DUKE
Me he mantenido alejado de ella estos días para no caer en la tentación de irrumpir en su dormitorio y hacerla mía. Le dije aquello solo para asustarla, pero terminé cavando mi propia tumba: cuando la vi arrodillada frente a mí, me quedé sin respiración. Y para empeorar las cosas, fue tan jodidamente bueno que, desde entonces, no logro sacarlo de mi cabeza.
No se trata de sentimientos, no hay nada romántico en esto. Somos adultos, solo es deseo, una necesidad física… nada más.
Precisamente eso era lo que intentaba evitar: distraerme.
Llamo a Sebas, y en cuanto se presenta en el despacho, le suelto sin rodeos:
—Fratello, ¿has averiguado algo?
—Tengo que confirmarlo —responde, con ese tono que mezcla prudencia y sinceridad—, pero descubrí que muchos de los soldados del Don vienen de la familia Rossi. No me sorprende en absoluto… Angelo confía demasiado en Luciano para que se encargue de los hombres.
—¿Eso desde cuándo?
—Dicen que desde hace unos años…
Me quedo reflexionando sobre la cercanía entre el Consigliere y el Don. Siempre han sido uña y carne, pero nunca habían compartido hombres ni se habían entrometido en los negocios del otro.
—Entonces… es bastante probable que el ataque a Isabel en el sótano fuera obra del Consigliere.
El silencio se hace un instante, pesado, hasta que Sebas rompe la pausa:
—¿Crees que intentó matarla porque piensa que ella te confesó que la amenazaba para que fuera su espía?
—No solo por eso —murmuro, con la mandíbula apretada—. Es un recordatorio. Quiere dejar claro quién manda. Que, así como puso a esa mujer en mi casa, puede quitarla de en medio cuando le plazca. Seguro que no le sentó nada bien que el soldado fallara.
Sebas asiente, pensativo.
—Lo más probable es que colara a ese ruso sin nombre entre nuestras filas para usarlo en el momento justo… y hacerlo pasar por un ataque de los rusos.
—El problema es que no tenemos pruebas—mi voz sale más grave de lo que esperaba—. Si lo exponemos sin pruebas, ninguna familia, ni el Don se pondrá de nuestro lado. Podría atribuirlo a un error fortuito.
—Y si…—dice Sebas muy serio—Le hacemos creer que ha sido un ataque ruso en toda regla. Que no sospechamos. Nos hacemos los tontos.
—¿Por qué haríamos eso…?
—Haremos que Isabel le de información al Consigliere como si no hubiera pasado nada, que confíe en ella…
—Eso la pondría en peligro. No estoy dispuesto a exponerla.
—Al contrario, Fratello. Creo que es lo mejor. Si cree que no le sirve para nada, es problable que intente matarla de nuevo… y no vas a encerrarla todo el día entre cuatro paredes.
—En eso tienes razón… Lo más probable es que piense que ella me lo había contado todo y por eso la encerré…pero no hay manera de que sepa detalles, es una suposición de él. Podríamos aprovecharnos de ‘ese vacío de información’ y decir que la encerré porque intentó escapar de nuevo, como castigo.
—Sí. Es una excusa creíble. Ya lo hiciste anteriormente ¿Crees que ella estará de acuerdo?
—No lo sé. Aunque de algo estoy seguro, hará lo que digamos si con eso protege a su familia.
—¿Crees que ella está de nuestro lado?
—Está del lado de mi hijo, de eso estoy seguro.
No se lo confieso a Sebastian, pero no me gusta nada la idea de fingir. Sin embargo, es la única forma de mantener la situación bajo control…
Voy a buscarla y la veo jugando al ajedrez con mi hijo y algunos soldados. No puedo evitar fijarme en lo cómodos que están a su alrededor…Como si fuera una más.
Le pido que me acompañe y le revelo todo el plan. Cuando termino, ella se queda en silencio, pensativa, y empiezo a arrepentirme de haberlo propuesto, temiendo que la idea pueda asustarla.
—Sí —responde al fin, disipando mis pensamientos inseguros.
Parece nerviosa, y por la forma en que baja la mirada sospecho que está a punto de pedirme algo.
—Entonces… ¿podría quedar con Carolina y hacer planes?
La observo. Por su tono y expresión, entiendo que para ella es importante tener a alguien con quien hablar, una amiga que la haga sentir menos sola…¿Tiene que ser la hija del Consigliere?
—Podría funcionar… —digo—. Así le daríamos al Consigliere la impresión de que no estamos en alerta.
—¿De verdad?
—Sí, pero con una condición: que me cuentes todo lo que te diga.
—Sí.
Sonríe ampliamente y levanta los puños en un gesto de victoria.
Cuando iba a marcharme me agarra del brazo para llamar mi atención.
—Duke, quería preguntarte por mi familia…
—Miguel se ha encargado. No te preocupes.
—¿Có-como?
—Hemos cambiado a tu familia de domicilio. No están en el radar del Consigliere. Además, les he puesto guardias.
Parece que su cuerpo se relaja poco a poco. ¿Será esa una señal de que confía en mí… de que me entrega la protección de su familia?
Nuestros ojos se encuentran y permanecemos así, mirándonos en silencio. Ella no aparta la vista, pero noto la inquietud en su respiración, en la forma en que juega con sus manos. Está nerviosa. Parece que quiere preguntarme algo más y no supiera cómo hacerlo.
—Quería preguntarte algo…
Me tensé.
—Si me estás evitando por el beso… que sepas que yo no…
—No te estoy evitando… —respondo demasiado rápido—. Tengo mucho trabajo. Ese beso no fue nada, producto del calor del momento. Y lo otro tampoco… Somos adultos, a veces pasa…
Me marché antes de que ella añadiera nada más. ¿Estoy siendo un cobarde?