En el callejón...

1381 Palabras
Carla Esteban Nueva York fue la ciudad donde nací, donde crecí, donde estudié y hasta ese punto mi vida no era perfecta pero era una vida que pude haber sobrellevado. A mis 18 años mis papás decidieron que por ser hija adoptada era más fácil deshacerse de mí por lo tanto me vendieron para su comodidad; era como si en esa familia yo siempre hubiera tenido un propósito que cumplir y ese era el de sacarlos de la bancarrota. Como sea, mi vida dejó de ser sobrellevable a convertirse en un infierno. Salí literalmente de la desdicha de haber crecido en esa familia para vivir un infierno aún peor y no era que mis hermanas me trataran mal, de hecho las quiero tanto que me habría gustado ayudarlas pero no lo hice porque cuando pude superarme y tener dinero para apoyarlas ya ellas habían encontrado un camino y me alegro me alegro muchísimo de que haya sido así. En mi primer matrimonio Vicente me dio una muy mala vida y luego de que me echó de su casa y de haber comido tanto en esa plaza de comidas suspiré como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Estaba rota, pero por alguna razón estaba tranquila y me sentía contenta. No sentía que mi vida había terminado ahí, tenía una oportunida, se había acabado aquel calvario y ahora tenía una oportunidad. Estaba fuera de la casa de mis padres por lo tanto las humillaciones y la guerra constante que teníamos también había terminado porque evidentemente no iba a regresar; estaba sola pero no era algo que me importaba porque cuando estuve acompañada había sido de lo peor. Mis lágrimas nunca salieron ni siquiera por estar feliz... Tenía un fajo de dinero, me sentía rica pero no era tonta. Sabía que eso no duraría para siempre. Terminando de comer, busqué una tienda de telefonía, me compré un celular económico y busqué un periódico. Una banca me recibió y, ya con el periódico en mano, me dirigí a la parte de clasificados; necesitaba un trabajo y también un lugar donde vivir. Primero, busqué un lugar donde vivir. Llamé y llamé hasta que encontré una pensión económica que se acomodaba a mis necesidades, pues debía ahorrar el dinero lo más que podía. No podía ser algo costoso, así como tampoco lo fue el celular. Salí del centro comercial y tomé el primer taxi que me llevara a la pensión. Alquilé un lugar, pagué un mes y seguí buscando empleo. La señora de la casa me ofreció ayuda, pues llegué sin maletas, solo con mi bolso de mano, donde me cabían una o dos mudas de ropa. Era bastante sospechoso, pero no le dio importancia. Al día siguiente madrugué para ir a cada lugar que el periódico me señaló en busca de empleo. No tenía experiencia, no sabía hacer muchas cosas y aún no había terminado la universidad. Fue difícil, pero me contrataron en un restaurante como lavaplatos. Así fue como conseguí mi primer empleo. Sin embargo, no duró mucho porque empecé a tener problemas luego de la primera semana. Un cliente me tomó de la mano y me hizo una invitación fuera de lugar. Lo rechacé inmediatamente y, cuando insistió, no me contuve de darle una bofetada. Era la primera vez que le levantaba la mano a alguien, pero ahora estaba sola y debía hacerme respetar. Fue un grave error, porque mi jefe me mandó a llamar a su oficina y pidió que me disculpara con el cliente. Lo hice, porque no quería perder el trabajo. En esta semana había hecho un par de amigas que también trabajaban de lo mismo que yo, y necesitaba el trabajo. Cuando estuve en la oficina del jefe, me miró de pies a cabeza y me hizo un comentario despectivo. Mi segundo error fue ponerme a discutir con mi jefe, pidiendo respeto. Estaba viviendo una vida que nadie conocía; mi hoja de vida estaba en blanco y, por lo tanto, sentí que podía reescribirla. Por eso trataba de hacer que la gente me respetara, siendo