CAPÍTULO 51: Under your influence even more

922 Palabras
ISABEL Sus embestidas brutales me arrancan gemidos descontrolados. Cuando su mano rodea mi garganta, un escalofrío me recorre de arriba abajo, tan intenso que me hace arquear los dedos de los pies. El manda, yo obedezco. Si, j*der…quiero que sea así. Para ser honesta, estaba deseando ser f*llada por él…Quería saber cómo se siente estar entre sus brazos…y por ser llenada con su p*lla. Jamás había sentido un deseo tan abrumador por ningún hombre. Pero él me muestra una Isabel diferente. Mi cabello se pega a la piel de mi frente y cubre parte de mi rostro; el esfuerzo me humedece los ojos y el sudor me recorre el cuello y el escote mojando el vestido. Aun así, cada estremecimiento me hace sentir viva, atrapada en una oleada de sensaciones que me resultan tan intensas como irresistibles. Él me observa desde arriba mientras que me f*lla tan rudo que el choque de nuestros cuerpos hace eco en las paredes del garaje. Sus ojos entrecerrados se clavan en mí, como si no quisiera perderse ni una sola de mis reacciones. Cuando llega muy profundo en mi interior suelta un jadeo y sin soltar mi garganta me devora la boca desesperadamente como si fuera un niño hambriento al encontrar su primera comida en días. Echa la cabeza hacía atrás y suspira desesperado. Está disfrutando… —Eres una p*ta muy receptiva…tan perfecta. Para calmar su calor, ralentiza sus embestidas y con un cambio de ritmo más lento me penetra. Levanto mi trasero y me muevo para empalarme yo misma. Lo odiaba por lo que hizo, por cómo me trató, por cada palabra que usó para doblegarme. Pero cuando me toca… es como si nada de eso existiera. Olvido que soy su rehén, olvido su crueldad, y lo único que le parece correcto a mi cuerpo es rendirme a él. Su mirada y su mano en mi cadera son una advertencia silenciosa. Basta ese gesto firme para que mi cuerpo se detenga al instante, obedeciendo como una niña buena y me abro aún más a él intentando provocarle. El sonríe de manera pícara y dice: —¿Estás tan ansiosa que no puedes controlarte? —Mmmm…—me retuerzo haciéndole saber que estoy en desacuerdo. El no retoma sus embestidas arrebatadoras pero posa una mano sobre mi clítoris y me lo masajea de manera deliciosa. Noto como mi centro palpita esperando los fuegos artificiales y justo cuando consigue llevarme al borde del estallido de placer, se detiene. —Todavía no—ordena dandome una palmada en el muslo cerca del culo. Hago una mueca de disgusto, pero obedezco y aguanto un poco más. De repente, junta mis piernas, las levanta y las pone en su hombro. Esa posición, hace que al embestirme de nuevo llegue hasta el fondo y me arranque un jadeo de lo más vergonzoso. Estoy a punto… Sus embestidas se vuelven más intensas e impredecibles y el sonido de la carrocería me alerta: —Estamos abollando el coche…—digo apenas sin voz. El no se detiene, pero dice entre jadeos: —No importa. Compramos otro. Y con esa última palabra, lleva de nuevo su mano hacia mi clítoris y lo frota con un ritmo perfecto. Con unas embestidas frenéticas empiezo a perder el control de mi propio cuerpo. Me aferro con las manos al capó del coche y mis uñas arañan la pintura en un intento desesperado de controlar la intensidad de sus empellones. El placer empieza acumularse en mi bajo vientre y amenaza con desbordarse. pero aguanto hasta que él dice: —Correte. Y entonces, todo se vuelve abrumador; mi respiración se acelera y sus músculos se tensan y se relajan en oleadas, mientras me entrego por completo a la sensación que me invade. El no disminuye el ritmo ni una milésima de segundo y no tarda en sacarla de mi interior y derramarse fuera con gemidos ahogados que son música para mis oídos. No lo veo, pero noto un líquido caliente en la parte posterior de mis muslos derramándose. Seguramente mi vestido está manchado con su semilla también. El se pasa una mano por el pelo echándolo hacia atrás. Está tan guapo hecho polvo… No puedo dejar de mirarlo. Me incorporo despacio un poco avergonzada y lo observo mientras se ajusta la ropa con movimientos pausados, intentando recuperar la compostura. Luego me tiende la mano y me ayuda a bajar del coche. Al ponerme de pie, mi reflejo en la ventana del vehículo de al lado me devuelve una imagen que apenas reconozco: el cabello revuelto, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos… una versión de mí que parece respirar su nombre. Él me mira en silencio, con esa intensidad que siempre me desarma. No dice nada; simplemente se acerca, me rodea con los brazos y, sin previo aviso, me alza con facilidad. —Duke—pego un chillido. —No quiero que te vean en este estado… —De acuerdo… Cuando llegamos a mi habitación, me deja en el suelo y se despide sin besos, sin abrazos, sin una sola sonrisa… ¿Qué esperaba? Solo ha sido un momento de calentura. Ya lo hablamos: somos adultos, y por comodidad podemos tener algún encuentro así de vez en cuando, pero nada más. No puedo esperar más de él. Aun así, no puedo evitar sentirme decepcionada. Mi corazón había querido algo más, un gesto que confirmara que no todo se reduce a la urgencia y al deseo. Y me duele darme cuenta de que, para él, eso nunca fue parte del trato.
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