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La Traición del Destino

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Descripción

En el mundo de manadas y reinos, existe una ley inviolable:

Todo Alfa y todo Rey debe tener una Luna elegida.

Porque sin ella, el poder se pudre.

Celeste Rosenthal nació para ser Luna.

Hermosa, fuerte, prometida al futuro heredero de la Manada Rosa Negra, Celeste creía que el destino por fin la había bendecido… hasta que esa misma noche lo descubre en la cama con otra mujer.

La traición no tiene rostro desconocido.

Tiene su mismo rostro.

Porque la otra mujer es Violeta Rosenthal, su hermana gemela… y además está embarazada.

La humillación no termina ahí.

La madre del heredero ve la escena, lo llama idiota… pero la manada toma la decisión más cruel:

✅ Violeta será la Luna elegida.

✅ Celeste será descartada como si nunca hubiera existido.

Y esa traición despierta algo que nadie esperaba:

el verdadero don de Celeste.

Su dolor no arde.

Su dolor congela.

El frío nace en su sangre y se extiende como un castigo: escarcha en el suelo, hielo en el aire, invierno en su mirada.

Para evitar guerra interna, la manada decide exiliarla… con una solución política tan brutal como elegante:

Celeste será enviada a casarse con el enemigo ancestral.

👑 Cassian Dravenhart, el Rey Vampiro del Reino Carmesí.

Un soberano inmortal, frío, temido, incapaz de amar.

La “esposa olvidada” llega como sacrificio.

Pero el Rey no tarda en comprender la verdad:

Celeste no es una víctima.

Celeste es una Luna nacida para reinar…

y su invierno puede destruir reinos enteros.

Mientras la guerra se acerca, los vínculos se tensan y el pasado intenta reclamarla, Celeste deberá elegir:

¿ser el corazón roto que todos desecharon…

o convertirse en la reina glacial que el destino jamás debió crear?

Porque cuando una Rosenthal es traicionada…

la vida florece espinas,

y el amor se vuelve hielo.

