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1048 Palabras
14 ~ El punto de vista de Jack Me recosté en mi escritorio de la oficina; la tenue luz de la lámpara proyectaba largas sombras en las paredes. Era tarde, y estaba acostumbrado a estas horas nocturnas, un hábito que adquirí trabajando junto a mi padre. Pero esa noche, estaba solo, esperando a que mis hombres regresaran de la casa de Bella. Mi paciencia se estaba agotando. La puerta de la oficina se abrió con un crujido y una de las criadas entró con la cabeza inclinada respetuosamente. «Alfa Jack», dijo con voz suave y cautelosa. «Quería informarle que su habitación ha sido preparada para la consumación con la princesa Elara». Apenas levanté la vista de los papeles esparcidos sobre mi escritorio. “Gracias por avisarme”, respondí, haciendo un gesto con la mano para despedirla. “Me reuniré con Elara pronto”. Ella asintió, con una expresión de profesionalismo en su rostro, y salió de la oficina; sus pasos resonaban por el pasillo. Con la criada fuera, volví a mirar el reloj de pared; su tictac parecía más fuerte en la silenciosa habitación. Pensaba en Bella. Había enviado a mis hombres a buscarla, pero los minutos se hacían eternos y mi inquietud aumentaba. La incertidumbre sobre su paradero me carcomía, y cada tictac del reloj aumentaba mi frustración. Finalmente, la puerta se abrió de golpe y entraron mis hombres, serios. «Alfa Jack», empezó uno de ellos, claramente sin aliento. «No pudimos encontrar a Bella. Sus padres dijeron que no saben dónde está». Me hirvió la sangre. “¿Cómo que no lo saben? ¡Quiero una búsqueda exhaustiva de toda la manada!“, espeté, dando un puñetazo en el escritorio. “¡No dejen piedra sin remover! ¡Encuéntrenla!” Los guardias asintieron rápidamente, con expresiones que reflejaban mi ira, y se apresuraron a ejecutar mis órdenes. Al cerrarse la puerta tras ellos, la habitación pareció cerrarse sobre mí. Me quedé con mis pensamientos y la creciente irritación de que Bella aún extrañara. Casi podía sentir el peso de la situación oprimiéndome, impidiéndome pensar con claridad. Decidí alejarme de la oficina por un rato. Mis pasos eran pesados ​​mientras caminaba hacia mi habitación. Los pasillos del palacio estaban inquietantemente silenciosos; el bullicio habitual había sido reemplazado por una quietud sombría. Cuando por fin llegué a mi habitación, abrí la puerta y entré. La habitación era digna de admirar, meticulosamente decorada para lo que se suponía sería una ocasión especial, digna del Alfa que era. Ricas cortinas de terciopelo colgaban de las paredes, y su intenso color rojo le daba un toque de opulencia. Los muebles estaban elegantemente dispuestos, y una cama grande y ornamentada dominaba el centro de la habitación, envuelta en lujosas sábanas que parecían invitar a la relajación. La suave luz de las velas se reflejaba en cada rincón, creando una atmósfera cálida e íntima. Elara ya estaba allí, sentada a una mesa de comedor bellamente diseñada, servida con una variedad de deliciosos platos. La mesa era una obra maestra, repleta de un festín que incluía carnes asadas, fruta fresca y postres exquisitos. Elara vestía un pijama sencillo pero elegante; su piel clara brillaba a la luz de las velas. A pesar de la escena que tenía ante mí, no sentía emoción ni anticipación. Se suponía que encontraría consuelo o placer en este entorno, pero lo único que sentía era una sorda sensación de desapego. Me acerqué a Elara, intentando disimular mi indiferencia. —Buenas noches —dije, intentando sonar despreocupado mientras me sentaba frente a ella—. ¿Podrías servirme un poco de ese alcohol? Elara levantó la vista, con un destello de sorpresa en el rostro. Asintió y tomó la taza, vertiendo una generosa cantidad de líquido ámbar. Me la entregó con una leve sonrisa vacilante. Tomé la taza y me la llevé a los labios, saboreando la intensa y ardiente sensación al beber el alcohol. A medida que avanzaba la noche, bebí sin parar, dejando que el alcohol calmara la frustración y la ira que se acumulaban en mi interior. Supuse que Elara había decidido tomar la iniciativa. Su mano se extendió y rozó suavemente mi brazo. Sentí la calidez de su tacto y, por un instante, fue como una chispa en mi piel. Pero en lugar de encender algo, solo profundizó el vacío que sentía en mi interior. Su tacto, que pretendía ser seductor, se sentía extraño y fuera de lugar. Mi mente estaba a kilómetros de distancia, enredada en el caos de la desaparición de Bella y el desastre que había causado la noche. La suavidad de sus dedos contra mi piel contrastaba marcadamente con la cruda realidad de mi situación. No estaba de humor para nada íntimo. Intenté concentrarme en ella, pero mis pensamientos volvieron a Bella. Podía percibir su desesperación, su necesidad de conexión, pero estaba sepultada bajo el peso de mis preocupaciones. Su cercanía, en lugar de consolarme, me parecía una presión añadida. Cuanto más intentaba atraerme a su mundo, más sentía una creciente sensación de distanciamiento. Respiré hondo, intentando centrarme. «Elara, agradezco el gesto, pero estoy de humor para esto», dije. Vi su expresión irritada y enojada, y entonces se levantó y se dirigió a la cama. Volví a centrarme en el alcohol. Cuanto más bebía, más se difuminaba y se desvanecía todo a mi alrededor. La suntuosa decoración, el festín que me ofrecían, nada importaba tanto como el efecto calmante del alcohol. Seguí bebiendo, y cada sorbo me proporcionaba un alivio temporal. Elara permanecía en silencio, su presencia casi secundaria al efecto del alcohol. Podía verla observándome, pero estaba demasiado ido para preocuparme. Pasaron las horas, y la habitación se convirtió en un torbellino de colores y formas. Mi visión se volvió borrosa, y la luz de la vela titiló como si bailara fuera de mi alcance. Me dejé caer en la silla, agotada por el peso del agotamiento y el alcohol. Finalmente, la habitación dio tantas vueltas que no pude controlarla, que me desplomé en el suelo, con el festín esparcido a mi alrededor. Podía oír el leve tintineo del cristal y el crujido de la tela mientras luchaba por mantener los ojos abiertos. La cabeza me latía con un latido incesante, y todo parecía distante e irreal.
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