Capítulo 3

1279 Palabras
Ivette.   Entro al salón con Ania, paso de largo ignorando al profesor y me siento junto a Joep. —¿Sabes el nombre del profesor?— pregunto. —Patrick Harrison— sube el volumen de su música, debo irritarlo de solo hablar. Cretino. —Por lo que veo todos han asistido— sudan mis manos en tanto lo escucho— Antes de iniciar la clase, me gustaría llamar a la señorita Hagens. Todos posan sus ojos en mí, deducen lo que me depara con este lunático. Inclusive Joep abrió sus ojos, él no querría perderse el espectaculo. Tomo una bocanada de aire y me levanto de mi asiento avanzando a pasos lentos. —¿Qué desea? —Desvistete— permanezco quieta procesando su demanda. No esperaba que me pidiera tal cosa frente a todos. —No tengo todo el día. Pido ayuda para bajar el cierre de mi vestido, una vez lo hacen, lo deslizo sobre mis piernas. Mi madre no ha criado a una chienne faible. A mi no me da pudor que vean mi cuerpo casi desnudo. Chienne fiable: perra débil.   —El sostén también— dice, antes de desabrocharlo vuelve a mover sus labios— Y no hables en otro idioma cuando este cerca. Expongo mis pechos ante el profesor y todos los alumnos. La única prenda que me queda es mi tanga de hilo. Prácticamente estoy desnuda. Igual, mantengo la cabeza en alto. —Ahora hincate al suelo— obedezco una vez más. Los pechos quedan colgados, estoy en una pose ridícula siendo vista por personas que no conozco ni me apetece conocer. Se escucha el sonido de un flash a mi lado. El muy infeliz me ha sacado una foto. —¿Cuánto tiempo debo estar en esta postura? Rebusca entre sus cajones algo, lo halla y lo alza mostrandoselo a todos.   Una fusta de cuero.   —Un pecador contamina a quienes van purando sus almas— pasea la fusta sobre mi espalda desnuda, recorriendo mi tatuaje—, esta niña merece ser purificada, solo así evitaremos que los contamine. Esto debe ser una broma. Azota la fusta en mis glúteos, logra que emita un gemido de dolor. —Ese sonido, oh delicioso sonido, son música para mis oídos— murmura como todo un psicópata cegado del placer.   Uno.   Dos.   Tres.   Pierdo la cuenta de los azotes. El salón se inunda de mis gritos que se elevan cada que el maldito de excita. Si no mantengo la boca cerrada solo empeoro las cosas.   —Pecadora, mira como me pones...— me obliga a ver el bulto que le crece en medio de sus piernas. Fijo la vista en sus ojos oscurecidos y me aterra. Vuelve a parecerse al demonio de la noche anterior, con la diferencia que ahora me ataca a mí y no Amanda.   —Date la vuelta, pecadora. —Me duele el trasero, no voy a permitir tu sadismo de frente. —¡Callate!— flagela mi espalda desatando la furia que provoqué. Segundo día sangrando y no por mi período. Reprimo el llanto, si me muestro vulnerable lo excito, y si lo excito, peor es el dolor. Zarandea mi cuerpo dejándome de frente, alista la fusta recorriendo en medio de mis pechos. —¡Profesor Hagens!— el director abre la puerta omitiendo mi estado. Se ve urgido. —Sigame, ahora. Van saliendo y aprovecho en juntar mi uniforme antes de que vuelva el profesor. Ania se acerca apenada, Joep tiene los ojos cerrados abrazándola. —Ivette, ¿si sabes que el profesor no va a dejarte en paz? Hasta puede reclamarte como tu Amo— le tiemblan las manos al momento de ofrecerme el brasier que me he quitado. —Espero que no...— la voz me sale temblorosa, siento terror de estar con ese demonio. —El profesor quiere que salgas también— entra una alumna— Por cierto, no te vistas o puedes ganarte otro castigo. Los que quedamos abandonamos el salón. Apenas ponemos un pie afuera los bullicios traspasan nuestros oídos. Formaron una ronda cerca de las escaleras. El profesor Patrick hace un ademán con su mano derecha indicando el lugar donde debo ir. Atravieso la multitud apresurada y quedo sin palabras al contemplar el cuerpo sin vida de Amanda. Tiene los ojos abiertos de par en par, sin brillo aparente. Dicen que se ahogó en la piscina de natación. —No ha soportado el calor arrazador que le ofrecí, pobrecilla— deposita el rosario que ella solía usar en mi mano y aprieta mis caderas juntandome a él—. Espero que tú dures más, pecadora. Tiemblo con el tacto de su mano en mi piel. Recorre mi espalda desnuda, sosteniendo una sonrisa en sus labios. Procuro respirar y no darle lo que quiere. Mi miedo. —Todos a clase— ordena apartando sus manos. El aire vuelve a mis pulmones. Lanzo el rosario lejos, no quiero nada de una muerta. La campana anuncia el cambio de horario. Visto el uniforme ya que no debo enfrentarlo hasta el anochecer. Y es que no es difícil deducir que va a buscarme. Descanso en el patio trasero siendo arrinconada por Barbara y su grupo. —Saquemonos una foto— propone ella sometiendonos a una selfie. Se da la vuelta entrecerrando sus ojos—. Esta foto me recordara al día en que la perra nueva fue castigada a manos del profesor Patrick. Esta de que va... —Buena idea, la próxima saquemos una donde follas con el director— tuerce los labios y aprieta la palma de sus manos. No es típico de mí usar el sufrimiento ajeno como burla, pero esta barbie lo amerita. Me odia si respiro, si paso por su lado, si tan solo vivo. Ella será la primera en festejar el día que me muera. —Esta me las pagas, maldita— promete pidiendo ayuda con los ojos a su hermano, él la ignora besando a su novio. —Quand tu veux Chienne— contesto.   Quand tu veux chienne: Cuando quieras perra.   —¿Eres francesa?— me pregunta Ania. —No, pero mi madre si lo era. Gracias a ella aprendí maravilloso idioma— siendo ignorada, Barbara, alias chienne, se larga apretando sus puños. —Mi amo es francés— comenta, Joep aparta sus brazos de ella disgustado, supongo que nadie quiere escuchar como su pareja tiene un amo. —¿Quién es tu amo?— indago con tal de fastidiarlo un poco más. —¡Y a ti que te importa!— demuestra su posesividad besando a su dulce novia. Nada tóxico, por suerte... —Francesa, si sabes ganarte a los atractivos— es Tomas, el hermano de Barbara el que me habla. —A los psicópatas atractivos, que suertuda soy. —Pudo ser peor, yo debo soportar a uno enano y regordote, mi hermana igual. —Oh...— la conciencia me pesa al momento de decírmelo. Nada cambia el hecho de que en este lugar albergan demonios disfrazados de santos ante la sociedad. El receso termina y sin mas opción, vamos a la clase de Arte. Agradezco a Dios al descubrir que es una profesora esta vez. Al menos tendré un poco de paz. Cruzamos la puerta y de inmediato aspiramos el olor a pintura fresca. Tomas se inclina como un perro y lame la mano de la profesora. Ella aparenta unos cincuenta años, tiene buena figura y usa lentes. Mi compañero recibe sus caricias como si fuera un perro. Antes de sentarse, ella le pone una correa en el cuello y lo mantiene a su lado en la misma posición.   —Tomas tiene cuatro amos— me cuenta el novio.          
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