La Cita

2609 Palabras
Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla hasta que se oscureció. Mis manos no paraban de temblar. El plan de Luisa, esa locura desesperada de conseguir un donante, se sentía como una sentencia de muerte, pero el rastro de sangre que había dejado en el baño era una realidad mucho más aterradora. Estaba sola en esa suite inmensa, rodeada de lujos que no me pertenecían, esperando a que esos dos hombres regresaran de Panamá para reclamar un hijo que mi cuerpo estaba segura había rechazado. Me miré en el espejo del vestidor. No era la Xiena de Santa Rita la que me devolvía la mirada. Tenía los ojos hundidos por el llanto y la piel pálida, casi traslúcida. Pero debajo de esa fragilidad, algo se estaba rompiendo y reconstruyendo. Si mi destino era ser un envase, al menos me aseguraría de que el contenido me salvara la vida. —Tengo que hacerlo —me susurré a mí misma, con una voz que no reconocí—. Por mi papá, por mí. Fui al armario donde Max y Joti habían dejado ropa comprada para mí. Mis dedos rozaron sedas, encajes y telas que costaban más que la casa de mi abuela. Elegí un vestido de seda negra, con tirantes finos que dejaban mis hombros completamente descubiertos y un escote que se hundía lo suficiente para ser sugerente sin perder la elegancia. El tejido se deslizaba sobre mis curvas como agua fría. Me solté el cabello, dejando que las ondas negras cayeran sobre mi espalda, y me pinté los labios de un rojo intenso, el color de la sangre que me había dado el aviso, el color del pecado que estaba a punto de cometer. Cuando Sandro llegó a buscarme, bajé al lobby del hotel sintiendo que caminaba hacia un precipicio. Él me esperaba junto a su auto deportivo, luciendo impecable con una camisa gris oscuro desabrochada en el cuello y un reloj que brillaba bajo las luces de la entrada. Al verme, sus ojos dorados se entrecerraron, recorriéndome de arriba abajo con una lentitud que me hizo sentir desnuda antes de tiempo. —Estás... —se detuvo, buscando la palabra—. Estás peligrosa esta noche, Xiena. —Solo quería estar a la altura —mentí, forzando una sonrisa mientras subía al asiento de cuero del auto. El aroma a hombre, a tabaco caro y a perfume de diseñador inundó mis sentidos, mareándome. El trayecto hacia el CCCT fue un borrón de luces y ruido. Sandro conducía con una confianza agresiva, esquivando el tráfico de Caracas como si fuera el dueño de las calles. Yo permanecía callada, apretando el bolso sobre mi regazo, repasando mentalmente las palabras de Luisa. «Solo tiene que ser biología». Pero Sandro no parecía un sujeto de laboratorio, parecía un incendio forestal. El restaurante era un santuario de cristal y sombras en lo alto del centro comercial. Una anfitriona nos guió hasta una mesa apartada, rodeada de plantas exóticas y con una vista panorámica de la ciudad iluminada. La luz de las velas hacía que Sandro pareciera aún más imponente, acentuando las líneas duras de su mandíbula. —Me alegra que hayas aceptado, aunque sospecho que algo te atormenta —dijo él, inclinándose hacia adelante una vez que nos sentamos—. Tienes esa mirada de quien está a punto de saltar de un puente. —Es solo... la ciudad. Es demasiado grande para mí —dije, evitando su mirada. No podía permitir que leyera mi desesperación. Un mesero de modales rígidos apareció de inmediato con una botella de vino tinto que ya descansaba en una cesta de mimbre. Sandro ni siquiera miró la etiqueta; simplemente asintió con un gesto de mando. El hombre descorchó la botella con un chasquido seco y sirvió el líquido oscuro en las copas de cristal fino. Miré el vino, espeso y profundo, que recordaba sospechosamente al sangrado que me había llevado hasta allí. —Prueba esto —dijo Sandro, extendiéndome la copa—. Es un Malbec argentino. Te ayudará a soltar los hombros. Pareces una cuerda de violín a punto de romperse. Nunca había bebido vino. En el pueblo, los hombres bebían aguardiente que quemaba la garganta, y las mujeres, como mucho, un poco de cerveza dulce en las ferias. Tomé un sorbo largo. El sabor fue una explosión de fruta amarga y algo amaderado que me raspó la lengua. —Está... fuerte —dije, tosiendo un poco. —Bebe despacio —me dijo y se rió, con esa voz profunda que me vibraba en el pecho—. El vino es como la vida, Xiena. Si lo tomas demasiado rápido, te pierdes los detalles. Y yo no quiero que te pierdas ningún detalle de esta noche. Bebí de nuevo, esta vez un trago más grande. El calor empezó a extenderse desde mi estómago hacia mis extremidades, aflojando la tensión en mi cuello. El miedo que me había acompañado desde el hotel empezó a diluirse, comenzó a ser sustituido por una valentía artificial y peligrosa. Miré a Sandro a través del borde de la copa. Era