agresiva o no. Era una chica de 19 años, ¿por qué razón iba a permitir que otras personas me trataran mal? Mi jefe, el dueño del restaurante, se sentía poderoso; era un viejo verde y horrible. Salí de la oficina dando un portazo, a lo que él simplemente sonrió. En la entrada me encontré con un hombre bastante guapo, quien me sonrió y me preguntó qué sucedía. En el mismo afán y auge de la situación, sintiéndome molesta, le conté lo que había pasado. Resulta que se lo estaba contando al hijo del dueño. El hombre no permitió que me fuera; me pidió que me quedara, que él lo arreglaría, y así lo hizo. Ese fue mi tercer error, confiar en un desconocido. Me quedé en el trabajo y, a los tres días, me pidió que me quedara haciendo horas extras, y lo hice. Ese fue mi cuarto error, quedarme a solas con un hombre. La última tarea del día fue... — Carla, ¿Puedes sacar la basura? Termina y pasas por tu pago a mi oficina. — Sonreí satisfecha al escucharlo decirme eso, recogí toda la basura y la saqué. Cuando voy a su oficina me arrepentí inmediatamente, me miró con una mirada lascivia, una que reconocí de inmediato porque muchas veces la vi en el rostro de Vicente. Se acercó a mí y empezó a coquetear, luego me dijo: — Eres una mujer muy hermosa. Mi padre me habló muy bien de ti dicuendo que eres bastante eficiente. Me quedé estos días y lo pude comprobar; solo me falta probar que eres tan deliciosa como pareces. Quiero acostarme contigo Carla. — Señor creo que no deberíamos tener esta conversación, yo vine por mi pago y nada más. — Le digo con firmeza y frente en alto. — Agradezco que me haya permitido quedar en el trabajo pero... — Pero pensé que me ibas a agradecer o ¿No te parece una buena manera de hacerlo? Ambos nos divertiríamos. — dijo más tranquilo, como si acostarse con alguien fuera nada. — Por favor deme mi pago. — Lo miré furiosa, no se que se estaba creyendo pero no iba a ceder, debia respetarme. Me estiró la mano sobre su escritorio dejándome ver el dinero, me acerqué y lo tomé. — Buenas noches señor. — Volví a retirarme de esa oficina dando un portazo. Suspiré cuando por fin salí de ese restaurante. En todo el camino a casa sentí una mirada sobre mí. Caminé tan rápido como pude hasta llegar a la parada de autobús. Cuando me bajé, las calles estaban oscuras, pero pensé que si caminaba más rápido llegaría pronto a casa y no sucedería nada. Era la primera vez que salía tan tarde del trabajo. Me faltaba solo un par de callejones cuando sentí un apretón en mi brazo. Era él, mi jefe. —Señor, ¿qué hace usted aquí? —le pregunté. — Vine a probarte, Carla — Fue lo último que escuché antes de que me diera un puñetazo en la cara... Caí al suelo, sintiendo cómo mi cara ardía de dolor. Me toqué la nariz y sentí que estaba sangrando. El rostro de mi jefe estaba transformado. No era el hombre guapo que había conocido aquel día. Era otro. Era un monstruo. Intenté levantarme, pero él me agarró de nuevo. Forcejeé con todas mis fuerzas, tratando de liberarme de su agarre. Pateé y golpeé, desesperada por escapar. Sentía su respiración agitada y su fuerza sobrehumana, pero no iba a rendirme. — ¡Déjame en paz! — Grité, con la esperanza de que alguien me escuchara. Finalmente, logré darle una patada en la espinilla y él aflojó su agarre por un momento. Aproveché para levantarme y correr tan rápido como pude hacia la casa. No miré atrás, solo quería llegar a un lugar seguro. Mis esfuerzos fueron en vano porque me alcanzó, me tomó del cabello con fuerza y me sometió contra un arbol. Esa noche el hijo de mi jefe logró su cometido, me violó, me dejó el piso con mi ropa rasgada, se levantó y subió sus pantalones, arregló su ropa para luego decirme. — No llegues tarde a trabajar Carla. Sino vendré por tí...
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