**BIBY** Entré al consultorio con las manos heladas y el corazón latiendo descontrolado, como si cada pulso fuera un tambor que anunciaba un terremoto inminente. La doctora me recibió con esa amabilidad profesional, esa que trata de ser neutral y compasiva, sin hablar demasiado, sin intentar convencer o consolar demasiado. Me pidió que me recostara, que respirara profundo, que confiara en el proceso, como si eso pudiese apaciguar el torbellino de emociones que me atravesaba por dentro. Me hice los exámenes: una muestra de sangre, un ultrasonido, y respondí a preguntas que no quería responder: sobre mi vida s****l, mi último periodo. La doctora, concentrada en la pantalla de la computadora, anotaba con precisión, sin dramatizar. Yo solo miraba el techo, que ahora se convertía en un inf