el hombre perfecto para el plan de Luisa. Alto, fuerte, con rasgos que denotaban una genética poderosa. Mirándolo de manera solapada, acepté que si iba a sustituir el material de Max y Joti, Sandro era una mejora indiscutible. —¿En qué piensas? —preguntó él, clavando sus ojos en los míos. —En que eres muy diferente a los hombres que he conocido —confesé. El alcohol ya estaba haciendo efecto, soltando mi lengua—. Eres... directo. —No tengo tiempo para rodeos, liebre. En mi mundo, si quieres algo, lo tomas antes de que otro lo haga. —Sandro tomó su copa y bebió sin apartar la vista de mí—. Pero contigo es distinto. Me generas una curiosidad que me molesta. Pareces estar siempre esperando que alguien te golpee. —A veces la vida te golpea incluso cuando no estás esperando —respondí, sintiendo un nudo en la garganta. —Bueno, esta noche nadie te va a golpear —dijo él, y su mano cruzó la mesa para rozar mis dedos. Su tacto fue como una descarga eléctrica—. Esta noche solo vamos a disfrutar de que estamos aquí. Pedimos la cena, pero yo apenas podía probar bocado. Mi mente estaba enfocada en el objetivo. Miraba sus labios mientras hablaba, imaginando cómo se sentirían sobre mi piel. Me sentía como una traidora, como una criminal, pero cada vez que el pánico intentaba regresar, tomaba otro trago de vino. La botella bajaba con rapidez y mi cabeza empezaba a flotar. —Xiena, estás bebiendo muy rápido —advirtió Sandro, aunque no hizo nada por detenerme. Su mirada se había vuelto más oscura, más interesada, intimidante—. ¿Qué es lo que intentas olvidar con tanto ahínco? —No quiero olvidar —dije, inclinándome hacia él, sintiendo que el mundo se balanceaba un poco—. Quiero... empezar. —¿Empezar qué? —A vivir —susurré. El aroma del vino y su perfume me tenían mareada. Estaba siendo torpe, mis movimientos eran lentos y mis sentidos estaban embotados—. Estoy cansada de ser una sombra, Sandro. Él soltó una risa ronca, una que no era de burla, sino que saboreaba lo que estaba por venir. Se echó hacia atrás en su silla, observándome con una mezcla de diversión y deseo contenido. Yo sabía que estaba jugando con fuego, pero en mi mente, el fuego era la única forma de quemar el contrato que me estaba asfixiando. —Vivir tiene un precio, Xiena —dijo él, bajando la voz—. Y no estoy seguro de que estés lista para pagarlo. Eres demasiado suave para este mundo de lobos. —Tú no sabes lo que soy capaz de hacer por lo que quiero —repliqué, tratando de sonar firme, aunque mi mano golpeó accidentalmente el cubierto, haciéndolo tintinear contra el plato. Mi torpeza era evidente, pero el vino me daba una armadura de indiferencia. Estaba allí por una razón que no iba a dejar solo en pensamientos. Estaba allí para que este hombre pusiera en mi vientre lo que la ciencia no había podido mantener. Él no lo sabía. Él creía que esto era una cita, una conquista más. Yo sabía que era una guerra por mi supervivencia. El resto de la cena pasó como una secuencia de imágenes borrosas y brillantes. El vino tinto seguía fluyendo, y con cada copa, el restaurante parecía volverse más pequeño y privado. El murmullo de las otras mesas se desvaneció hasta ser solo un ruido blanco de fondo. Lo único real era el rostro de Sandro frente al mío, sus ojos dorados que parecían emitir su propia luz y la sensación de que el aire entre nosotros se estaba espesando, volviéndose denso como el almíbar. —¿Te gusta el postre? —preguntó él, señalando con un gesto de la cabeza el plato de chocolate amargo que apenas había tocado. —Prefiero el vino —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, más grave, cargada de una confianza que no me pertenecía. Traté de tomar la copa, pero mis dedos fallaron en el cálculo. Golpeé el cristal y un chorro de líquido púrpura salpicó el mantel blanco, expandiéndose como una mancha de tinta. Me quedé mirando el desastre, sintiendo que una risa tonta burbujeaba en mi garganta. —Soy un desastre, Sandro —susurré, dejando caer la cabeza hacia un lado—. Una liebre torpe en un campo de cristal. —No eres un desastre —dijo él, y esta vez no se rió. Su tono era bajo, casi una advertencia—. Eres peligrosa, Xiena. Porque no tienes idea del efecto que estás causando. Estás aquí, bebiendo como si quisieras apagar un incendio, mirándome como si me estuvieras pidiendo que te rescate o que te destruya. Me incliné sobre la mesa, ignorando la mancha de vino. El escote de mi vestido se despegó de mi pecho, pero no me cubrí. Quería que mirara. Quería que deseara lo que Max y Joti habían comprado. Si Luisa tenía razón, esta era mi única oportunidad. —¿Y tú qué quieres hacer? