2. Eres un jodido desastre.

961 Palabras
Me abro paso entre la multitud, esquivando a parejas que se devoran con los ojos y a bailarines en un trance de alcohol y luces de neón. Manson avanza sin mirar atrás, como si supiera exactamente hacia dónde va, y yo, sin pensarlo, lo sigo. —¡Espera! —le grito, pero mi voz se pierde entre la música y el ruido. Él llega a una puerta lateral, empuja la manija, y la luz tenue del exterior lo envuelve. Salgo tras él, dejando atrás el calor sofocante del club. El aire frío de la noche golpea mi rostro, pero no me detengo. Estoy decidida a entender qué pasa con este hombre y por qué siento que ya no puedo respirar sin encontrar las respuestas. —¿Por qué huyes? —le pregunto, acelerando el paso hasta que lo alcanzo. Manson se detiene, gira lentamente y me mira con una expresión que no puedo leer. En su rostro hay algo entre diversión y cansancio, como si mi presencia fuera un inconveniente, pero al mismo tiempo, algo que no puede evitar. —No estoy huyendo. Eres tú la que no sabe cuándo detenerse. —Se apoya contra una pared de ladrillos, cruzando los brazos frente a su pecho. Su chaqueta se mueve ligeramente, revelando un tatuaje n***o que asoma por el cuello de su camiseta. Es un diseño intrincado, un símbolo que no reconozco, pero que parece cargado de significado. —Sigues siendo el mismo idiota—suelto, frustrada. Manson no responde. Sus ojos oscuros me recorren, lentos y penetrantes, como si estuviera evaluando cada rincón de mi ser. La intensidad de su mirada hace que mi piel se erice, y por un instante, deseo apartar la vista, pero no lo hago. No puedo. —Tú no deberías estar aquí, Emma. —Su voz es suave, casi un susurro, pero hay un filo en sus palabras que me pone en alerta. —¿Y tú sí? —replico, cruzándome de brazos. Un destello de algo... ¿ira, tristeza, culpa?, cruza por su rostro, pero desaparece tan rápido que no estoy segura de haberlo visto realmente. —Escucha. Crees que sí, pero no. No me conoces. Y créeme, no quieres conocerme. —Da un paso hacia mí, y aunque sus palabras son una advertencia, su cercanía me hace sentir todo menos segura. La tensión entre nosotros se siente como un peso físico. Cada parte de mí quiere alejarse, correr hacia la salida más cercana. Pero también está esa otra parte, la que me hace quedarme ahí, inmóvil, como si estuviera atrapada en una red invisible. —Quizás sí quiero. —Mi voz tiembla un poco, pero no me aparto. Hay algo en él, algo que me hace querer saber más, aunque todo en mi cabeza me grite que me detenga. Manson suelta una risa seca, sin humor, y niega con la cabeza. —Eres un jodido desastre, ¿lo sabías? —Tú tampoco pareces tenerlo todo bajo control. —Mi respuesta lo toma por sorpresa. Por primera vez, su máscara de indiferencia parece tambalearse. Pero antes de que pueda decir algo más, se endereza y da un paso atrás. —Vete a casa, Emma. Esta noche no es para vos. —Y, como si mi existencia fuera insignificante, se gira y se pierde en las sombras de la calle. Me quedo ahí, congelada en el lugar, con el eco de sus palabras retumbando en mi cabeza. No sé si estoy enojada, confundida o... fascinada. Pero lo que sí sé es que Manson acaba de abrir una antigua puerta dentro de mí, una que no puedo cerrar. Cuando regreso al club, mis amigas están todavía en la pista, desbordantes de energía. Julia me ve primero y me arrastra hacia ellas, gritando algo que no logro entender. Trato de dejar atrás lo que acaba de pasar con Manson, pero no puedo. Su voz, su mirada, su presencia, todo se queda conmigo, como un tatuaje invisible. —Emma, ¡basta de caras largas! —me dice Carla, empujándome un trago en las manos. —Es viernes, estamos en el mejor lugar de la ciudad, y... ¡oh, por Dios! Ese tipo en la barra te está mirando otra vez. Mi estómago se hunde. ¿Será él? Giro la cabeza rápidamente, pero esta vez no es Manson. Es un chico diferente, más convencional, pero atractivo. Alto, rubio, con ojos claros y una sonrisa que parece brillar incluso en la penumbra del club. Cuando nuestras miradas se cruzan, levanta su vaso en un gesto despreocupado y amistoso. Carla se inclina hacia mí, susurrándome al oído. —Creo que deberías hablar con él. Mírale esos brazos, Emma. No puedes desperdiciar algo así. Ruedo los ojos, pero mi corazón aún está acelerado por el encuentro con Manson. Decido que un poco de distracción no me vendría mal, así que me acerco al chico de la barra. Su sonrisa se amplía mientras me siento a su lado. —Hola, soy Slater. —Su voz es cálida y profunda, un contraste absoluto con el tono helado de Manson. —Emma. —Sonrío ligeramente, intentando no parecer tan desquiciada como me siento. Slater es encantador. Habla con facilidad, haciéndome reír con anécdotas absurdas y observaciones ingeniosas sobre la gente del club. Es el tipo de persona que hace que todo parezca más sencillo, más ligero. Pero incluso mientras me río con él, no puedo evitar buscar en las sombras, esperando ver a Manson otra vez. Y cuando lo encuentro, de pie en una esquina oscura, con los ojos fijos en mí y en Slater, un escalofrío recorre mi espalda. No sonríe, no dice nada. Solo me mira, y en sus ojos hay algo que no puedo descifrar. Pero sé que esto no ha terminado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR