Prólogo

1677 Palabras
Ivette.   Desde niña temía acabar en el mismísimo infierno; El Internado Blackwood. Un lugar donde convives frecuentemente con el pecado, donde somos simples corderos rodeados de demonios  acechando por las noches. Y heme aquí, pisando las puertas del infierno.   Van sacando mis maletas del auto, mi madrina se dedica en saludar al director del internado mientras mi padrino tararea una canción.   Los alumnos me observan con pesar, soy una más en este maldito infierno.   Solía pensar que mis padrinos me amaban, nunca tuvieron hijos, entonces me mimaron como a una, creí que si algo le ocurría a mis padres ellos estarían para mí.   No contaba que tuvieran otras intenciones. Mis padres apenas murieron la semana pasada en circunstancias misteriosas. Obviamente, la fortuna fue a parar en mis manos y como el estado de nuestro pueblo me calificó como no apta de mantenerme por mi cuenta, tengo restringido usarla pese a contar con diecinueve años.   Por ello, no soy del todo una heredera libre. He quedado bajo la tutela de mis padrinos, y todos saben el significado de terminar en el Internado Blackwood.   O no te quieren, o no te quieren.   —Ivette— me llama mi madrina con una sonrisa hipócrita—. Ven a saludar al director.   Avanzo hasta ellos con desgana, el director analiza mi cuerpo de pies a cabeza, sonríe de forma perversa y besa mi mano.   —Señora, no se preocupe. La joven será educada con la palabra de Dios, cuando salga notará la diferencia— acaricia mi mano dedicándole una sonrisa siniestra a mi madrina, ella copia el gesto siendo cómplice de sus mentiras.   Sé que no nos instruyen con la palabra de Dios, así como también sé que de aquí no salgo viva.   —Me quedo tranquila con sus palabras, ella es nuestro tesoro— le responde apretando mis hombros. Su marido se acerca con la última maleta apresurado. Tiembla desde que cruzamos las rejas del internado.   Incluso los adultos temen a este lugar.   —Cariño, es mejor que nos vayamos— le dice, ella asiente y ambos me echan un vistazo.   —Estaremos esperando tu salida, esto es lo mejor para tu futuro— besa mi mejilla cuan Judas y sale casi corriendo. Mi padrino ni siquiera dijo adiós.   Están ansiosos por gastar mi herencia.   —¿Qué sigue?— me apresuro en preguntar sosteniendo mis maletas.   El director se rasca la barbilla buscando a no sé quién con sus ojos.   —Pregunta por la habitación de las alumnas 0, allí te instalaras.   —¿Alumnas 0?   —Por el momento si, pero en un futuro...— se me acerca, toma mi mano y la aprieta con afán— Tal vez seas trasladada a otra recamara.   Permito que sujete mis manos sin discutir con tal de no recibir un castigo en mi primer día, bastante tengo con saber mi futuro en este lugar.   —Bien, entonces voy a ir a mi recamara— me suelto con sutileza, espero y no se enfade.   —No pierdas tiempo, ve— responde y asiento. Trato de no sentirme intimidada por las audaces miradas de los profesores entre que camino.   Paso por los pasillos, de vez en cuando me distraigo observando a chicas y chicos usando móviles o computadoras cuando se sabe que está prohibido.   Me detengo con las maletas en la puerta escrita Alumnas 0. Varios alumnos me dijeron que aquí era, y lo escrito me lo confirma. Toco dos veces y nadie responde, me canso y la abro yo misma metiendo las maletas adentro.   Recorro la enorme recamara con diez camas de colchones planos, sabanas grises y unas diminutas almohadas. Tres chicas me observan en sus respectivas camas. Fruncen el ceño y continúan acomodando sus pertenencias.   Al parecer también son nuevas.   —¿Puedo elegir cualquier cama?— les pregunto siendo ignorada olímpicamente.   Como quieran, perras.   Elijo la última cama, cosa que sea difícil encontrarme apenas abran la puerta. Saco algunas de mis pertenencias, entre ellas una foto donde aparezco junto a mis padres y mi hermana mayor quien fue afortunada de morirse antes de terminar en este infierno.   Dejo a un costado la foto, rebusco entre mi ropa el uniforme que me compraron y empiezo a despojarme de mi jean y blusa.   —¡Oh por dios!— mis compañeras se sobresaltan cuando ven el tatuaje por toda mi espalda desnuda.   Hago de oídos sordos, me pongo el vestido corto de color n***o. Hubiese preferido que sea largo, en lo posible hasta los pies. Conociendo este lugar no tardaran en hallar la manera de meterse bajo mi falda.   —Eres una pecadora con todas las letras, que vergüenza— lanzan el primer estuinsulto.   Estuinsulto: Estúpido insulto, palabra creada por Ivette.   —Si, voy a arder en el infierno, ¿verdad?— voy poniéndome los zapatos presenciando los suspiros similares de viejas fanáticas, pero en bocas de niñas.   —Que Dios se apiade de tu alma— dice una de ellas. Es rubia, de ojos angelicales y obviamente religiosa.   Pobrecilla, de verdad cree que es un internado para santos.   —Que Dios se apiade de todas nuestras almas— le digo sonriendo—. Después de todo, estamos en el lugar más pecaminoso de Los Ángeles.   —Estamos resguardadas y protegidas, nos guiaran por el buen camino— sujeta su rosario segura de lo que dice.   —¿Quién te ha mentido tanto? En fin...— aliso mi vestido, ella sigue demostrando su disgusto al verme —, espero puedas mantenerte pura en este lugar.   Estuvo a punto de decir algo, si no fuera por la puerta principal que ha sido abierta de par en par. La abrió una señora canosa de lentes.   —Sean bienvenidas, pecadoras— genial, se le nota lo cristiana.   —Señora, es un gusto estar bajo su cuidado. Espero ser salvada— la rubia un poco más y le lame los pies.   No puedo creer que esté tan ciega.   —Descuida hija, te vamos a encaminar— le responde, la rubia se levanta y asiente emocionada. Mientras tanto, la vieja nos mira a las que quedamos en silencio.   —¿Ustedes no piensan mostrar respeto?— nos pregunta airosa.   —Me llamo Ivette— me presento de mala gana, extiende su mano demostrando que no le basta, quiere ser venerada.   No me queda otra que besar su mano arrugada sintiendo como sigue cada uno de mis movimientos.   Las otras dos alumnas hacen lo mismo, terminan de presentarse, besar su mano y entonces la vieja nos lleva al salón de clases.   —Primero tendrán Literatura, si se retrasan recibirán un castigo— empieza las advertencias.   Pasamos por los pasillos, varios alumnos nos miras y cuchillean entre ellos. Algunas chicas se ven orgullosas al igual que los chicos.   Supongo que hasta en el mismo infierno existe la popularidad, rivalidad y preferencias.   —Aquí será su clase— nos detenemos fuera de un salón—. Toquen la puerta y una vez dentro, hagan lo que le pidan.   Se va dejándonos a nuestra suerte. Nos miramos con miedo a ver quien se atreve en tocar la puerta.   Soy valiente pero no estúpida.   —Yo creo que deberías ser la primera en entrar— me devuelvo a la rubia fanática, las demás me dan la razón—. Como bien dices, somos pecadoras, y quien mejor que tú para dar el ejemplo...   —¡Cierto! Soy la elegida, es mi deber iluminar la oscuridad que las rodea— me da la razón y no puedo evitar dejar escapar una risa. Carraspeo la garganta reprimiéndola—, Somos muy afortunadas— sigo elevando su ego.   Resulta la manipulación, ella toca la puerta y tardan un par de segundos en abrirla.   Giran la perilla de la puerta poniéndonos los pelos de punta. La abren lentamente y lo primero que vemos es un cuerpo masculino de gran porte.   Levanto mi vista y casi babeo cuando vislumbro el rostro del hombre.   —Llegan diez minutos tarde— se queja permitiendo que pasemos.   Lo hacemos de inmediato y varios ojos nos siguen. Soy la última en entrar.   —Mi nombre es Amanda Stronger, nací en Los Ángeles y desde muy pequeña he sido una fiel creyente— la rubia se presenta y todos la ignoran, excepto el atractivo profesor.   Quisiera tener el poder de leer mentes para descubrir lo que piensa al ver nuevas presas.   —Soy Cosette Mortafano, tengo diecisiete años y también nací en Los Ángeles— la castaña quien se mantuvo en silencio todo este tiempo concluye su presentación.   Es el turno de mi otra compañera.   —Mi nombre es Zafiro Mortafano, su hermana— revela.   —¿Y usted qué espera?— el profesor se me planta en frente y frunce el ceño.   —Mi nombre es Ivette Hagens— me limito a responderle sin apartar los ojos.   Llevo el apellido Hagens, por ende, todos conocen mi historial.   —Tomen asiento— nos pide el profesor, vamos dispuestas en buscar un lugar y entonces...   —Hagens se queda al finalizar la clase.   ¡Maldición! Primer día y ya soy acorralada. Esto es un chiste, no he hecho nada malo.   Tomo asiento al lado de un rubio recostado en su banca. Duerme como un ángel y me cuestiono como es que no le dicen nada.   El profesor continúa con su clase transcurriendo las horas, y finalmente suena un timbre anunciando el final de su hora.   Todos salen apresurados, según me informaron sigue la clase de gimnasia, eso significa doble castigo para Ivette.   Tomo una bocanada de aire alargando los pasos hacia el escritorio del profesor. Mantengo una corta distancia, él me sigue analizando y no puedo evitar hacer lo mismo.   Piel bronceada, cabello castaño y ojos grises, me pregunto si todos los profesores lucen como modelos.   —Como es nueva, seguramente no está al tanto de los castigos— apoya su brazo en el escritorio manteniendo su cabeza levantada, clavando sus profundos ojos en mí.   —Supone bien— respondo.   Suelta una risa erizándome la piel.   —Me asegurare de que lo sepa.
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