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos. El alcohol me había quitado el filtro de la vergüenza—. ¿Rescatarme o destruirme? Sandro guardó silencio. Su mirada bajó a mis labios, luego a mi cuello, y finalmente se detuvo en el inicio de mis senos. Vi cómo su mandíbula se tensaba. El hombre sofisticado de la primera parte de la cena estaba empezando a resquebrajarse, dejando ver algo mucho más primitivo debajo. —No creo que quieras la respuesta a eso aquí —dijo él. De repente, sentí su mano. No sobre la mesa, sino por debajo. Sus dedos rozaron mi rodilla y luego subieron con una lentitud tortuosa por el muslo, apartando la seda de mi vestido. Su tacto estaba ardiendo. El contraste entre el frío del aire acondicionado y el calor de su palma me hizo soltar un suspiro entrecortado que hizo oscilar la llama de la vela. —Sandro... —intenté decir, pero mi voz se perdió. Su mano se detuvo justo donde la liga de mi media terminaba, apretando la carne firme de mi pierna con una posesividad que me hizo temblar. No era una caricia romántica; era el reclamo de un dueño. En mi mente, una parte de mí gritaba que me detuviera, que esto era una locura, pero el rastro de sangre en el hotel y la imagen de mi padre volvieron a mi memoria, dándome la fuerza necesaria para no apartarme. —Tienes la piel tan suave —susurró él, acercándose tanto que su aliento, con olor a tabaco y vino, me acarició la mejilla—. Pero estás temblando. ¿Tienes miedo de mí, Xiena? ¿O tienes miedo de otra cosa? La pregunta me golpeó como un rayo de lucidez en medio de la borrachera. ¿Sabía él algo? No, era imposible. Solo estaba jugando conmigo, probando mis límites. Me obligué a sonreír, dejé que en mi rostro se dibujara una sonrisa lánguida y provocadora. —Vine a cenar, Sandro. Solo eso. Él soltó una risa seca y retiró la mano del muslo para buscar la mía sobre el mantel. Tomó mi mano pequeña entre las suyas, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que casi me dolió. Sus ojos dorados se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir que podía ver a través de mi cráneo, directo a mis secretos. —Mientes muy mal, liebre —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que solo yo podía oír—. Viniste aquí buscando algo que no te atreves a pedir con palabras. Has pasado todo el rato que hemos estado aquí examinándome, midiendo mi tamaño, mi fuerza... como si estuvieras comprando un animal. Me quedé helada. Mi torpeza no solo había sido física; mi desesperación era evidente para un depredador como él. Traté de retirar la mano, pero él la apretó más fuerte. —No te asustes ahora —continuó, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja. El roce me envió oleadas de calor por todo el cuerpo—. Me gusta que seas ambiciosa. Me gusta que creas que puedes usarme. Pero tienes que entender una cosa, Xiena de Santa Rita... Sandro deslizó su pulgar por la palma de mi mano, trazando círculos lentos que me hicieron apretar las piernas debajo de la mesa. El deseo y el miedo se mezclaron en mi estómago en un cóctel explosivo. Yo quería esto. Necesitaba que él me tomara esa misma noche. Necesitaba que dejara su semilla en mí antes de que los dueños de mi contrato volvieran. —¿Qué cosa? —logré preguntar, con la respiración entrecortada. Él se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para que pudiera ver la oscuridad absoluta en sus pupilas. Ya no había rastro del hombre amable que me había escuchado en el café. —Que yo no soy un premio de consolación ni un refugio gratuito —dijo, y su voz destiló una seguridad que me hizo encoger el estómago—. Y que si decides dar el siguiente paso, no habrá vuelta atrás. No soy el tipo de hombre que se conforma con ser un secreto o el parche de una mala racha. Si te metes en mi cama para intentar escapar de lo que sea que te asusta, terminarás descubriendo que yo puedo ser mucho más peligroso que tus miedos. Se inclinó una última vez, sus labios casi tocaron los míos, pero se desvió hacia mi oído. Sentí el roce de sus dientes contra mi piel, y éste fue un gesto puramente animal que me hizo soltar un gemido involuntario. —Vámonos de aquí —me susurró, y su mano volvió a apretar mi muslo bajo la mesa, esta vez más arriba, más cerca de mi centro—. Te voy a llevar a mi lugar. Y una vez que crucemos esa puerta, Xiena... te voy a destrozar. Me quedé sin aliento, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado. El vino me daba vueltas en la cabeza y el calor de su cuerpo me reclamaba. Sabía que estaba entrando en una guerra para la que no tenía armas, pero mientras Sandro se levantaba y me ofrecía la mano para salir del restaurante, solo pude pensar en una cosa: el tiempo de la inseminación artificial había terminado, y mi verdadera pesadilla —o mi verdadera liberación— estaba a punto de comenzar.
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