Cole Las semanas siguientes transcurrieron con un ritmo extraño: entre el vértigo de los preparativos, la calma tibia que Bruna encontraba al despertar a mi lado y la sombra de las verdades antiguas que todavía nos dolían a los dos. Pero estábamos bien. Más que bien. Estábamos juntos. Bruna había vuelto a la ciudad por unos días para cerrar trámites del trabajo, organizar su renuncia y ordenar su vida para la mudanza formal a Northwood Falls. Yo no había querido soltarla ni un segundo en la estación de buses, pero ella me había empujado con una sonrisa de esas que desarmaban cualquier resistencia. Desde que subió al ómnibus, el teléfono no dejó de vibrar. Mensajes, audios, fotos, videos… Era como vivir en un hilo constante que nos mantenía conectados. Bruna: ¿Ya almorzaste o sigues

