo desapareciera. Pero cada vez que me pasaba el papel, volvía a aparecer. Era una señal inequívoca. Mi cuerpo estaba rechazando la intrusión. Estaba expulsando la muestra, la inversión, el futuro de Max y Joti. La caída. El estrés. El sol. El no haber guardado reposo. Todo había sido una sentencia de muerte para ese embarazo artificial. Me senté en el borde de la bañera, temblando de tal forma que mis dientes castañeteaban. Las lágrimas me brotaron calientes, quemándome las mejillas. Me sentía inútil. Me sentía una estafa. Había firmado un contrato por cincuenta mil dólares, había vendido mi cuerpo, y ni siquiera era capaz de cumplir con la única función para la que me habían comprado: ser un recipiente pasivo. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba oír una voz que no fuera la mía, que no me juzgara, que me dijera que todo iba a estar bien, aunque fuera una mentira. Pero no podía llamar a mi padre; él estaba libre gracias a mí, no podía cargarle esta culpa. No podía llamar a Max o Joti; ellos me matarían si sabían que había fallado. Solo había un número en mi teléfono que no pertenecía a ese mundo de contratos y deudas. Un número que había guardado como un pequeño tesoro prohibido. El número de Sandro. Pero no, no podía llamarlo. Él era un extraño. Un hombre peligroso. Llamarlo sería romper las reglas de forma definitiva. Necesitaba a una mujer. Necesitaba a alguien que entendiera el cuerpo, el miedo, la estupidez. Busqué en la memoria el número de Luisa, la única amiga que había tenido en el pueblo antes de que mi vida se derrumbara. Luisa se había ido a Maracaibo a trabajar de enfermera hacía dos años. Nos escribíamos poco, pero ella era mi única conexión con la humanidad real. Mis dedos temblaban tanto que tardé tres intentos en marcar correctamente. —¿Aló? —La voz de Luisa sonó lejana, con el ruido de una calle de fondo. —Luisa... soy yo, Xiena —dije, con la voz quebrada, ahogada en sollozos. —¡Xiena! ¡Chica! ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? ¿Estás bien? —No... no estoy bien, Luisa. Tengo miedo. Tengo mucho miedo —confesé, dejando salir la presa—. Creo... creo que lo arruiné todo. —¿Qué arruinaste? ¿De qué hablas? Calma, nena, respira profundo —me recomendó.. Le conté todo. No pude evitarlo. La angustia me desarmó. Le hablé del contrato, del dinero para la deuda de mi padre, de la inseminación, de la caída, del sangrado. Le conté de Max y Joti, del hotel donde ellos me tienen encerrada esperando se confirme el embarazo, del miedo a que me mataran si fallaba. Las palabras salían en torrentes, desordenadas, sucias, revelando mi vergüenza más profunda a la luz del día. Luisa me escuchó en silencio durante mucho tiempo. Cuando dejé de hablar, solo se escuchaba mi llanto y el jadeo de ella al otro lado de la línea. —Xiena... —dijo finalmente, y su voz no era la de consuelo que esperaba. Era dura, fría, cortante como una navaja—. Eres una idiota. —Lo sé —susurré, humillada—. Lo sé. Fui estúpida. No guardé reposo. Me caí. Ahora estoy sangrando y voy a ir a la cárcel, y mi papá... —Escúchame bien —me interrumpió Luisa—. No me importa el sangrado ahora mismo. Me importa que entiendas la gravedad de lo que has hecho. Esto no es un juego de niñas. Esto es negocio grande. Si no estás embarazada, no solo irás a la cárcel por incumplimiento de contrato. Esos hombres tienen recursos. Pueden hacerte desaparecer. Pueden hacerle algo a tu padre para cobrarse la deuda con tu sangre. El pánico se apoderó del pecho como una mano de hierro. —¿Qué hago? —pregunté, desesperada—. ¿Voy al médico? ¿Les digo la verdad? —¿Estás loca? Si les dices la verdad ahora, te matan antes de que termines la frase —dijo Luisa con una crueldad que me heló—. Tienes que solucionar