Ivette
Como me toca suministrar las bebidas tengo mayor ventaja para hacer lo que planeo.
El frasco de pastillas está lleno, tan solo una basta para causar un efecto inmediato en las personas al beber.
Para la fiesta trajeron del comedor una bonita mesa de cristal, en ella colocaron un recipiente con la bebida alcohólica. Voy sumergiendo una pastilla para cada bebida en toda la recamara, y termino justo a tiempo, los invitados van llegando de a poco.
Entre ellos, no veo a mis dos profesores, entonces sigo preparándome, teniendo en cuenta que hoy quiero volverlos locos por mí, más de lo que ya estaban.
Había optado en usar un vestido ceñido al cuerpo de color azul marino, pero Ania quería que la siga con un atuendo similar al suyo. Le había recomendado una falda corta de color roja con un top de encaje blanco, siendo combinación entre ángel y perra sensual. Entre mis atuendos, lo único que hallé similar fue una falda tableada de color beige y una blusa de satén oscura, casi transparente que dejaba a la vista mi brasier del mismo color. Diría que luzco atractiva, incluso más que con el vestido anterior y no me equivoco.
—Le preparé un regalo a Joep, pero no se si le guste— dice a mi lado enseñando una pequeña caja con moño. No me creo que sea insegura, la mayoría estamos al tanto de lo enamorado que está el castaño.
—Todo lo que provenga de ti, va a amar— la animé al salir del baño, donde, al instante el susodicho la abrazó por detrás y depositó un dulce beso en el cuello de mi amiga.
—Me voy para que hablen tranquilos— ellos asienten, la verdad fue una excusa para comprobar que todo marche según lo planeado, y así fue. Como toda una fiesta, no tardaron en amontonarse entre los alumnos con sud atuendos provocativos tal cual usan para salir a discotecas.
Entre el gentío, distingo a uno de mis objetivos en esta noche particular. Sirvo la bebida en un vaso de plástico y voy a su encuentro.
—¿Cómo me veo?— rozo su labio en un fallido intento de besarlo, casi se le fue la respiración creyendo que iba a suceder.
—Si te soy sincero, eres la diabla en persona— sujeta mi cadera consiguiendo lo que había interrumpido, un beso salvaje, metiendo su lengua en mi boca como un maldito animal posesivo. Y me gusta.
—Ten— le entrego la bebida, espero que la acepte sin mas, pero que enarque su entrecejo no me da buena Espina—. Oh lo lamento, no sabía que eras un santo.
—Nada de eso— me arrebata el vaso, bebe el líquido que pasa por su garganta cantándome victoria.
Si señores, este objetivo era primordial.
En cuestión de minutos, todos sufren el efecto de la droga que suministro, todos excepto uno; Kael.
—Están actuando extraño, ¿no te parece?— dice firme a mi lado, no sé si espera una reacción que me delate, desde que llegó lo noto muy precavido. No bebió más luego de los cinco vasos que le serví, y para no ser muy obvia tuve que beber con él.
—A mi me parece que actúan conforme su edad, a lo mejor andas paranoico.
¡Dios mío! Ni su abuela se lo cree, cada alumno se comporta como animales en celo, si siguen de ese modo serán capaces de participar en una orgía.
—Vamos a bailar— propone en un susurro un tanto extraño, su voz parece…
—Claro.
Lo guío a la pista de baile donde se refriegan unos a otros, por supuesto no me iba a quedar atrás.
De fondo suena una canción latina, Bichota de Karol G, para ser más precisos. Me muevo al son de la música pasando mi trasero por su entrepierna, Kael cae de a poco ante los efectos de la droga gracias al baile que le monto.
La fuerza con la que aprieta mis caderas y hace chocar mi trasero con su bulto, me dan unas terribles ganas de meterme al baño y follar con mi provocativo profesor.
—Me duele la cabeza— rompe los movimientos de nuestros cuerpos al empezar a tambalearse, cae rendido a un sofá pequeño y se frota la cien. Apenas puede mantenerse con los ojos abiertos, lo intenta pero en el tercer pestañeo se deja llevar.
