CAPÍTULO 31. Me queda viendo, divertido, como si me hubiera contado un chiste que yo claramente no comprendí. No sé si se trata de una broma o por qué dijo lo que dijo, pero con algo así no se bromea. —Max, no me gusta que hagas esas bromas —espeto, seria. Toma el embace de champo, le saca la tapa con sus agiles dedos y vuelca un par de gotas del contenido en la coronilla de mi cabeza. Al tener una sola mano, comienza a masajear con sus dedos mi cabello y así, esparcirlo. —Perséfone, reina del inframundo y esposa obligada del idiota de Hades me confesó que nosotros no somos hermanos —dice finalmente él, con voz potente —. Pero no me pidas que te confiese quién es hijo de quién porque la única explicación la tiene Afrodita. Lo miré, atónita. —Dime que es una broma y que sólo intentas