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Capítulo 1 — La Ley de la Luna
Celeste Rosenthal creció entendiendo que el amor era algo que se ganaba… pero el poder era algo que se heredaba. Y que, al final, el poder siempre ganaba. No importaba cuánto lo endulzaran en cuentos ni cuánto lo disfrazaran de poesía: el mundo al que pertenecía no se construía con caricias. Se construía con reglas. Con pactos. Con obediencia. Desde tiempos antiguos existía una ley que nadie discutía, porque discutirla era invitar a la ruina. Todo Alfa necesita una Luna. Todo Rey necesita una Luna. No era una tradición romántica. Era supervivencia. Un Alfa sin Luna se convertía en instinto sin freno: un gobernante de colmillos y rabia, incapaz de distinguir justicia de hambre. Su manada lo temía… pero no lo respetaba. Y una manada que no respeta… tarde o temprano destruye. Un Rey sin Luna era peor. Los vampiros podían fingir elegancia durante siglos, pero en el fondo eran criaturas de deseo. De exceso. De violencia lenta. Un rey sin Luna se volvía un monstruo insaciable: si no destruía su reino, lo convertía en un cementerio brillante. La Luna era el equilibrio. El filtro. La brújula. No era “la mujer del Alfa” ni “la esposa del Rey”. Era su complemento sagrado. La Luna no acompañaba. La Luna sostenía. Y por eso, a una Luna se le tenía un respeto extraño: no el respeto que nace de la fuerza física, sino ese respeto más temible… el que nace del conocimiento de que alguien puede destruirte sin levantar la voz. Celeste lo supo desde niña. En la Manada Rosa Negra, las niñas crecían oyendo historias que no estaban hechas para dormirlas, sino para programarlas. Historias de Lunas que calmaron guerras internas con una sola mirada. De Lunas que supieron callar cuando gritar habría condenado a su gente. De Lunas que sostuvieron a Alfas demasiado bestias para sostenerse a sí mismos. Y, sobre todo, historias de lo que ocurre cuando una Luna es traicionada. Porque el destino podía ser misericordioso… pero las Lunas no lo eran. Celeste Rosenthal nació con “señales”. Así les decían. Señales de Luna. La primera apareció cuando tenía cinco años: el día que dos cachorros se pelearon hasta sangrar por un juguete. Celeste, en vez de gritar o correr a llamar ayuda, se plantó entre ellos con los ojos muy abiertos. Los miró. Y los dos se detuvieron. Como si algo invisible les hubiera aplastado el impulso. Esa misma tarde, su madre le tocó la frente con dedos temblorosos. —Tú no eres común, Celeste. Luego vinieron las otras señales: su presencia apagaba discusiones, su voz tranquilizaba, su instinto veía intenciones antes que palabras. Donde otros veían “simple emoción”, Celeste percibía estructura: jerarquías, amenazas, puntos débiles. Su padre no se alegró. Se puso serio. Porque comprender era saber también el precio. —La manada te necesitará —dijo. No “te amará”. No “te celebrará”. Te necesitará. Y en su mundo, ser necesario era una condena elegante. Desde entonces la educaron distinto. No para ser libre. Sino para ser perfecta. Le enseñaron etiqueta ceremonial. Control emocional. Historia de manadas. Política. Estrategia. Cómo mirar sin mostrar miedo. Cómo sonreír cuando algo se rompe por dentro. Cómo caminar sin hacer ruido. Cómo pedir sin suplicar. Y, por encima de todo, le enseñaron a no olvidar jamás que el destino era algo que podía quitarse. Que una Luna no era una “princesa”. Era una función. Un rol. Un engranaje del poder. Por eso, cuando Celeste comenzó a amar, creyó que estaba cometiendo un pecado pequeño. Pero el amor no fue pequeño. El amor fue enorme, inevitable… y peligrosamente dulce. El heredero de la Manada Rosa Negra creció con ella. Su sombra y la de Celeste se cruzaron desde la infancia. De adolescentes, su cercanía se volvió un secreto compartido; de adultos jóvenes, se volvió promesa. Celeste aún recordaba la primera vez que él la miró como si quisiera marcarla sin tocarla. Ella había tenido dieciséis, el pelo aún indómito y una arrogancia juvenil en los ojos. Había salido a la noche por aire y terminó bajo un árbol. Él la siguió. Se paró frente a ella, y la luna le bañó el rostro. Sus ojos parecían más oscuros. —Cuando seas Luna —dijo él— el mundo entero va a entender lo que yo ya entendí. Celeste rió. —¿Y qué entendiste? Él se acercó tanto que ella sintió el calor de su respiración. —Que tú naciste para mandar incluso cuando callas. Esa frase se quedó tatuada en Celeste durante años. A veces el amor no necesita