Ivette.
Su castigo me deja perpleja.
—Quítatelos— demanda por segunda vez contemplando mi rostro.
—Si profesor...— hago lo que me pide y me saco los zapatos quedando descalza.
Esperaba un castigo peor. A lo mejor los rumores son solo eso, rumores.
—Las medias también.
—No entiendo que...— trago mis palabras cuando se levanta autoritario.
Vuelvo a remendar dejando mis pies desnudos.
—Estoy siendo gentil, es impropio de mí— aprieta mis mejillas lastimando mi quijada.
Es bruto a la hora de tocar a una mujer, o lo hace intencionalmente.
—La próxima mi castigo será peor— asevera soltando su agarre.
Froto la zona donde me ha apretujado como una bestia.
—Profesor, si me permite voy a la clase de gimnasia— miro mis zapatos rogando en mi mente que me permita llevarlos.
—¿Te he autorizado a irte? ¿siquiera te he dado la palabra para hablar?
—Claramente no— respondo.
—Vete— salgo a gran velocidad antes de que me detenga—. Si vuelves a contestarme vas a lamentarte.
Corro buscando el patio, le pregunto a varios alumnos si saben donde quedan y ellos simplemente me ignoran.
Pero de verdad me ignoran. No sé si son sordos o que.
Hallo el patio luego de correr como una loca y me apresuro en llegar al puesto del profesor.
—Disculpe, soy nueva y he sido castigada, por eso la tardanza— le explico detalladamente. El hombre no me mira, sostiene el silbato entre sus dedos y lo utiliza indicando quien sabe qué.
—Serás castigada por llegar tarde y por culpar a un profesor. Ahora ve y corre durante veinte minutos por todo el campus.
Señala el lugar vacío donde debo correr como nunca antes.
El patio es enorme, pero la parte en donde me indica contiene piedras esparcidas por doquier.
—Disculpe, estoy descalza ¿puedo buscar unas zapatillas?
—No— refuta—, castigada de nuevo por quejarte.
¡Hijo de su grandísima madre!
El de literatura lo hizo a propósito, seguramente sabía lo que me pasaría de llegar tarde a gimnasia.
Mis pies van a sangrar de correr por veinte minutos, estos dos profesores me están torturando.
—¿Vas a correr o te aumento el tiempo límite?— el profesor se pone a mi lado y toca el silbato en mi oído.
Es una clara señal que debo correr.
Empiezo sintiendo el dolor con cada pisada.
Las piedras son pequeñas y calientes por culpa del radiante sol.
Apenas logro completar una vuelta cuando me detengo.
Como deduje, los pies ya me sangran.
—¿Quién dijo que pares? ¡Corre si no quieres otro castigo!— vuelve a pitar el silbato, reinicio el ejercicio y corro esparciendo más sangre.
Alcanzo a completar media vuelta, en total una vuelta y media.
Me importa una mierda si quiere castigarme treinta veces, los pies me duelen, sangran y el día no da tregua.
—Si no corres...
—¡Estoy cansada, no pienso correr!— le grito perdiendo los estribos.
Caigo sentada para descansar.
Voy a morir desangrada del pie, es ridículo pero no imposible.
Los alumnos se pasean alrededor cotilleando sobre mí. Me vale mierda estos niñatos.
—Me asegurare que recibas los castigos— se va alejando con el silbato en la boca. Que amenace lo que quiera, a mi me sigue valiendo.
—Oye, ¿sabes qué clase sigue?— le pregunto a una rubia que pasa por mi lado. La vi en clase de literatura, supongo debemos ser compañeras.
—No— responde dedicándome una mirada rabiosa— presumida.
Corre entrando al internado mientras asimilo su palabra.
Presumida.
Están todos locos en este lugar.
Me levanto como puedo en busca de la enfermería, pregunto a quien se me cruza y voy marcando el suelo de sangre elevando los murmuros de los alumnos.
Egoístas, eso son. Estamos en la mismo infierno, no les cuesta nada ser un poco agradables con los demás.
—¡Pecadora!— exclama Amanda, la diviso en un pasillo contrario entre que avanza. Trae consigo vendas y los zapatos que había dejado en la clase de literatura.
—¿Son para mí?— señalo los vendajes, ella asiente ofreciéndome aquellos.
—Vas tarde a la clase de Psicología.
—Están desquiciados pero nos dan clases de Psicología, hipócritas— suelto vendando las heridas de mis pies.
No creo que sea de mucha ayuda, estoy perdiendo bastante sangre.
—Voy a la clase— avisa—. Una buena cristiana no se retrasa.
La veo alejarse con entusiasmo. Me pregunto si de verdad cree estar en un buen internado o es lo que quiere imaginar para tapar la cruda realidad.
Termino de vendarme y colocarme los zapatos. Por fortuna, Amanda me ha dicho donde queda la clase de Psicología.
Llego luego de veinte minutos, al menos he podido. Tuve que subir como diez escaleras con los pies adoloridos. Me aguante el dolor de cada pisada, ahora solo pienso en sentarme a disminuir en dolor.
Abren la puerta después de golpearla dos veces.
