La oscuridad de la habitación era una boca de lobo que me tragaba. Sentía el frío de la seda acumulada en mi cintura y el calor sofocante del cuerpo de Sandro sobre el mío. No había música, tampoco había palabras dulces; solo el sonido de su respiración pesada y el roce de la piel contra las sábanas de hilo que se sentían como lija contra mi espalda. En ese momento, el plan de Luisa dejó de ser una estrategia de supervivencia para convertirse en una realidad brutal. Estaba a punto de entregarle a ese extraño lo que había guardado durante veinte años, no lo estaba haciendo por amor, sino por una transacción biológica desesperada. Sandro no perdió el tiempo. Sus manos se movían con una destreza que me asustaba, mientras me despojaba con movimientos bruscos, casi coreografiados, de lo poco