acciones grandes. A veces son esas frases las que te condenan. El destino, para Celeste, tenía ese rostro. Por eso, cuando se anunció el Ritual de Elección, ella se permitió ser humana por un instante. Se permitió ilusionarse. Se permitió imaginar. A veces, la esperanza es un acto de rebeldía. El día del ritual amaneció con un aire extraño: demasiado quieto, demasiado limpio, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento. Celeste pasó la mañana con una sensación rara en el pecho, una mezcla de euforia y miedo. No miedo a ser elegida. Miedo a ser elegida… y que igual no bastara. Porque esa era la verdad que nadie decía en voz alta: ser la Luna perfecta no garantizaba que te amaran. El ritual comenzaba al caer la noche. En el claro ancestral, colocaron antorchas y símbolos tallados en piedra. Las ancianas dibujaron círculos con sal y ceniza. La manada se reunió alrededor con rostros solemnes, como si asistieran a una coronación y a un funeral al mismo tiempo. Los dones se sentían en el ambiente, vibrando como electricidad. Porque sí: en ese mundo nadie era del todo común. Cada quien nacía con un Don. Algunos eran útiles. Otros eran peligrosos. Otros eran tan raros que se volvían mitos. Pero los dones Rosenthal… eran conocidos. No por su belleza. Por su intensidad. Celeste había visto su propio Don manifestarse desde niña como una calma extraña, una energía lunar que podía apagar impulsos. Pero lo que ella no sabía —lo que nadie le había dicho— era que ese Don tenía una segunda cara. Una cara que la familia prefería no nombrar. Porque nombrar era invocar. Le trenzaron el cabello con hilos de plata. Le perfumaron la piel con flores nocturnas. Le marcaron la nuca con el símbolo lunar. Celeste sintió que el ritual no era solo ceremonial: era algo antiguo que su cuerpo entendía aunque su mente no. El corazón le golpeaba como un tambor en el pecho. Y entonces, la Luna actual se acercó. La madre del heredero. Su presencia era como una sombra elegante: bella, firme, con un aura que hacía que incluso los lobos adultos enderezaran la espalda. La Luna le tomó el mentón a Celeste. Sus ojos la observaron con precisión cruel, como si evaluara una espada. —Mírame —ordenó. Celeste obedeció. —Esta noche no lloras —dijo la Luna—. No tiemblas. No suplicas. Celeste tragó saliva. —No… —Porque cuando él te vea… —la Luna inclinó la cabeza, susurrándole al oído— se arrodillará ante lo inevitable. Esa frase tuvo un efecto extraño: Celeste sintió un calor en el pecho. Una ternura. La esperanza, esa cosa imprudente, se encendió en ella. El ritual terminó con cantos. La manada celebró. Las copas se levantaron. Pero Celeste no podía quedarse. No podía reír con los demás cuando su corazón estaba allá arriba, latiendo en un cuarto privado, esperándola como una promesa. Salió del claro casi sin despedirse. El viento nocturno le rozó la piel como una advertencia. Subió los pasillos de la casa principal, iluminados por antorchas. En las paredes colgaban tapices con símbolos antiguos: garras, lunas, coronas. Cada paso le parecía irreal. Como caminar hacia el fin de una historia… o hacia el inicio de otra. Cuando llegó al segundo piso, el aire cambió. Se volvió más denso. Celeste frunció el ceño. Algo olía mal. No “mal” como podredumbre. Mal como… traición. Entonces lo sintió. Un perfume. Dulce. Elegante. Floral. Un perfume que conocía desde niña. Celeste se detuvo. Ese olor era de Violeta. Su gemela. Su otra mitad. Su sombra hermosa. Celeste sintió un vuelco en el estómago. —No… —susurró. Siguió caminando. Más rápido. Y al doblar el pasillo, vio una puerta. Una puerta entreabierta. El ruido que venía de adentro era bajo… pero claro. Respiraciones agitadas. Gemidos ahogados. Una cama que crujía. Celeste se quedó inmóvil. El corazón dejó de latir como antes. Latió diferente. Como si ya supiera lo que estaba a punto de ver. Dentro de su cabeza una voz antigua, cruel y sabia, repitió: no entres. Pero el destino no respeta a nadie. Celeste empujó la puerta. Y el mundo se detuvo. Primero vio sombras. Cuerpos. Movimiento. Luego la luna entró por la ventana como un cuchillo de luz, y Celeste lo vio todo. El heredero. Desnudo. Inclinándose sobre un cuerpo femenino. Sábanas revueltas como heridas. Una mano masculina apretando cadera. Y debajo… Violeta Rosenthal. Su gemela. Sus labios abiertos. Su cuello arqueado. Su mirada brillante. Celeste sintió que la vida se le despegaba del cuerpo. No como una explosión. Como una evacuación