Ivette.
—Gracias por la ayuda— me siento intimidada por el rubio, no deja de repararme, piensa que atacaré a su novia.
—No es nada— dice ella— Me llamo Ania, y él es mi novio Joep — le pega un codazo con tal de que me mire.
Se nota el desagrado que me tiene.
Aprieto mi vientre soportando el dolor de los golpes ocasionados por culpa del tal Joep.
—Espera, no te muevas— Ania limpia mi rostro con un trapo blanco, su novio sigue cada uno de sus movimientos precavido.
—¿Vas a matarme o qué?— me cansa ver sus amenazantes ojos.
—Cierra la boca, eres una ruidosa de mierda.
—No le hables así— recibe el regaño de su novia, se vuelve a centrar en mí pasando el trapo en las partes afectadas donde sangro—. Disculpalo, es un buen chico— asegura.
Somos rodeados por más chicos formando una ronda.
Me sorprende lo dulce que es Ania.
Si yo fuera ella ya le habría arrancado el cabello a la rubia oxigenada.
Todos sabemos lo que estuvo a punto de decirle.
Ania no es la típica chica de cuerpo atlético o altamente delgada. Es curvilínea, bajita, de cabello castaño con de facciones suaves.
Parece un ángel de verdad.
Su novio es atractivo, molesto, pero a fin de cuentas atractivo.
Tiene el cabello rizado, acaramelado, y ojos color café. Distingo el lunar que posee bajo su mentón.
—¿Cómo se llama la rubia?
—¡Ah, si! Ella es Barbara, pero todos le dicen Barbie. Es la favorita del director, por eso cuenta con más privilegios.
—¿Se acuesta con ese viejo asqueroso?— Ania me calla con sus manos entre tanto el grupo que nos rodea se alarma.
—No digas eso, aquí nos educan.
Libera mi boca la cual muevo. Sigue doliendo todo mi cuerpo.
—La pareja de allá— me señala dos chicos— Son Tomas y Rader.
Tomas es el rubio, hermano de Barbara. Y Rader es el castaño.
Diría que hacen una linda pareja, pero los veo distantes, en su propio mundo. No se lo que piensan o si son muy expresivos a la hora de mostrarse cariño. Lo que si puedo decir es que en este lugar son todos jodidamente hermosos.
—Ahora que recuerdo, ¿de casualidad sabes por qué mi recamara se llama Alumnas 0?— la curiosidad me puede peor a la hora de presenciar sus muecas.
—Deja de ser tan molesta— se mete Joep llevando a su novia detrás suyo, como si quisiera protegerla.
—Eres un tóxico de mierda.
—Problema mío, yo no ando por ahí diciendo lo estúpida y ruidosa que eres— contraataca, Ania se mueve queriendo callarlo, pero este no se detiene—. No quiero que mi novia se meta con personas como tú.
—¿Personas como yo? Claro, porque soy la que dormía en plena clase.
Ania se adelanta cuando nota que él avanzaba.
—Voy a explicarte el significado de tu recamara— toma asiento a mi lado suavizando la mirada de su novio.
—Por favor, ilustrame.
—Las Alumnas 0 son las recién llegadas, se les asigna esa recamara hasta encontrarles un tutor, lo mismo para los chicos. Digamos que al principio estas expuesta, puedes ser tocada por todos hasta que uno decida ser tu amo, el patrocinador de tu vida. Una vez consigues uno, te asignan la recamara de las Alumnas 1, ahí estamos quienes tenemos amos, también se le puede asignar la recamara de las Alumnas Vip, pero ese lo consigues si estas dispuesta a pertenecerle a dos amos, incluso más, siempre y cuando sean solo ellos.
—Esclavos sexuales— deduzco cuando termina su extensa explicación.
—Así es. Pero eso no es todo, los castigos son horribles, debes evitarlos a toda costa.
—Entiendo... ¿Y qué hay de los privilegiados? ¿cómo consigo lo que deseo? Según tengo entendido está prohibido el uso de r************* , móviles o computadoras, pero he visto a muchos usando aparatos, incluso Joep— el nombrado golpea la mesa con fiereza. Los intentos de calmarlo no funcionan, pareciera afectado con mis preguntas.
—Lo siento, esas cosas deberás descubrirlas por ti misma— se aleja con él siendo seguidos por el grupo.
Parecen los líderes del salón, como Barbara, su hermano y el novio.
—Ten cuidado por las noches— dice una pasando por mi lado.
Quisiera saber si fue una amenaza o advertencia, acá nada es seguro.
Da por finalizado el castigo una monja.
Oscureció, pienso al caminar por los pasillos.
Debo verme fatal después de las golpizas. Esa rubia me las paga, atacar por la espalda es un golpe bajo, sin mencionar mandar a sus lacayos.
Me acuesto en mi cama omitiendo la cena. Me duele todo, mejor voy acostumbrándome.
Apagan las luces a las diez pm, la recamara se torna fría, lo soportamos como podemos.
Pasada la media noche, no concilio el sueño, me muevo ocasionando un ruido molesto de la cama.
Procuro dejar de moverme cuando abren la puerta.