Con Kael inconsciente, es una buena oportunidad para mí de salir, de buscar lo que necesito, escapar y dejar todo lo vivido en un baúl enterrado muy en el fondo de mi corazón.
No es solo él quien cae dormido, los alumnos alborotados con las hormonas a mil lo siguen del mismo modo.
—Lo siento, chicos— observo satisfecha mi entorno, mis amigos cayeron igual, ni ellos se salvaron y por más que me pinche el corazón esto es como los juegos del hambre, uno debe pensar en si mismo.
Kael hace muecas de disgusto mientras murmura no sé qué cosa entre sueños. La verdad, pudimos haber experimentado muchísimas cosas, pero aquí terminó todo.
Deposito un fugaz beso en sus suaves labios antes de salir, conmigo me llevo el sabor de probarlos, sentirlos y usarlos como tanto me gustaba.
Tal vez, en otra situación, ambos encajaríamos perfectamente, al igual que con Patrick.
Escaleras abajo, noto que por ser sábado las monjas duermen temprano, el director se larga a su casa y el internado queda desierto.
Con pasos silenciosos, entro a la oficina del director, mis ojos se pasean rápidamente hasta confirmar que no haya nadie. Me adentro a la espaciosa oficina buscando en los registros mi nombre y apellido.
Son tantos documentos de alumnos por los que debo repasar, me estresa y más al tener miedo de ser descubierta infraganti.
Sé que el efecto de las drogas permanece al menos por dos horas más, pero lo que estoy haciendo es muy arriesgado, tanto que ahora si corre en riesgo mi propia vida.
Justo al creer que todo estaba perdido, mis ojos hallan el papeleo de mi inscripción. En esos documentos aparece mi información básica, pero al final de la hoja hay un correo y contraseña.
Por fortuna, traigo a mano los celulares donde anoto esos detalles que parecen importantes. Dejo todo tal cual estaba y salgo por el pasillo, a lo lejos distingo la salida, es como si me pidiera a gritos escapar, salir de ahí a como de lugar. Si tan solo pongo un pie fuera sería suficiente.
Antes de emprender mi camino, uno de los celulares vibra insistente, leo la pantalla identificando el número desconocido, pero lo ignoro.
Estoy tan ansiosa, con temor, que simplemente corro hacia la salida con una sonrisa de oreja en oreja, y si, puedo pisar el maldito suelo, el aire fresco golpea mi cara, finalmente soy libre.
—Gran espectáculo— esa voz perfora mis tímpanos, me inmoviliza, salió tan fría al punto de congelarme como el polo norte.
Mi plan funcionaba, todo iba en marcha y creí haberlo logrado. Entre tantos detalles y preocupaciones, un detalle, un único detalle se me escapó y fue el hecho de no tener a Patrick en la fiesta.
—¿Te comieron la lengua o qué?
Devuelvo la vista a él rompiendo con mi sepulcral silencio.
—No es lo que parece, vi la salida vacía y quise sentir el aire libre por un rato, ya sabes…— la mirada que me lanza es suficiente para saber que no me cree nada.
Estoy acabada, jodida, enterrada viva. No sé, este es mi fin.
—Mentir es pecado, ¿lo sabías?— continúa con una expresión seria— Ahora que otra mentira dirás cuando te diga que di acto de presencia en la fiestita, muero por saber.
—Eso no tiene nada que ver conmigo. Si los alumnos no saben beber, mi culpa no es— trato de sonar lo más calmada posible ante el interrogatorio o mejor dicho, ante el juzgado.
Patrick sabe todo, ya no queda nada para salvar mi pellejo.
—Siempre supe que eras una pecadora, una traidora capaz de apuñalar a sus propios amigos. ¿Qué crees que les pasará cuando despierten? El director va a descargar su furia con ellos y no solo él, los profesores, todos lo harán. Pero a ti te vale, ¿no? Así eres, una maldita pecadora, un demonio.
¿Debería afectarme sus palabras? ¿soy un monstruo al no arrepentirme sin importar las consecuencias?
Solo queda una cosa por hacer.
