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220 Palabras

40 Argo montó a hombros a su amigo herido y dolorido y Sadam estudió un recorrido seguro para regresar. Entretanto había dejado de oírse el motor de la excavadora y tampoco llegaba el eco de voces y ni siquiera el rezongar del viento. En el horizonte, las tres incineradoras habían comenzado sus obscenas emisiones humeantes, el aire estaba obscureciéndose, llenándose de un polvo fino y de olor ácido. «Venga, tenemos que volver rápido», dijo Sadam. «Desinfectamos la herida y después la vendemos. A ver si nos entendemos, chico: tú después corres a tu casa y vas a tu médico para que te la examine. No le cuentes lo del cepo, dile que era un hierro herrumbroso y reposa unos días». Lira asintió, pero no estaba tranquilo, en parte por la idea de la gangrena y en parte por la suerte de Iac. El C

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