El trayecto de regreso desde los acantilados fue un vacío absoluto. Max no dijo una palabra después de ver la foto de mi padre tachada, y yo no tuve fuerzas para preguntar. —¿Qué haces? —le pregunté al ver que iba en sentido contrario a la vía que debía tomar para ir a la casa de mi padre. Lo vi tomar una respiraciñon profunda antes de contestarme. —A casa —respondió seco y con las manos apretadas en el volante. —Pero… ¿Y mi papá? —cuestioné preocupada. —Tu padre puede esperar, él sabe que tú estás bien, no voy a prestarme a estos juegos retorcidos de Joti. Voy a ponerlo en su lugar —dijo Max. Llegamos a la mansión cuando la luna ya estaba en lo más alto, proyectando sombras alargadas sobre la fachada de piedra. Joti no nos recibió en la entrada, lo cual fue un alivio que me supo a

