Bruna «Huir no resuelve nada.» Lo sabía. Pero aun así, lo hice. Y por suerte había llevado mi móvil conmigo, porque no me atreví a tomar mi auto para escapar de la locura que había en la entrada de casa. No pensaba que habría taxis con la tormenta, pero uno apareció como si el universo estuviera cansado de verme caminar. El taxi me dejó frente al único hotel decente del pueblo, un edificio pequeño con luces cálidas y techo empedrado que siempre había visto como “lleno de turistas” y nunca como un refugio. Mis manos temblaban cuando pagué. No sabía si era por el frío o por todo lo que me había atravesado en apenas una hora. La recepcionista me dio la tarjeta de la habitación con una sonrisa amable, pero yo apenas pude devolvérsela. Subí las escaleras con la respiración entrecortada,

