1. El salto.
Siempre pensé que saltar al vacío era cuestión de valentía. Quizás de estupidez. Pero, para ser sincera, nunca me detuve a pensarlo. Soy de las que actúan primero y lidian con las consecuencias después. Fue así en el pasado, y parece que no he aprendido nada.
Esta noche, las luces del club me envuelven, parpadeando como si estuvieran sincronizadas con los latidos acelerados de mi corazón. La música retumba en mis oídos, un ritmo grave y adictivo que me hace olvidar todo, incluso a mí misma. Mis amigas, Julia y Carla, se han perdido en la pista de baile, sus risas ahogadas por el estruendo. Yo me quedo en la barra, con un vaso de tequila entre las manos y el presentimiento de que algo está a punto de cambiar.
—Emma, ven, ¡baila! —grita Carla, tambaleándose hacia mí con una sonrisa de borracha.
—Ahora voy —respondo, pero no me muevo. Hay algo en el aire esta noche. Una tensión que no logro identificar. Como si el universo estuviera preparándome para otro salto.
Y entonces lo veo.
Es él.
Manson.
Apoyado contra una pared, apartado del bullicio. Alto, de piel pálida y mandíbula marcada, con el cabello oscuro cayéndole desordenado sobre la frente. Sus ojos, casi negros, están clavados en mí, fijos, como si pudiera leerme el alma con solo mirarme. Lleva una chaqueta de cuero gastada que parece encajar perfectamente con su aura de peligro. No sonríe. Solo me observa, y ese simple gesto me deja clavada en el suelo.
Lo que siento es una mezcla extraña de nostalgia, rabia y algo que no quiero admitir. Porque, a pesar de todo lo que pasó, a pesar de lo que me prometí a mí misma, verlo de nuevo desentierra cosas que había intentado enterrar bajo capas de lógica y tiempo.
Lo recuerdo todo: sus palabras, su risa, la forma en que siempre parecía saber exactamente qué decir para desarmarme. También recuerdo el dolor. Porque estar cerca de Manson era como bailar con fuego. Podías disfrutar del calor durante un momento, pero sabías que ibas a quemarte.
—¿Quién es ese? —murmura Carla.
—¿Quién? —pregunta Julia, siguiéndole la mirada. Cuando lo encuentra, se ríe. —Ah, ese tipo. Siempre está aquí, pero nunca habla con nadie. Lo llaman Manson. Raro, ¿no?
Raro no es la palabra que usaría. Inquietante. Hipnótico. Imposible de ignorar. Sin pensarlo, me bajo del taburete y camino hacia él, con pasos firmes aunque por dentro todo en mí tiembla. No sé qué voy a decirle. Solo sé que necesito estar más cerca.
—¿Disfrutando de la fiesta? —le digo cuando estoy lo suficientemente cerca como para que me oiga.
Él me mira, ladeando ligeramente la cabeza, como si analizara cada palabra. Después, una sonrisa apenas perceptible curva sus labios.
—No. Pero tú pareces hacerlo.
Su voz es baja, con un tono rasposo que me eriza la piel. Hay algo en su presencia que grita peligro.
—¿Entonces qué haces aquí? —pregunto, cruzándome de brazos.
—A veces, me gusta ver cómo la gente se destruye sola.
Su respuesta me desconcierta, pero antes de que pueda replicar, se inclina hacia mí, lo suficiente como para que pueda oler el leve aroma a tabaco que emana de él.
—Ten cuidado, Emma. Las fiestas siempre terminan mal para los que no saben cuándo parar.
Me congelo.
No tengo tiempo de preguntar. Manson se endereza y, sin más, se aleja, desapareciendo entre la multitud como si nunca hubiera estado allí. Me quedo plantada, el corazón martillándome en las costillas. Algo me dice que esta no será la última vez que lo vea.
...
—¡Emma, bailaste como loca anoche! —dice Julia al día siguiente, mientras desayunamos en nuestra cafetería habitual. Sus gafas de sol apenas logran ocultar el desastre que dejó la resaca en su rostro.
—¿Sí? No lo recuerdo mucho. —Miento. Lo único que recuerdo es a Manson, sus ojos perforándome y su advertencia, que aún no puedo sacarme de la cabeza.
—¿Y qué pasó con el tipo de la barra? ¿El de la chaqueta de cuero? —pregunta Carla con una sonrisa traviesa.
—Nada —respondo rápidamente, mirando mi café como si fuera lo más interesante del mundo.
—¿Nada? Por favor. ¿Viste cómo te miraba? Ese hombre quería comerte viva. —Julia suelta una carcajada que hace que la camarera la mire mal.
—Basta. No pasó nada, ¿ok? —insisto, aunque no puedo evitar que mi voz suene más nerviosa de lo que debería.
Las chicas me observan con incredulidad, pero al final cambian de tema. Yo, en cambio, no puedo sacarme a Manson de la cabeza. Hay algo en él que me intriga, algo que me asusta y me atrae al mismo tiempo. Como una polilla frente a una llama.
Esa noche vuelvo al mismo club. No estoy segura de por qué, pero una parte de mí espera encontrarlo de nuevo. Sin embargo, después de dos horas y varios tragos, todavía no hay rastro de él. Estoy a punto de rendirme cuando siento una mano en mi brazo.
—¿Buscándome? —pregunta una voz familiar, y me doy la vuelta para encontrarme con Manson, más cerca de lo que esperaba.
—No. —La mentira sale demasiado rápido, pero él sonríe, como si supiera la verdad.
—Entonces, ¿qué haces aquí otra vez?
—Lo mismo que tú. Ver cómo la gente se destruye sola, supongo.
Manson ríe, un sonido bajo y casi inaudible que me envuelve como un secreto compartido.
—Tienes agallas. No ha cambiado mucho —Se inclina un poco más, y por un momento pienso que va a besarme, pero en lugar de eso, dice algo que me deja helada. —Ten cuidado, Emma. No todos los fuegos son fáciles de apagar.
Antes de que pueda responder, se aleja una vez más, dejándome con más preguntas que respuestas. Pero esta vez, no voy a dejar que desaparezca tan fácilmente.