El Templo de la Santa Elemental había vuelto al silencio. Pero no era un silencio vacío. Era un silencio que parecía vigilar. Como si las paredes guardaran memoria, como si la piedra supiera nombres, y como si cada paso tuviera que justificar su presencia. Alessandro Rosenthal caminó por un corredor interno con la mandíbula apretada. No estaba herido en el orgullo… estaba herido en el control. La escena del día anterior se repetía en su mente como una maldición: Aurora sin alzar la voz, Aurora con ojos grises que parecían medio ciegos pero lo veían todo, Aurora deslizándole las cuentas de rezo como quien enumera pecados. Y sobre todo: Aurora diciéndole que Celeste era su mayor logro. Aurora recordándole quién movía el oro. Alessandro tragó saliva. Él era Rosenthal puro. Sus propi

