**ALONDRA** Sin embargo, siendo la buena amiga que soy, decidí tomar su mano a modo de apoyo y acompañarla en esta ocasión. Y en ese instante, ¡pum! La culpa cayó sobre mí como una tormenta inesperada: ¡todo era mi culpa! Desde el embarazo de Biby, el cambio climático, la inflación, hasta que el arroz de la olla se pegara; nada escapaba a la responsabilidad que me atribuían con fervor. Me gritó el padre, con una mezcla de enojo y desacuerdo. Me dijo: —¡¡Envidiosa! Mientras tanto, yo pensaba con cierta ironía: “¿Envidiosa de qué?” ¿De sus cortinas de terciopelo que parecen sacadas de una revista? ¿De su falta de criterio o de su capacidad para aparentar ser perfectos? La verdad es que los adinerados tienen una habilidad especial para despreciar a quienes no comparten su mismo nivel soci