esto, Xiena. Tienes que solucionar esto ya. —¿Pero cómo? No puedo obligar a mi cuerpo a... —No seas ingenua —cortó Luisa—. El cuerpo es una máquina, pero a veces necesita ayuda. Si la inseminación falló, si ese procedimiento no prendió, necesitas un plan B.,, Y rápido. —¿Plan B? —No entendía. Mi mente estaba nublada por el miedo y el dolor. —¡Consigue un donante, Xiena! —gritó Luisa al teléfono, y la palabra me golpeó como una bofetada—. ¡Ya! Si esa muestra que te metieron murió, tienes que llenar ese espacio con otra cosa antes de que se den cuenta. —¿Un donante? —repetí, sintiendo que me iba a desmayar de nuevo—. ¿Cómo voy a conseguir un donante? Estoy encerrada en esta casa. No conozco a nadie. Y además... tiene que ser... —tragué saliva, recordando los perfiles genéticos que me habían mostrado, los rasgos específicos que Max y Joti habían pagado para asegurar un hijo alto, inteligente, con ciertos ojos, cierta piel—. No puede ser cualquiera, Luisa. Si el niño nace y no se parece a lo que ellos pagaron, me descubren. Me matan en el acto. —¡Pues entonces busca a alguien que se parezca! —respondió ella, con una impaciencia que rayaba en la locura—. ¡Piensa, Xiena! ¿Tienes la descripción? ¿Sabes cómo tienen que ser los padres biológicos? —Sí... sí tengo los papeles en el cajón —dije, mirando hacia el escritorio con terror—. El donante original era alto, de ojos claros, cabello oscuro... —¡Pues busca a alguien que tenga más o menos parecido! —insistió Luisa, bajando la voz a un susurro conspirativo—. Es la única forma. Si logras quedar embarazada ahora, naturalmente, nadie sabrá la diferencia. El ADN es una lotería, Xiena. Si tienes suerte, el niño saldrá con los ojos del tío de tu abuela y nadie pondrá en duda que es del material que te inyectaron. Pero tienes que hacerlo rápido. Tienes una ventana de tiempo muy pequeña para engañarlos. Me quedé muda, con el teléfono pegado a la oreja, sintiendo cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies. Lo que me estaba sugiriendo era impensable. Era un suicidio. Era traición. Era prostitución, de la peor clase. —¿Estás loca? —logré decir, ofendida y aterrada al mismo tiempo—. ¿Me estás diciendo que... que vaya a la calle y busque a cualquier hombre para que me... para que me...? —¡Estoy diciendo que quieres vivir! —me cortó Luisa, con una dureza que nunca le había conocido—. ¡Estoy diciendo que tu papá está libre gracias a ti! ¿Quieres que vuelvan a buscarlo? ¿Quieres que te metan en un pozo? Mira, Xiena, el mundo es cruel. Los hombres como esos no perdonan los errores. Si llegas vacía al próximo control, acabas. Tienes que ser inteligente por una vez en tu vida. Tienes que usar lo que Dios te dio para salvar el pellejo. —No puedo... no puedo hacer eso —lloré, cubriéndome la cara con la mano libre—. Es un pecado. Es un crimen. No soy una... una ramera. —¡Y vender tu vientre no lo es? —soltó ella, y la pregunta me dejó sin aire—. ¡Ya cruzaste esa línea, amiga! Ya vendiste tu cuerpo. La única diferencia es que ahora te toca tomar el control del asunto. Busca a alguien. Alguien guapo, alguien que parezca el tipo del que te hablaron. Alguien que te dé lo que necesitas y luego se vaya. No tiene por qué saberlo. No tiene que ser amor. Solo tiene que ser biología. Me sentí sucia. Me sentí manchada, no solo por la sangre que manchaba el papel higiénico, sino por las palabras de mi amiga. Pero debajo de la repugnancia, había una semilla de desesperación. Luisa tenía razón. Yo ya había cruzado la línea. Ya había vendido mi alma. ¿Qué importaba venderla un poco más si eso significaba salvar a mi padre y salvarme a mí misma? El contrato era claro. "Garantía de resultado". Sin resultado, no había dinero. Sin dinero, no había libertad. Solo habría