59 Silencio y peste. La obscuridad esconde las luces, pero no los olores ni los sonidos. El frío tal vez los atenúe, al volver menos activos los sentidos. Volvieron a la zona viva sin hablar y encontraron a Sadam, que estaba esperándolos bastante agitado. Los golpetazos de aquel hombre habían roto algunos objetos: sus platos turcos que había puesto a escurrir delante de la casa y una parte del techo del refugio de Iac. Nada irreparable, pero sí una señal muy mala, que al Cojo no gustaba nada. Por el otro lado del muro, los skaters habían oído los gritos. Viki había desmontado y estaba parado junto a Sadam con la tabla en la mano. Argo había aparecido a saber de dónde: llevaba el sombrero de lana calado hasta las cejas y fingía estar examinando los nuevos aparatos que el sábado siguiente

