57 En el fondo de su corazón, esperaba que fuera el bombero, pero la reacción de Sadam parecía indicar otra cosa. No le cupo duda de ello cuando oyó ladrar a Nero, que, con su habitual inconsciencia, había corrido al encuentro del hombre. Éste llevaba un bastón en la mano y era alto como un coloso. Avanzaba comiendo el terreno a cada paso que daba, pero sin elegancia ni dignidad, como si estuviera corroído por la rabia. Iac mantenía el cuchillo detrás de la espalda y se acercó de lado respecto de la entrada al refugio. Sadam no se movió ni un paso. En el suelo, el Viejo fingía ser una tortuga bajo el caparazón de harapos y Nero desapareció en la obscuridad, detrás de los zigurats. El hombre se puso a dar golpes contra las barracas, mientras gritaba: «Tenéis que marcharos de aquí, ¿entend

