—Si ésta es mi parte— dijo—, muéstrame la tuya. —Está... por ahí— mintió Vivian. —No es verdad. Escucha, cariño: estaré ciego, pero no permitiré que me engañes. Tú vas a comerte esto. Y la obligó, a pesar de las protestas que hacía entre risas, a comer la insípida rosquilla. —Quiero compartirlo contigo— decía Vivian, forcejeando con él. —Tú no me diste oportunidad de hacerlo, así que ahora te lo comerás todo. ¡Oh, preciosa mía! ¿No comprendes que te adoro por lo que intentabas? Vivian se ruborizó al captar la modulación emocionada de su voz y se dedicó a servir el té. —Esto sí lo he dividido en dos panes— aseguró y puso un cuenco en las manos de Alec. Diez minutos más tarde estaban listos para partir. Sólo entonces, al mirar hacia la blanca ladera de la montaña, se dio cuenta Vivia
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