lenta. Violeta alzó la mirada. Y sonrió. No con culpa. No con vergüenza. Con victoria. En ese instante Celeste escuchó un sonido. Crack. No afuera. Adentro de ella. Como agua congelándose. El aire alrededor de Celeste cambió. La temperatura bajó. Su aliento salió blanco. Como niebla. Como invierno. El heredero se giró al oír la puerta. Cuando vio a Celeste… su rostro se deshizo. —Celeste… —susurró, como si el nombre fuera un rezo— espera… por favor… Celeste dio un paso hacia dentro. El piso crujió bajo su bota. Una línea de escarcha se extendió desde la punta de su pie como si el suelo respondiera a su dolor. Violeta se incorporó lentamente, sin cubrirse, sin apuro. Como si estuviera segura de que el mundo ya era suyo. —Llegaste tarde —dijo con dulzura venenosa—. Pero al menos llegaste. Celeste intentó hablar. Pero el aire estaba demasiado frío. Entraba a sus pulmones como vidrio. —¿Qué… estás haciendo? —preguntó. Su voz sonó distinta. No rota. No temblorosa. Vacía. Glacial. El heredero bajó de la cama como un hombre que acaba de condenarse. —No fue lo que parece… yo… Celeste no lo miró. Porque si lo miraba… el último pedazo de ella que aún lo amaba se rompería. Y si se rompía… sentía que ya no quedaría nada humano. Violeta caminó hacia ella con elegancia. El perfume floral se intensificó. Y entonces Violeta hizo algo que Celeste conocía bien: usó su Don. Del suelo brotaron flores. Rosas negras perfectas, como si la noche misma las hubiera parido. Enredaderas suaves, serpenteando alrededor de la cama, trepando por las patas como si abrazaran un trono. Pétalos violetas cayendo lentos, decorando la escena como una maldición bonita. Violeta sonrió. Era su lenguaje. Su forma de decir: yo doy vida, yo soy belleza, yo soy la elegida. Celeste miró las flores. Y sintió que su corazón se apagaba. —Yo siempre supe que tú eras la favorita —dijo Violeta—. La futura Luna perfecta. La que todos aman. Celeste apretó los puños. El hielo se formó alrededor de sus dedos, fino, casi invisible. —Así que decidí… —Violeta inclinó la cabeza— hacer lo único sensato. Se acercó tanto que Celeste sintió su calor. Ese calor la ofendió. —Te quité el destino. Y esa frase fue el golpe final. Celeste sintió el quiebre completo. El aire se volvió hielo. La escarcha se extendió por el piso como una ola. Tocó las flores. Las rosas se congelaron al instante. Los pétalos se endurecieron como cristal. Las enredaderas se quebraron con un sonido seco, como huesos. Violeta retrocedió un paso. Por primera vez sin máscara. Porque su Don… su vida… su belleza… estaba muriendo frente al frío. El heredero dio un paso hacia Celeste, desesperado. —Celeste… por favor… Celeste levantó la mirada. Sus ojos ya no eran de una muchacha enamorada. Eran de una reina nacida del dolor. —¿Por favor? —susurró. Cada palabra salió como humo blanco. —¿Eso es lo que tienes para mí…? Violeta intentó recuperar el control. Soltó una risa. —No seas dramática… tú lo entenderás… Y entonces pronunció la sentencia final: —Estoy embarazada. El silencio se convirtió en violencia. Celeste sintió el impacto en el pecho como si le enterraran una daga lenta. El heredero cayó de rodillas. —Te amo… —sollozó— te amo a ti… tú eres mi compañera… es a ti a quien elegí… Celeste soltó una risa pequeña. Suave. Como nieve cayendo. —Qué curioso… Miró la cama. Las sábanas. El desastre. —Me dices eso… y sin embargo… Su voz se volvió aún más fría. —…yo soy la que sobra. El heredero intentó acercarse. Celeste levantó la mano. Una cuchilla de hielo se formó en el aire. No lo cortó. No lo hirió. Solo lo detuvo. Como una sentencia silenciosa. —No te acerques. Violeta tragó saliva. Por primera vez parecía menos reina y más… niña atrapada en su propia ambición. —Celeste… Celeste giró lentamente. La miró con una calma horrible. —Quédate con él. Violeta abrió la boca. Pero Celeste siguió: —Disfrútalo. Una pausa. —Pero recuerda esto, Violeta… Celeste sonrió apenas. Esa sonrisa era hielo. —No todo lo que florece… es bueno. Se dio media vuelta. Al caminar, el hielo crujía bajo sus pasos como cristales de espejo. Y por un instante el heredero se quedó mirándola como si acabara de perder el mundo entero. Celeste cerró la puerta detrás de sí. La habitación quedó sumergida en escarcha. Y dentro, dos personas comprendieron lo que habían hecho: No habían destruido a una mujer. Habían despertado un invierno. Y el mundo… todavía no sabía cuán frío podía volverse.

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