El aire de la noche caraqueña me golpeó como una bofetada húmeda al salir del restaurante. El contraste entre el lujo frío del CCCT y la calidez pesada del exterior me hizo tambalear. Sandro no me soltó; su mano seguía anclada en la base de mi espalda, empujándome con una firmeza que no admitía vacilaciones mientras nos dirigíamos hacia el estacionamiento subterráneo. El eco de mis tacones sobre el concreto sonaba como una cuenta regresiva. Cuando llegamos al auto, él desactivó la alarma y el sonido metálico me hizo saltar. Me sentía pequeña, ridícula en mi vestido de seda, cargando un secreto que pesaba más que mi propia vida. Él abrió la puerta del copiloto y esperó. Antes de subir, lo miré. Bajo las luces fluorescentes del sótano, Sandro no parecía el hombre de negocios que me había i

