Cole
La mañana llegó demasiado pronto.
No porque hubiera dormido mal, sino porque despertaba con Bruna hecha un ovillo contra mi pecho era, sin exagerar, el sueño más peligroso que había tenido en la vida.
Su respiración tibia contra mi clavícula, su pierna entrelazada con la mía, su mano descansando justo encima de mi corazón… era un recuerdo que quería guardar como una fotografía.
Y, por primera vez, me animé a saborear esto como una realidad:
«Quiero que esto sea así todos los días.»
Me incliné un poco para verla mejor. Tenía el cabello despeinado, la boca entreabierta, una pequeña arruga en la mejilla por la forma en que había dormido. Era hermosa. En silencio, en calma, en mi cama.
Fui a rozarle la mejilla con los dedos cuando escuché algo afuera.
Un ruido seco seguido de un crujido contra la puerta. Pala contra nieve.
Bruna abrió los ojos de golpe.
—¿Qué…? —murmuró, adormilada.
El ruido volvió. Esta vez más fuerte. Y un gruñido familiar acompañándolo.
—No —susurró ella, incorporándose como si le hubiera caído un rayo encima—. No, no, no…
—¿Qué pasa? —pregunté, aún medio dormido.
Ella me miró con terror.
—Es Aaron.
Mi cerebro se reinició como una computadora vieja.
—¿Aaron ? ¿Aquí?
—Sí —saltó de la cama, envolviéndose en la manta para ocultarse—. ¡Despierta, Cole!
—Estoy despierto —dije, aunque ella lo estaba viendo—. Pero… ¿por qué te escondes?
Me fulminó con la mirada.
—¿Por qué? ¡Porque estamos desnudos en una cama, Cole!
Me incorporé, restregándome la cara. Sí, eso tenía sentido.
Pero entonces recordé lo que ella me había dicho la noche anterior, con esas palabras que habían marcado un antes y un después:
"Ya no quiero negar esto."
La miré, confundido.
—Creí que no íbamos a escondernos más.
Ella me clavó los ojos, desesperada, tomándose el cabello con ambas manos.
—Sí, sí, muy valiente anoche diciendo esas tonterías —susurró con sarcasmo nervioso—. Pero Aaron va a matarte, ¿entiendes?
El comentario debería haberme hecho reír. Pero no lo hizo porque en su lugar, algo se rompió un poco dentro de mí.
—¿Ton-terías? —repetí, más suave que molesto—. Bruna… no era una broma, por lo menos no para mí.
Ella parpadeó, como si recién notara lo que había dicho. El miedo no era por lo que Aaron pudiera hacerme. Era hacia perder esto antes incluso de poder intentarlo.
Su expresión se suavizó de golpe. Dio dos pasos hacia mí y me tomó la cara con ambas manos.
—No, no es lo que quise decir —susurró, tocando mi frente con la suya—. Te quiero, Cole. Y no quiero que nadie arruine esto. Por favor… dejemos que sea nuestro secreto. Solo por ahora.
Mi pecho se tensó.
Quería discutir, decirle que amarla en secreto era una tortura.
Pero ella rozó mis labios con los suyos, un beso rápido, urgente, que me dejó sin argumentos.
—Chiqui… —murmuré, intentando mantener la cordura.
Ella volvió a besarme, cortándome cualquier intento de lógica.
—Luego hablamos —susurró—. Ahora vístete. Ya.
Me quedé un segundo mirándola, todavía sintiendo el sabor de su beso en la boca, intentando grabar ese instante antes de que el mundo volviera a entrometerse. Pero la expresión desesperada en sus ojos me arrancó del trance.
Asentí.
Nos vestimos a un ritmo que habría impresionado a cualquier equipo de rescate.
El crujido de la nieve bajo una pala confirmó que Aaron estaba liberando la entrada de la cabaña, y lo hacía con la fuerza de alguien que no estaba simplemente quitando nieve, sino abriéndose paso hacia una verdad que no quería encontrar.
El silencio entre nosotros se volvió un hilo a punto de romperse.
Bruna se tiró a la otra cama y se cubrió con una manta, intentando parecer que había dormido ahí justo cuando un golpe contra la puerta retumbó por toda la madera.
Golpeó la puerta.
—¡Bruna! ¡Cole! ¿Están ahí?
Yo me pasé la mano por el pelo, intentando parecer un ser humano decente y no un hombre que acababa de hacer todo lo contrario a lo que juró no hacer.
Abrí la puerta justo cuando Aaron empujó desde afuera.