Se supone que nos acostamos a las diez, eso significa que quien entro no es una alumna. Esta recamara le asignan a las nuevas, sería imposible ser privilegiada el primer día.
Caminan unos cuantos pasos y se detienen en medio de mi cama.
El miedo me corroe, la respiración me falta.
Pienso en lo que me harán, pero no sucede.
Fue directamente a la cama frente a la mía, donde descansa Amanda.
—¿Qué hace?— tartamudea, su voz sale temblorosa sin recibir respuesta. Cosette y Zafiro medio levantan su cuerpo al escuchar el desespero de la rubia.
—Te voy a corromper, muñequita— eso basta para saber lo que hará.
Busco la mirada de las hermanas Mortafano, ellas hacen lo mismo y niegan en mi dirección cuando intento ponerme de pie.
Escuchamos el ruido de un cierre bajarse, el tintineo de un cinturón, incluso presenciamos como el hombre se quita el pantalón que traía puesto.
Amanda se horroriza, aferra su rosario entre su pecho.
—¡Ayuda, ayuda!— nos ruega entre sollozos sin soltar el rosario.
El hombre la abofetea con tal de hacerla callar, rasguña la ropa de ella chupeteando su piel blanquiza.
Es todo, no seré testigo de esto.
Hago a un lado la sabana, salgo de la cama sin éxito tropezando.
Mi cuerpo está débil, adolorido. Hago el mayor esfuerzo en levantarme, aún no es demasiado tarde.
El hombre le besa el cuello, ella ya no hace ruido, deja escapar unas lágrimas de sus ojos con el rosario en su mano.
Maldito.
No sé de donde junto la fuerza para golpear la espalda masculina que gruñe en el acto.
Entre la oscuridad, interrumpo al cerdo, al monstruo que corrompe a la primer víctima.
Araño su espalda y gira su cabeza con las pupilas dilatadas.
Es el profesor de Literatura.
Me empuja furioso consiguiendo que caiga apenas lo hace y ya no encuentro la fuerza necesaria para mantenerme de pie.
Consigo que arrastre de los pelos a la rubia buscando otro lugar en donde pueda acabar con el acto atroz.
Abre la puerta desnudo, tiene a Amanda como una muñeca de trapo, y antes de salir me lanza una mirada.
—Espero verte en clases mañana— cierra la puerta tras de sí.
Las Mortafano vuelven a taparse ignorando mi estado y a nuestra compañera que ha sido llevada en contra de su voluntad.
Por querer hacerme la heroína mañana me espera algo peor.
Ese profesor realmente lucía como un monstruo poseído.
De verdad estamos en el mismo infierno, queda soportarlo hasta recibir la ayuda divina o morir quemados.
Los ojos me pesan en el intento de abrirlos. La luz solar se filtra por las ventanas anunciando un nuevo día.
Me lavo los dientes, busco el uniforme preparándome antes de ser reclutadas para desayunar.
Termino justo a tiempo cuando tocan la puerta.
—Señoritas— abren la puerta.
La misma anciana de ayer nos lleva al comedor.
Cosette y Zafiro no abrieron la boca en toda la mañana, tampoco supimos noticias sobre Amanda.
—¿Sabe dónde está Amanda?— nos detenemos en el comedor, la anciana voltea a verme.
—No te interesa.
Se aleja.
Busco un asiento por mi misma dado que mis compañeras escaparon antes de poder decirles algo.
Ania coje su desayuno y en cuanto me ve hace señas con sus manos.
Me siento con el grupo privilegiado a pesar de la mirada cargada de odio por parte de Joep y Barbara.
—¿Cómo estas?— me pregunta Ania.
—Viva— respondo, el rubio la besa antes de que ella continúe hablando conmigo.
Miro la comida de todos, la mía consiste en un trozo de pan, arroz blanco acompañado de un pedazo de carne, a diferencia de los otros platos que contienen una comida mejor, tipo bufete.
—No creo que dures mucho, si tu amiga la religiosa apenas puede caminar, no quiero imaginarme cuando te toque sufrir a ti— es la rubia la que suelta esas palabras.
—¿Me hablas a mí?
—Hazte la tonta, a mi me vale.
—Lo que me faltaba, se me fue el apetito, debe ser por el olor a chienne.
Chienne; perra.
Su hermano y el novio parecen ser los únicos que entendieron, puesto que rieron de inmediato.
—¿Qué dijiste?— no le respondo, entonces busca la respuesta en su hermano— Tomas, ¿qué dijo?
—Ni idea— miente y me guiña un ojo.
A lo lejos veo como Amanda camina desorientada. Dejo allí la conversación y me le acerco.
Tiene los ojos perdidos en alguna parte, no ha soltado el rosario por nada.
Apenas se peinó, ya no luce como el primer día.
—¿Amanda?— sigue de largo pese a mis llamados.
Suena la campana anunciando el inicio de clases, y vaya sorpresa. Hoy tenemos Literatura.
Amanda se estremece, entiendo su miedo, volver a ver ese monstruo que la ha atacado no a de ser fácil.
Pero ahora debo pensar en mí.
¿Me castigará?