Nunca antes había cabalgado libremente, siempre lo hacía acompañada de mi instructor «Las damas no andan a caballo, para eso existen los carruajes» decía mamá indignada «Nunca va a servirte de nada» acotaba papá. Yo quería aprender a hacerlo, lo deseaba, así que los convencí para que me dejaran y hoy finalmente me ha servido, tomar las riendas del caballo ha sido como tomar las riendas de mi vida. -¿A dónde voy? – me pregunté a mí misma en voz baja. No conocía los caminos, no sabía cómo volver a mi propio castillo, aunque pensándolo bien tampoco deseaba volver aún a ese lugar. Fui sin rumbo por los caminos, admirando los paisajes que me rodeaban. Me bajé en un pequeño campo de flores, me quité la zapatillas y caminé por allí hasta llegar a un punto en el que he decidido acostarme a mirar