Entro cojeando y los murmullos crecen nuevamente.
—Debes ser la nueva— deduce una voz masculina.
No me molesto en verlo, ya sé que también va a castigarme, así son todos.
—¿Puedo tomar asiento?
—Apresúrate, interrumpes mi clase— el único asiento libre es al lado del somnoliento rubio con el que me senté en Literatura.
Como se esperaba tiene la cabeza apoyada en su banquilla, descansa como un ángel.
A mi me castigan por estupideces y a este rubio lo dejan dormir como si nada.
Arrastro la silla pudiendo sentarme al fin.
Reparo al profesor charlatán hablando sobre Sigmund Freud.
Apenas y lo escucho por culpa del zumbido musical. No es fuerte, pero si molesta.
Viene de los audífonos del rubio junto a mi lado.
Entre el dolor de pies, la clase de Psicología y el sonido irritante, no sé que es peor.
Le toco el hombro al rubio, una, dos incluso tres veces. En cada oportunidad me ignora. Hay dos opciones, duerme muy profundo o se hace el idiota.
—Señorita Hagens, ¿mi clase es aburrida para usted? Le debe entretener molestar a su compañero y no la clase— levanto la cabeza cuando el profesor me llama y quedo con la boca abierta.
Quisiera inventar una excusa, pero mi mente se fue a otro lugar en cuanto lo vi mejor.
Es alto, de cuerpo musculoso y con cabello azabache. Se le marca el cuerpo incluso con la ropa que trae puesto. Debe tener entre treinta u veinticinco años, al menos eso aparenta.
—He hecho una pregunta— replica con un tono más severo. Quedé embobada por su belleza y no me di cuenta.
Incluso el rubio anteriormente dormido, abrió sus ojos atestiguando mi expresión.
—No, claro que no. Su clase es interesante.
—Me alegra, ¿entonces podría repetir lo que dije?
Estoy perdida, jodida, acabada. He durado un día en este lugar, mejor me suicido antes de ser asesinada.
Suena la campana, libero un suspiro luego de poder respirar.
Fui salvada, es que al menos en eso tuve suerte.
El profesor cierra el libro que sostenía empezando a guardar sus cosas.
—Se quedan en el salón— los alumnos se detienen esperando una explicación—. Pueden agradecerle a su nueva compañera. Por no prestar atención todos se atientan a las consecuencias.
Recibo todas las miradas con desprecio convirtiéndome en una presa fácil tanto para alumnos como para profesores.
El despiadado y atractivo profesor me sonríe con malicia abandonando el salón.
Me dispongo a sentarme y caigo al suelo cuando arrastran mi banco de improvisto.
—Por tu culpa debemos quedarnos una hora en el salón— mi compañero aprieta la silla como si estuviera conteniendo la furia.
—Ha sido tu culpa— me levanto a duras penas— si no fuera por tu música de mierda...
Desde atrás estiran mi cabello queriendo lastimarme.
Cobardes.
—¡Suéltame!— lanzo un codazo oyendo un quejido femenino.
Mi atacante es la rubia del patio.
—Sabes todo lo que debemos soportar ahora por tu culpa, zorra— se me lanza de nuevo, logro esquivarla cambiando la posición, siendo yo quien la estrella contra la pared.
A mi nadie va a joderme más de lo que lo han hecho.
Unos chicos la socorren, los abuchoneos se presentan y me advierte que esto apenas comienza.
Cierran la puerta del salón con seguro, los chicos se dan la vuelta y se devuelven a mí.
Tienen los puños cerrados y las pupilas dilatadas.
Maldición...
Uno de ellos golpea mi estomago, me contraigo del dolor hasta ser golpeada en el rostro.
Logran tirarme al suelo empezando a patearme entre seis.
Incluso tirada llego a ver desde la ventanilla como el profesor sonríe satisfecho.
—Ha sido suficiente, paren— una chica de cabello corto intenta quitármelos de encima, como consecuencia, la empujan desatando la furia del rubio somnoliento quien pierde los estribos apenas la tocan.
—¡Hijos de puta!— lanza los puños tiñendo las paredes de sangre.
Todos retroceden mientras se encarga de los seis chicos que me golpeaban.
Asumo que la chica es importante para él.
Escupo sangre de la boca, tengo las manos apretando mi estomago de tanto dolor. Desde los pies hasta la cabeza me duele todo.
—Basta...— le pide la chica al rubio. Al ver que no se detenía, lo abraza por su espalda. Éste respira entrecortado con los ojos oscuros.
Se calma, limpia los nudillos de sus manos y deposita un beso en los labios de ella.
Ella me extiende su mano para ayudarme y es detenida por la rubia.
—¿Planeas ayudarla después de haberse dirigido de esa forma a Joep? Cerd...— no puede terminar la palabra porque ya tiene al rubio sujetando el cuello de su vestido.
—Atrévete a decir esa palabra y amaneces muerta— ella traga saliva y asiente.
Si no fuera por su aparente novia, no la habría soltado.
—Te voy a ayudar— me vuelve a ofrecer su mano y me sienta en mi banquillo como puede.