Uno de los momentos más importantes en la vida de un hijo, es la muerte de su madre. La pena, la tristeza y el dolor harán acto de presencia sin dudarlo. Pero al tratarse de una muerte repentina para mí, seguía sin poder estabilizar mis pensamientos o sentimientos, el día de mi cesárea. Había perdido la noción de la realidad en ese entonces. Estaba desconcertada, y drogada para no complicar de por sí el procedimiento. También recordaba que a través de la nube difusa que me rodeaba, solo oía la voz de ese hombre. Ese hombre que debía encargarse de mí por mera responsabilidad o culpa. Como hubiese querido gritarle que se alejase, sin embargo, la débil esperanza de la vida de mi hija me mantuvo perdida dentro de mí misma. Cuando la anestesia general terminó de arrebatarme mi conciencia, tr