destrucción. —No sé... no sé si podré —susurré, vencida. —Pues piénsalo rápido —dijo Luisa, y su voz se suavizó un poco, volviéndose casi triste—. El tiempo corre, Xiena. Y la naturaleza no perdona los retrasos. Cuídate. Y por el amor de Dios, haz algo. Colgué el teléfono antes de que pudiera decirme más. Me quedé sentada en el borde de la bañera, mirando el manchado de rojo en el papel con una nueva intensidad. Ya no era solo una herida. Era un reloj. Era una cuenta regresiva. Me levanté, me lavé la cara con agua helada y me vestí con un vestido largo de algodón que me cubriera hasta los tobillos. Necesitaba salir. Necesitaba aire. Necesitaba... no saber qué necesitaba. Fui a la terraza. La brisa de la tarde me rozó la piel, pero no me calmó. Mis pensamientos eran un torbellino. ¿Dónde encontraría a un hombre así? ¿En la calle? ¿En un bar? Yo no sabía cómo funcionaba ese mundo. No sabía cómo seducir, no sabía cómo pedir lo que ella sugería sin parecer una loca. Me sentía incapaz, torpe, condenada. El teléfono, que había dejado sobre la mesa, empezó a vibrar. El zumbido contra la madera me hizo saltar. Miré la pantalla. No era un número desconocido. Era el nombre que había guardado dos días antes, con una mezcla de temor y esperanza. Sandro. Me quedé paralizada, mirando el nombre brillar en la pantalla negra. El destino tiene un sentido del humor cruel, pensé. Había pensado en buscar a un hombre, en buscar un donante, y el universo me enviaba a Sandro. Un hombre que ya me había mirado con interés. Un hombre que era alto, que tenía ojos dorados, que era... guapo. Demasiado guapo. ¿Se parecería él al perfil genético que Max y Joti deseaban? No lo sabía. No tenía los papeles delante de mí. Pero era una opción. Una opción real. El teléfono seguía vibrando. Si no contestaba, quizás no volviera a llamar. Si contestaba, estaba abriendo la puerta al abismo. Pero el abismo me estaba mirando a la cara desde el váter del baño. Tomé el teléfono con una mano temblorosa. Deslicé la pantalla para responder. —¿Aló? —dije, con voz que intenté mantener firme, pero que sonó como la de una niña asustada. —Xiena —la voz de Sandro al otro lado fue como una bocanada de aire fresco en una habitación asfixiante—. Me alegro de que hayas contestado. Te pensaba perdida de nuevo. —No... no estoy perdida —mentí, apretando la barra de hierro de la barandilla de la terraza—. Estoy en casa… perdón, en el hotel. —En casa. Bueno. Escucha, sé que es repentino, y sé que tengo una regla de no molestar a las liebres que están escondidas en su madriguera —dijo él, y pude escuchar la sonrisa en su voz—, pero me he quedado con una entrada para una cena en este lugar nuevo que abrieron en el CCCT esta noche. Es un sitio elegante, tranquilo. Nada de ruido, nada de tráfico. Solo buena comida y mejor vino. Mi corazón dio un vuelco. Una cena. Una salida. Una oportunidad. —¿Por qué... por qué me invitas? —pregunté, sintiéndome tonta. —Porque necesito compañía que no sea la de mis socios, que son unos aburridos mortales —respondió Sandro con sinceridad—. Y porque me pareció que tú podrías usar un poco de eso también. Un poco de normalidad. Y además... quiero saber si lograste volver a tu hotel sin que te mordiera el tráfico. La ironía de su comentario me dolió. Sí había hotel, y también una jaula de oro. —No estoy segura de que pueda salir —dudé, recordando las advertencias de Max—. Tengo... restricciones. —Todos tenemos restricciones, Xiena —dijo Sandro, su voz bajando un tono, volviéndose casi persuasiva—. Pero a veces, hay que romperlas para recordar que estamos vivos. Ven. Solo unas horas. Te llevaré de vuelta antes de que amanezca, te lo prometo. No soy el lobo feroz, recuérdalo.
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