ISABEL No me dejó hablar, y eso me irritaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Dice que no me evita, pero llevo días en los que apenas lo he visto de pasada, y eso con suerte. Antes, al menos, se sentaba a cenar con el niño. Pronto llegará Carolina para darme clases de italiano… y, como si me hubiera leído la mente, aparece en ese mismo instante con su energía habitual, cargando libros y papeles. —Prepárate para sufrir un poquito. Vaya, parece que se lo ha tomado en serio. Repasamos frases básicas en italiano durante casi una hora, y de pronto siento una mirada. Giro la cabeza y ahí está Leonora, apoyada en el marco de la puerta, observándonos en silencio. Bebe algo de una taza y se va, sin más. Carolina nota mi incomodidad y frunce el ceño. Se inclina hacia mí y susurra: —

