ISABEL —Repítelo…—dice con un gruñido. —Tú no estas…—me aprieta el cuello un poco más y me mira desde arriba. —¿Te atreves a responderme? Esta vez me quedo callada por el tono oscuro de su voz y mi cuerpo se debilita en sus brazos. —Que te quede claro una cosa. —Su mano se cierra con firmeza sobre uno de mis pechos, y la presión despierta un calor que me recorre toda la piel, un contacto que hiere y seduce a la vez—. Eres mía. Nadie, absolutamente nadie, va a tocarte. —No soy… Esa misma mano me pellizca el pezón y desciende con lentitud, rozando mi abdomen hasta mi monte de Venus, donde unos ligeros toques hacen que un calor abrasador se concentre en mi vientre bajo. —Si te pones rebelde…ni siquiera voy a permitir que te toques a ti misma… —¿Quién te crees que eres para… —¡No me

