Theo El sonido de los tacones de Isabella fue lo primero que escuché. Marcados, seguros, como si cada paso fuera una declaración de que todavía creía tener algún derecho sobre este lugar… y sobre mí. Apreté ligeramente la mano de Adriana antes de que entrara a la habitación contigua. Ese contacto breve fue suficiente para centrarme, ella estaba ahí, a pocos pasos y aunque Isabella no lo supiera, todo esto —cada palabra, cada gesto que estaba por fingir— era por ella. Félix abrió la puerta principal y ahí apareció ella mientras vestía con ropas de marca y un maquillaje sumamente exagerado —Señorita Isabella —anunció, con un tono neutro que bordeaba el hielo. Ella entró como siempre, fingiendo elegancia con ese perfume demasiado dulce y una sonrisa demasiado ensayada. —Hola, Theo. —