—Castígame, enséñame a ser una buena chica a no pecar— doy un paso al frente envolviendo su cuello con mis manos, sigue igual de distante, aunque su respiración lo delata—. Si tan destructiva soy, transfórmame en una nueva seguidora fiel, igual que tú.
Busco sus labios con urgencia, al principio no responde mi beso, pero luego cae a la tentación apretando mi cabello con necesidad, queriendo devorar todo de mí.
No hace falta decir que los movimientos de su boca son bruscos, demuestra la ira contenida por mi culpa, muerde mi labio inferior, gruñe entre mi boca y separa nuestros cuerpos.
—Te voy a castigar como se debe, maldita pecadora— sujeta mi brazo y me lleva a la que parece ser su recamara. Al entrar, mis instintos pedían a gritos que escape, tenía objetos colgados en la pared al estilo cincuenta sombra de grey.
Fustas encueradas, látigos y otras cosas que no reconozco pero me aterran.
Los efectos de la droga comienzan a afectarme al sentir la necesidad de recibir lo que sea de parte de él. Sin importar si es una caricia, un toque o un castigo severo.
Mi jugada fue una reverenda porquería, no medí las consecuencias. A lo mejor se trata del karma, por ser una perra egoísta.
—No finjas sentirte mal— escupe el profesor, la verdad no estoy fingiendo nada, de repente sentí un ligero mareo, pero nada importante.
—Estoy bien…— digo medio perdida, si no fuera por la cama hubiese caído al suelo.
Definitivamente fui una idiota al creer que iba a ser sencillo escapar. Pero, todavía no he acabado, no aún.
Cierro mis párpados perdiéndome en un sueño, uno donde no tendría que enfrentar las consecuencias.
Al día siguiente, despierto gracias al sonido de la lluvia, una clara señal de lo jodido que sería este día.
Patrick sale de una puerta y aparece frente a mí, sigue disgustado conmigo por lo que no me dirige la palabra.
—No te vas a escapar del castigo, y si fuera tú me cuido al salir.
—¿Es una amenaza o advertencia?— pregunto con cautela, es mejor no alterar al misterioso profesor.
—Sal y averígualo ya que eres tan valiente.
Decido salir sin protección alguna, estoy sola contra el mundo.
Los pasillos son invadidos por varias monjas que corren de un lado para el otro, no visualizo a ningún alumno, hasta que…
—¡Esa perra nos drogó!— asegura la chienne, quien al notar mi presencia, no espera al director para enfrentarme cara a cara.
—¿Quieres un beso de mi parte o quizás un autógrafo?— me burlo por su forma de respirar similar a un toro—. Dilo rubia, sin vergüenza que no juzgo.
Si su odio es por estar enamorada de mí, explicaría muchas cosas, pero es obvio que ni en sus pesadillas me ve como un interés amoroso.
—¡Nos drogaste maldita perra!— acapara la atención de las monjas, profesores e inclusive de los alumnos que fueron bajando hace un momento, entre ellos, mis amigos.
—¿Disculpa? Me ofende que pienses eso, es más hasta me hace pensar que fuiste tú— finjo estar ofendida al ser acusada por la rubia.
—¡No te hagas la santa, te vi ofreciendo tragos a todos!
Bien, es buena, pero no tanto como yo.
—Es cierto, ayude con la fiesta ¿y qué? Tomas, Rader, Ania, todos lo hicimos. Tu acusación solo me hace reafirmar mi pensamiento de que lo hiciste para incriminarme de algo que no hice. También fui arrasada por esa droga.
—Yo no…— queda sin palabras y una idea se le cruza nuevamente— ¿Tienes pruebas? Todos despertamos en la misma recamara a excepción de ti.
Diste justo en el blanco, chienne.
—Cuento con un testigo, el profesor Patrick.
Ella abre su boca asombrada o decepcionada de no poder derrumbarme.
Mientras que, el nombrado aparece junto a Kael, ambos con la mirada más fría y distante posible.
Estoy arriesgándome demasiado, todo depende de cuanto me odien en estos momentos mis profesores.
—¿Y bien?— se impacienta el director, observa a Patrick y vuelve a hablar—. Quiero escucharte, di si es cierto o no.