51 Se quedaron hablando un par de horas: ella sentada todo el tiempo en el sillón inflable; él, en una silla de madera. Entretanto, Sadam llamó para el té, pero ninguno de los dos tenía ganas de moverse. El turco se ofendió cuando vio llegar sólo al Viejo, pero sirvió igualmente su mejunje con menta y después inició la subida al zigurat para la llamada a la oración silábica. «Oye, es tarde», dijo ella en determinado momento. «Tengo que volver a casa». «Te acompaño afuera», respondió Iac. Cuando salieron del refugio, ya estaba obscuro, pero obscuro de verdad, porque en el vertedero no había faroles. Sólo el humo emitido por las incineradoras aclaraba el cielo. «Está ardiendo poliestirol», dijo Iac. «Cuando el humo es tan claro, quiere decir que lleva poliestirol». Ella asintió con la

