Me detuve en seco cuando vi a los tres hombres. Habían llegado por la parte trasera, exactamente donde pensaba que estaría a salvo. Y ahí, en el centro de todo, estaba él. El ruso. Dominik Rostov, con su cabello rubio perfectamente peinado y sus ojos cafés penetrantes. Su barba pequeña parecía darle un aire de madurez que, por alguna razón, me molestaba más que atraía. Sí, debía admitirlo, estaba bien parecido, pero los rubios no eran para mí, mucho menos los rusos. Él me miró, sus ojos fijos en mí mientras esperaba alguna reacción. Decidí no perder tiempo. Era ahora o nunca. —Feliz cumpleaños, Martín —dije, con una sonrisa que trataba de ocultar lo nerviosa que realmente me sentía. Luego, sin pensarlo demasiado, fingí un pequeño mareo, inclinándome hacia adelante para que él me atrapara