Tuve que dar un paso atrás para que no me derribara en su carrera. Él estaba rojo, jadeando, empapado de nieve. Y detrás de él…
Derek.
«Perfecto. Maravilloso. La peor combinación posible a las nueve de la mañana.»
La mirada de Aaron viajó del interior de la cabaña a mí y luego a Bruna.
Ella estaba sentada en la cama, envuelta en una manta, el cabello enredado, la piel sonrojada por el calor… y la escena era exactamente lo que parecía.
—¿Qué… demonios… está pasando aquí? —preguntó Aaron, cada palabra más afilada que la anterior—. ¿Por qué están las dos camas tan revueltas? ¿Y por qué carajos estás tan roja?
Antes de que yo pudiera abrir la boca, Derek entró como si tuviera algún tipo de derecho.
—Bruna, ¿estás bien? —intentó acercarse—. ¿Dormiste aquí con él?
Ella retrocedió automáticamente. Yo avancé el mismo paso que ella retrocedió.
Aaron levantó una mano hacia mí.
—Cole —advirtió—. No te metas en su relación.
Mi visión se volvió roja por un segundo.
—¿Relación? —escupí—. ¿De verdad vas a decirme esa mierda?
Derek aprovechó para agarrar a Bruna del brazo, levantándola de la cama.
—Necesitamos hablar —dijo, tironeándola.
Ella trató de soltarse, pero él aumentó la presión.
—Suéltala —dije, ya sin voz amable.
—No te metas —repitió Aaron, poniéndose entre ambos.
Y ahí se rompió mi paciencia.
Lo empujé sin fuerza suficiente para herirlo, pero sí para apartarlo del camino. El gesto lo dejó shockeado; nunca antes lo había tocado así.
Fui directo hacia Bruna.
Tomé su otro brazo, con suavidad, y tiré de ella para llevarla conmigo, alejándola de Derek.
—Viene conmigo —dije, sin temblar.
—¿Qué haces? —explotó Aaron—. ¡Cole, para!
Pero no paré. No iba a dejarla ahí. No después de lo que habíamos vivido y mucho menos luego de verla temblar cuando Derek intentó imponerse.
Ignoré las protestas, las preguntas, la furia.
La guié hacia mi camioneta, abrí la puerta y la ayudé a subir.
Ella estaba en shock, respirando rápido, mirándome como si yo fuera lo único firme en medio de un derrumbe.
—Abróchate el cinturón —pedí, entrando del otro lado.
—Cole… —susurró.
Su voz me atravesó. Era miedo. Era alivio. Era todo lo que yo quería proteger.
Arranqué, la camioneta vibró bajo nosotros, y la nieve suelta patinó por los costados mientras descendíamos del camino.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, todavía intentando entender.
—A tu casa —respondí sin dudar—. A buscar tus cosas.
—¿Qué? No, Cole, no puedo… Aaron, Derek, mi mamá…
—Y después —continué, ignorando su protesta—, vamos a la mía.
Ella se giró bruscamente hacia mí.
—Cole, no podemos ir a tu casa. Esto está mal, esto… no es…
—¿Querías hablar de lo nuestro luego? —la interrumpí, manteniendo la vista fija en el camino—. Pues aquí tienes mi respuesta.
Tragó saliva.
—Cole…
—Te amo —dije, como si fuera lo más obvio del mundo—. Desde que te vi por primera vez. Y estás totalmente fuera de tus cinco sentidos si crees que voy a quedarme parado viendo cómo te arrancan de mi vida otra vez.
Ella abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
—Voy a ir hasta las últimas consecuencias para tenerte a mi lado —seguí, más bajo, más real—. Puedes discutirlo si quieres. Puedes negarlo. Puedes incluso huir un rato. Pero no voy a perderte, Bruna. No esta vez.
Silencio.
El tipo de silencio que te cambia el destino.
Estacioné frente a su casa, dejé el motor encendido y la miré de frente.
—Y ahí lo tienes —añadí—. Mi confesión completa.
Desvié la vista hacia la puerta de la casa, donde aún se veía luz.
—Y si no la aceptas… —murmuré, con la sombra de una sonrisa peligrosa— bueno… siempre puedo recurrir al plan B.
Ella me miró horrorizada.
—¿Cuál es el plan B?
—Secuestrarte —respondí, encogiéndome de hombros—. Aunque nunca fue lo mío.
Bruna soltó un jadeo entre indignación y risa.
Y en ese instante supe que, con miedo o sin miedo, estaba conmigo. Y no iba a dejar que nadie lo cambiara.