Dormir en el Templo de la Santa Elemental no era cortesía. Era norma. Una ley antigua que ningún rey desafiaba, porque el templo no era un territorio cualquiera: era un lugar donde el poder humano se volvía pequeño y el linaje se volvía verdad. Tras el rito, los sacerdotes condujeron a la comitiva a las estancias internas, alejadas del altar. Las habitaciones eran sobrias: paredes blancas sin ornamento, camas simples, mantas gruesas, una vela por rincón. El mensaje era claro: aquí nadie viene a ser servido. aquí todos vienen a ser medidos. Cassian no protestó. Stefan tampoco. La corte, si hubiera estado allí, habría muerto de incomodidad. Celeste, en cambio, sintió algo inesperado. No era calma. Era… una memoria. Como si la piedra blanca le recordara un tipo de vida anterior a

