Adriana Lo primero que sentí al verlo fue alivio. Un alivio tan intenso que me dolió el pecho. Theo estaba pálido, con ojeras marcadas y cables conectados a su cuerpo, pero estaba despierto… vivo. Y en cuanto pronunció “muñeca”, todo lo que había contenido dentro de mí durante horas se rompió sin pedir permiso. Me acerqué a la cama despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacer que desapareciera. Cuando tomé su mano, sentí su calor, su pulso… y fue ahí cuando mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo. —Estás aquí… —susurré, apretando sus dedos con cuidado— Dios, Theo, pensé que… —no pude terminar la frase. Él levantó un poco la mano libre, con esfuerzo, y la llevó a mi mejilla. —Ey… —dijo con voz débil pero firme— Mírame... estoy aquí, ¿sí? No me fui. —

