Durante el día no dejé de pensar en lo que me dijo la sirvienta. Si era cierto que mucha gente odiaba a Dominik, entonces quizá podía usar eso a mi favor. Si lograba manipularlo para que matara a D’Angelo, la Bratva no lo perdonaría. Lo ejecutarían y yo... yo sería libre. La idea era peligrosa, pero tentadora. Mientras limpiaba el pasillo, perdida en mis pensamientos, una escena captó mi atención. Vi a una de las sumisas, la morena de piel canela, entrar al despacho de D’Angelo. Apenas unos segundos después, los gemidos comenzaron. Me quedé inmóvil, sintiendo una extraña presión en el pecho. No debería importarme. No me importaba. Pero aún así, una punzada de rabia y asco se instaló en mi estómago. —Qué asco… —murmuré, sacudiendo la cabeza y tratando de concentrarme en mi tarea. —¿Cel

